Patrimonio y conservación. ¿Está en peligro la memoria de la humanidad?

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El patrimonio digital del mundo corre el peligro de perderse para la posteridad”, alertó la Unesco en octubre de 2003, en una carta pública que señalaba las causas de la amenaza: la obsolescencia de los equipos y programas informáticos, la incertidumbre en torno a su mantenimiento y la falta de legislación. “La evolución de la tecnología digital ha sido tan rápida y onerosa que los gobiernos e instituciones no han podido elaborar estrategias de conservación oportunas”, advertía. Era uno de esos mensajes que caen como una bomba pero se diluyen a los pocos días. Ya nadie lo recuerda. Hoy la Nube es nuestro último salto de fe, la descarga despreocupada de patrimonios públicos y privados en los espacios etéreos de la red. Buena parte de lo que hacemos, escribimos y fotografiamos ahora está en línea. Suena tranquilizador, pero la pregunta surge sola: ¿hasta cuándo?

La esperanza de eternidad de la Nube se afianza en un razonamiento técnico (se evita el soporte físico con riesgo de desgaste) pero se debilita cuando se ponderan sus limitaciones, como la velocidad de producción del hardware y el flujo de energía que necesitan los servidores. Vivimos en un mundo de expansión digital descontrolada, que en 2013 ocupaba 4,4 zettabytes (1 ZB representa un billón de gigas) y crecerá diez veces más en 2020: casi tantos bits como estrellas en el universo. La capacidad de memoria crece a un ritmo más lento que la generación de datos. Los pesimistas creen que sólo una revolución como la informática cuántica podría preservar los archivos de todos, todo el tiempo, gratis y online.

La bibliotecaria Silvana Piga, que coordina las colecciones especiales y los archivos de la biblioteca Max von Buch en la Universidad de San Andrés, encontró un clima de desconfianza en la Nube cuando viajó a un encuentro de capacitación en digitalización organizado por la Universidad de Edimburgo. Los escoceses llevaban un doble archivo de las publicaciones científicas que recibían: suscripción a bases de datos digitales y custodia de las versiones impresas bajo condiciones de temperatura y humedad controladas. “Es un momento bisagra, que genera muchas dudas”, dice Piga . “Las universidades estadounidenses compran espacio en la Nube pero nadie sabe qué pasa si se corta el acceso, qué cambios puede haber en el futuro ni cómo funciona la seguridad de los datos”.

Durante el auge de la microfilmación, una tecnología surgida al calor de la Segunda Guerra Mundial y las intrigas de espionaje, nadie pensaba en el futuro. Una publicidad de un fabricante en los años 80 alentaba: “Microfilme y tire los originales”. Era tentador. Los archivos que antes ocupaban una habitación de pronto entraban en cuatro rollos de microfilm. Aunque los rollos podían durar cien años, en unas décadas la tecnología fue reemplazada. “Ahora te dicen que digitalices todo. Es otro error”, advierte Piga, que tiene bajo su custodia 20.000 cartas manuscritas de la comunidad británica e irlandesa en la Argentina, una colección que incluye correspondencia de 1825 y testimonios de la primera colonia escocesa resguardados por sellos de lacre. “Siento que trabajo con dinosaurios”, se sincera. “Pero si esa gente hubiera usado Gmail, hoy no tendría nada”.

En el Vaticano

Algo parecido pensarán los responsables del Archivo Secreto Vaticano. A pasos de la Capilla Sixtina, sus 40 millones de páginas documentales incluyen el Codex Vaticanus (la transcripción de la Biblia más antigua, del siglo IV), la bula papal que excomulgó a Martín Lutero y un extracto del proceso a Galileo Galilei. De sus doce siglos de historia repartidos en 85 kilómetros de anaqueles, sólo se escanearon y convirtieron a texto digital unas pocas páginas. Las cosas podrían cambiar con el proyecto In Codice Ratio, de la Universidad Roma Tre, que combina inteligencia artificial con un software de reconocimiento óptico para rastrear los textos deteriorados y transcribirlos. “Si tiene éxito, podría abrir una cantidad incalculable de documentos en archivos históricos de todo el mundo”, anticipó a fines de abril la revista The Atlantic.

