Cinco días antes, incertidumbre total

Los encuestadores decidieron concentar su trabajo en los últimos tres días. Esperan novedades. Los ultra K no recibieron bien el apoyo de De Narváez a Scioli. Y tienen apuntados a Berni, Casal y Granados.

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Tres consultoras de opinión pública, con varias elecciones presidenciales sobre sus espaldas, resolvieron modificar sus planes de trabajo. Han hecho hasta ayer un mantenimento casi rutinario de las encuestas para las elecciones presidenciales del domingo. Apuntan a ampliarlas y profundizarlas a partir de mañana, envolviendo también el viernes y el sábado. Para el día de la votación recurrirán, como siempre, a las bocas de urna y a las mesas testigo. Este último mecanismo acostumbra a tener un grado mayor de justeza respecto del escrutinio oficial.
Aquellos especialistas decidieron acoplar sus organigramas con la compleja realidad. Hasta ayer ninguno estaba en condiciones de asegurar la posibilidad de una victoria de Daniel Scioli en la primera vuelta o el camino irremediable hacia el balotaje del 22 de noviembre. Se estaría manteniendo entre el candidato K, Mauricio Macri y Sergio Massa una fotografía llamativamente similar a la que quedó de las PASO de agosto. Los deslizamientos de cada uno de ellos, hacia arriba o hacia abajo, estarían dentro del margen de error de las muestras. Pero nadie cree que esa pintura vaya a quedar inmutable el domingo. Los dictámenes populares llegarían bien sobre el final.
Tanta demora obedezca, quizás, a por lo menos tres razones. El cansancio colectivo de un año que consumió nueve meses de elecciones. En distritos como Santa Fe y Capital, si hubiera segunda vuelta, se podría llegar a sufragar hasta cinco y seis veces, respectivamente. Otro motivo de la apatía social respondería a la ausencia de encanto de los candidatos. Al menos, aquellos que despuntan con chances de ganar. Se trataría de perfiles políticos desaborizados. Sin ángel. Tampoco las campañas habría ayudado a despertar entusiasmo. Massa sobresalió porque se atrevió a hablar de algunas cuestiones concretas. Esa realidad definiría, por si misma, la morosidad de sus adversarios.
Vale detenerse, a propósito, en la que podría definirse como la noticia de ayer de la campaña. La comunicación de Francisco De Narváez en favor de la candidatura de Scioli. Una definición que le valió un durísimo retruque de parte de Massa y de Felipe Solá. Lo catalogaron como “un borracho que busca su última copa”. De Narváez fue un histórico objetor del gobernador de Buenos Aires. Lo venció, junto a Néstor Kirchner, en las legislativas del 2009. Se coló en el 2013 mezclado con el massismo y el macrismo bonaerense para trazarle un límite al proyecto de eternización de la Presidenta. Estuvo hasta hace tres meses pujando por la candidatura a gobernador en el Frente Renovador, con oficinas en el enorme edificio de vidrio, en Tigre.
También es cierto que, pese a ese aparente encono, De Narváez jamás cortó su circuito con Scioli. Su puente resultó siempre el hermano del mandatario, José. Ese tendido permitió el ingreso de uno de sus hombres de mayor amistad, el abogado y ex diputado, Gustavo Ferrari, como Asesor General de la administración provincial. Ahora suena como aspirante a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), en reemplazo de Oscar Parrilli.
El impacto y la onda expansiva que causó el corrimiento de De Narváez desnudaría el desierto de campaña. También abriría interrogantes sobre las necesidades objetivas del sciolismo en esta hora para detonar esa apelación. ¿Qué aporte electoral podría ahora mismo representar De Narváez? ¿Que fidelidad podrían seguir jurando sus hipotéticos votantes acostumbrados a la vereda opositora?. ¿No quedará sólo asociado a los tránsfugas de último momento, como la diputada Mónica López o la concejal y ex boxeadora Marcela “La Tigresa” Acuña?. ¿Esa percepción ayudaría a Scioli?. Ninguna de las preguntas podría ser respondida hoy. Tal vez logren descifrarse huellas en la votación del domingo.
Aquel montoncito de transferencias, además, habrían estado destinadas a afectar en especial a Massa. ¿No es que Scioli requiere que el candidato del Frente Renovador no decaiga para bloquear cualquier pretensión de crecimiento de Macri?. Quizás estaría ocurriendo algo de manera subterránea: el líder del FR ya habría dado un pequeño estirón a costa del macrismo; si dicha tendencia se prolongara llegaría a cooptar voto peronista que aún permanece junto a Scioli.
Esos ardides, producto más de la urgencia y la intuición que de planes cavilados, podrían transformase en un bumerán. Massa lo sabría muy bien. Después de su triunfó en el 2013 coqueteó con el diputado de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, y con el alcalde de Merlo, Raúl Othacehé, al que incorporó a sus filas. Pareció el inicio de su declive político y electoral que detuvo sólo cuando definió un rumbo claro para su campaña. Aquel par de dirigentes terminó disciplinado con el sciolismo.
El favor público de De Narváez a Scioli habría acentuado caras largas donde ya existen. Las tensiones e intrigas se van acumulando en el kirchnerismo, quizás como preludio de lo que podría acontecer en caso de subsistir en el poder. Esas tensiones se desarrollarían entre La Cámpora, los ultra K y parte del elenco de posible gobierno que el candidato viene ventilando en su campaña.
Los límites de esas diferencias serían difusos. Aunque, matizadamente, existirían. Scioli estaría presentando su equipo como una presunta toma de distancia de los K y señal de la autonomía que pensaría imponer si entra en la Casa Rosada. Todo resulta siempre relativo en el peronismo, donde las identidades suelen variar con la velocidad de la conveniencia.
En el gabinete prometido del sciolismo hay nombres que, verdaderamente, pertenecen a ese riñón. Alberto Pérez o Silvina Batakis, por ejemplo. Aunque tallarían otros (Diego Bossio, de la ANSeS, o Daniel Filmus, por citar algunos) que fueron estos años enfervorizados e inconfundibles militantes K. Que simplemente viraron la proa cuando advirtieron que a Cristina le resultaba imposible consagrar un heredero diferente al gobernador de Buenos Aires.
Otros habrían preferido, directamente, no camuflarse. La jefe del bloque de Diputados, Juliana Di Tullio, advirtió que su conductora seguirá siendo a futuro Cristina. Idéntica afirmación salió de la boca del legislador porteño Juan Cabandié. Desde los sectores más ultra, incluso, se comenzó a apuntar contra los nombres agitados por el candidato K para involucrarse con la inseguridad. Sergio Berni y Alejandro Granados por un lado; Ricardo Casal por el otro. Representarían, según el imaginario del progresismo kirchnerista, un peligroso regreso a la idea de la “mano dura” para afrontar la delincuencia.
Los nombres parecieran, muchas veces, poseer más sonoridad que las propuestas. El massismo impulsó la participación de las Fuerzas Armadas para combatir el narcotráfico. La cuestión no prendió. Porque el sciolismo no querría comprarse otro conflicto. Porque Macri habría circunscripto su campaña a la publicidad y a la recolección de votos. Sobre todo, en Córdoba y Buenos Aires. En el principal distrito, aferrado al brazo de María Eugenia Vidal.
FUENTE: www.clarin.com

 

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