Siguen sin comprender la inflación

El Ejecutivo celebra con singular satisfacción la baja de la inflación entre meses, correspondiente al último trimestre de 2018. Del obsceno pico del 6,5% en septiembre, se pasó a 5,4% en octubre, 3,2% en noviembre y 2,6% en diciembre. Uno podría entrar en la chicana de espetar que cualquiera de estos números equivale a la inflación anual de cualquier país central en los que Cambiemos esperaba converger. No es necesario. Proponemos sucintamente una mirada prospectiva sobre lo que se podría esperar en este 2019, en base a dos dimensiones de análisis.

Una dimensión meramente cuantitativa exige hipotetizar “qué entra y qué sale”. La comparación valedera en materia inflacionaria es la interanual. En ese sentido, los aumentos de precios de cada mes vienen a “sustituir” al correspondiente período de 12 meses atrás. Especulando con la primera parte del año, en estos primeros cinco meses se van a suprimir las inflaciones mensuales de enero de 2018 (1,8%), febrero 2018 (2,4%), marzo 2018 (2,3%), abril 2018 (2,7%) y mayo 2018 (2,1%). Dicho de otra forma, se reemplaza un 11,9% de inflación acumulada para los primeros cinco meses de 2018 por otra, aún desconocida, para los primeros cinco meses de este año. La pregunta subyacente, por lo tanto, es qué expectativa se puede tener para estos primeros cinco meses. Con anuncios de servicios públicos ya anunciados, y que casualmente coinciden con este período, es esperable que por lo menos entre 4 y 5 puntos de inflación hasta mayo provengan del impacto directo de estos precios regulados.

Efectos de segunda ronda, la manifiesta inercia inflacionaria y, muy en especial, una inflación reprimida de no menos del 10% por la devaluación aún no trasladada a precios, garantizan que el acumulado de los primeros cinco meses de 2019 por lo menos haga piso en el número del año pasado. ¿Qué implicancia tiene esto, en caso de cumplirse? Que hasta el mes de junio (a publicarse el 16 de julio) no debería esperarse una baja significativa en los niveles de inflación interanual, cercanos al 50%. Solo a partir de junio la comparación interanual de 2018 pasa a poner la vara demasiado alta al año entrante. De mantenerse ciertas condiciones de estabilidad macroeconómicas, es esperable que la traza inflacionaria comience a reducirse gradualmente para el tan mentado “segundo semestre”.

Salir de los números y entrar al plano más cualitativo y estructural, exige una evaluación comprensiva de lo que ocurrió en los últimos años. El perfeccionamiento de un sistema económico neoliberal y la consecuente batería de políticas monetaristas, decantó en la implementación del fallido régimen de metas de inflación. Su torpe implementación, partió de una evaluación sesgada de las causas estructurales de los aumentos generalizados de precios en argentina. La negación sobre la multicausalidad del fenómeno, llevó al Banco Central a poner en funcionamiento “a tontas y a locas” un sistema típicamente pensado para otro tipo de realidades macroeconómicas. El optimismo descomedido de los funcionarios macristas, decantó en la historia conocida de un desvío de inflación de más de 30 puntos porcentuales de inflación durante 2018; el triple de la inicialmente pronosticada.

La negación de los factores estructurales, impidió al gabinete económico justipreciar la importancia de reducir la volatilidad del sector externo, a partir de controles de capital para minimizar los movimientos abruptos de la moneda que después se transfieren a los precios internos. La obcecación en solo evaluar problemas con el exceso del gasto, obnubiló una evaluación cabal del impacto que podían implicar los aumentos exorbitantes en las tarifas de los servicios públicos. Es evidente que el proceso de “recomposición tarifaria” se pagaba dos veces: una de forma directa en la factura, y otra en forma de inflación de costos de los bienes y servicios.

Para cerrar, es importante no perder el foco de lo principal. Lo nocivo de este proceso inflacionario no es la inflación en sí, sino que viene asociada a un proceso brutal de caída de poder adquisitivo de los salarios. La fijación de paritarias por debajo del aumento de precios no es un resultado aleatorio, propio de una configuración perversa de variables económicas. Es producto de la intención manifiesta de Cambiemos de volver a una correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo previa a los 70 años malditos que el Presidente siempre remarca. La presión oficial para que las paritarias sigan una huella inflacionaria ilusoria, fue el único corset que restringió los salarios reales y deterioró sustancialmente la distribución del ingreso.

El oficialismo carece de la mirada comprensiva necesaria para afrontar la problemática inflacionaria, y tampoco se interesa en salir de la zona de confort de la promesa de estabilización macroeconómica a costo de licuar salarios al nivel de las naciones del sudeste asiático. La recuperación de esta devastación del poder adquisitivo no puede llegar a partir del recetario vetusto del Fondo Monetario. La salida del laberinto es recuperando la mejor tradición estructuralista y latinoamericanista, para atacar los problemas de fondo de nuestra matriz económica desequilibrada.

Fuente: www.ambito.com

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