Antes de subir nuestros archivos a la Nube, los cambios de formato ayudaban a poner los pies en la Tierra. Sabíamos que los contenidos podían desaparecer: hay datos que se borran, sitios que se pierden, información que ya no existe. Aunque a veces lo olvidábamos. Para celebrar los 900 años del Domesday Book -un registro general de Inglaterra- la BBC lanzó en 1986 el Domesday Project, una gran biblioteca digital multimedia sobre la vida cotidiana en Gran Bretaña. Unas 50.000 fotos y 25.000 mapas quedaron almacenados en doce LaserDiscs, un formato prometedor… que una década después prácticamente había desaparecido. Después de que un grupo de expertos lograra resucitar los archivos con técnicas de emulación, en 2011 el Domesday Reloaded estuvo, esta vez sí, disponible en Internet.

La caducidad del LaserDisc (como antes la de los diskettes de 5¼ y 3½, el Zip y el CD ROM, el DVD y el Blu-Ray) es la cara visible de un concepto angustiante, la obsolescencia tecnológica: la incapacidad de usar software o hardware cuando evoluciona la tecnología o intervienen factores externos como la humedad, las fallas eléctricas, los hongos biológicos y los virus informáticos. La dinámica se vuelve irritante con la obsolescencia programada: las técnicas de diseño y fabricación que limitan la vida útil aún cuando los componentes siguen funcionando. A finales del año pasado, Francia se convirtió en el tercer país (después de Estados Unidos e Israel) en cuestionar a Apple por estas prácticas, cuando una asociación de consumidores denunció ante la Fiscalía de la República que los iPhone 6 y 7 se ralentizaban a propósito después de actualizar el sistema operativo.

Arqueología digital

De cualquier modo, la obsolescencia no desaparecerá. Los soportes, simplemente, seguirán envejeciendo. Algunas alternativas son la construcción de museos informáticos (preservan todos los equipos y programas antiguos, más copias y piezas de reparación) y la arqueología digital, que se parece un poco a la resignación. Como nosotros, las futuras generaciones tendrán que rescatar contenidos de medios dañados o de formatos antiguos. “En el futuro va a haber archivistas especializados en la recuperación de datos digitales”, comenta Piga.

Sin embargo, ha surgido un soporte impensado. Tiene millones de años, puede durar siglos y no quedará obsoleto: el ADN, la memoria de la naturaleza. Los métodos de encriptación permiten que una secuencia de ácido desoxirribonucleico almacene datos digitales en código binario. En enero de 2013, un equipo del Instituto Europeo de Bioinformática, en Inglaterra, logró convertir en ADN los 154 sonetos de Shakespeare y 26 segundos del famoso discurso “Yo tengo un sueño” de Martin Luther King. Los datos pueden conservarse durante dos mil años, que podrían llegar al millón si se almacenan a 18° bajo cero en instalaciones como las del Banco Mundial de Semillas de Svalbard, Noruega.

Mientras tanto, la Universidad de Washington avanza en una técnica prometedora. En un paper presentado en abril de 2016, sus científicos e ingenieros electrónicos describieron el funcionamiento de un sistema completo de almacenamiento de datos digitales usando moléculas de ADN. El equipo logró codificar la información de cuatro archivos de imagen en las secuencias de nucleótidos (los compuestos orgánicos que forman las cadenas de ADN) y revertir el proceso, recuperando las secuencias para reconstruir las imágenes. “La vida ha producido esta molécula fantástica, que puede almacenar exitosamente cualquier tipo de información”, celebró Luis Ceze, uno de los integrantes del equipo. “Estamos reutilizándola para almacenar fotos, videos y documentos de una forma manejable, por cientos o miles de años”.

Con este método, la información que hoy llena el espacio de un hipermercado ocuparía el tamaño de un terrón de azúcar. Después de siglos de buscar afuera, la solución estaba adentro.

Fuente: www.lanacion.com.ar

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