Para qué sirven los debates y cuál es su verdadero impacto

El de mañana será el tercer debate presidencial de la historia, el primero de carácter obligatorio

Mario Riorda, presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales, ve un riesgo adicional: «La posibilidad de sobrecargar indebidamente las expectativas de la población, instando a que los candidatos respondan cosas que no pueden ser respondidas con seriedad hasta tanto no se esté en el gobierno. En el intento de ganar el debate, esto favorece el uso de posturas demagógicas y es una invitación a la ambigüedad en muchos temas».

Efectos bajo la lupa

Pero si los académicos ven luces y sombras en la gestación y desarrollo de los debates presidenciales, coinciden en que influyen muy poco en la intención de voto de los candidatos. «Sirven más para reafirmar las ideas previas de cada uno», explica D’Alessandro, quien recordó un estudio tras el debate de la segunda vuelta que detectó una merma de dos puntos porcentuales en la intención de voto de Scioli que pasaron a decir, no que votarían por Macri, sino en blanco. «Es decir, algo mínimo, pero que podría influir en un escenario de extrema polarización», relativiza.

En un artículo para la Fundación Adenauer, los académicos Fernando Ruiz y Hernán Alberro coincidieron en que «existe bastante consenso de que los debates no suelen provocar cambios drásticos en las decisiones electorales de los votantes. [.] Tienden a ratificar sus opciones previas. Por supuesto, aquellos que no tienen una opción previa son potencialmente más influidos, mientras que los militantes, o ya decididos, difícilmente cambian su voto a partir de un debate electoral. Pero uno de los argumentos más usados para promover los debates es el efecto conocimiento que genera en el electorado sobre los temas debatidos. Es posible que crezca el umbral de información a disposición de la gente, más allá de que eso cambie su voto o no», destacaron.

En esa línea, Amado ve un activo «desde la cultura cívica». Es decir, «la oportunidad que los debates deberían ofrecer a los candidatos para movilizar al 25 por ciento de la población que desde 2003 no va a votar. Por eso hay que pensar más allá de ganar o perder votos, lo relevante es el derecho ciudadano a ver a sus candidatos dando explicaciones».

Pero incluso en la mejor de las variantes, con los candidatos como protagonistas de una gran noche en la que cada uno mostró su mejor versión y los ciudadanos salieron mejor informados gracias a un ida y vuelta certero y respetuoso entre los postulantes, Riorda plantea un interrogante insoslayable: «¿Es quien mejor debate necesariamente un mejor líder? Probablemente las evidencias no puedan hacer posible una respuesta homogénea», se respondió a sí mismo. «Y es probable que la pregunta, en sí misma, sea un error».Por: Hugo Alconada Mon

Seis son los candidatos a la Presidencia. Dos serán los debates que protagonizarán, este domingo y el próximo. Y salvo que alguno cometa un error monumental, de esos que quedan en los libros de historia, ambos encuentros afectarán poco y nada las intenciones de voto que ya acumula cada postulante rumbo a las urnas del domingo 27, según coinciden todos los académicos consultados por LA NACION. Pero esa es una mirada cortoplacista, remarcan, porque el valor de los debates excede su impacto directo en las urnas. Pasa por avanzar otro paso como sociedad democrática.

Tanto es así que el presidente Mauricio Macri y los cinco que quieren sucederlo en la Casa Rosada -de Alberto Fernández y Roberto Lavagna a Nicolás del CañoJuan José Gómez Centurión y José Luis Espert– protagonizarán mañana el tercer debate presidencial en más de 200 años de historia argentina y el primero que se desarrolla con carácter de obligatorio para todos los candidatos, tras la sanción de la ley 27.337, de 2016, que terminó con las especulaciones de los candidatos basada en si les convenía o no debatir.

«Los debates ofrecen una oportunidad a los ciudadanos de ver una confrontación de ideas, propuestas y argumentos, en tiempo real, y evaluar cómo los candidatos defienden sus puntos de vista y cómo reaccionan bajo presión a ideas antagónicas», remarca Martín D’Alessandro, presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político. «Parece una obviedad, pero es esencial como ‘muestra’ de la capacidad, las convicciones y el carácter de cada candidato», explicó.

Los debates ofrecen una ventaja adicional a los candidatos con menos chances de llegar a la Casa Rosada y que, por tanto, menos atención suelen recibir de los ciudadanos y de los medios de comunicación. Es su oportunidad de exponer sus propuestas, aunque lejos de la «confrontación de ideas», sin embargo, la mayoría de los argentinos apenas recuerda dos o tres momentos del debate previo al ballottage de 2015. ¿El primero? Cuando Mauricio Macri lo chicaneó a Daniel Scioli«Daniel, ¿en qué te has transformado? ¿En qué te han transformado? Parecés un panelista de 678». ¿El segundo? Cuando el entonces gobernador bonaerense le devolvió la gentileza al entonces jefe de Gobierno porteño: «Si todavía no pudiste resolver el problema de los trapitos, ¿en serio vos crees que la gente va a creer que podés solucionar el problema del narcotráfico?». Y el tercero, cuando Macri le estampó un beso a su esposa, Juliana Awada, mientras Scioli los miraba, descolocado.

Pero esos recuerdos de corto plazo deben combinarse a la hora de evaluar la relevancia de los debates con los avances de largo aliento. ¿Cuáles? Por ejemplo, que «los debates, al igual que las conferencias de prensa, aportan información de interés público a los ciudadanos, en un contexto que ofrece a la sociedad la oportunidad de ver a todos los candidatos juntos y exponiendo sobre los temas que importan», subraya la doctora en Ciencias Sociales, profesora universitaria e integrante del Consejo de Administración de Poder Ciudadano, Adriana Amado, quien ve una ventaja adicional en los debates. «Representan el único momento donde los candidatos se mueven en un ámbito menos controlado por ellos mismos y que al mismo tiempo existe una sincronización de la atención pública: lo miran todos los interesados en las elecciones».

La pregunta es cuánto margen real tendrán para debatir Macri, Fernández, Lavagna, Del Caño, Gómez Centurión y Espert. En particular cuando las reglas para participar -incluso para los moderadores – son tan constreñidas. ¿Por qué? Porque todos los equipos de campaña y la Cámara Nacional Electoral -con el apoyo de expertos como Belén Amadeo y Carlos March, entre otros- ya acordaron qué temas abordarán, cómo se ubicarán en el escenario, en qué orden hablarán, qué pueden llevar con ellos al atril -solo lapicera y papel- y hasta cuántos minutos y segundos tendrán para exponer, preguntarle a algún rival o rebatir una pregunta.

Dicho de otro modo: ¿Cuánto pueden explicar los candidatos sobre cómo planean reactivar la economía en dos minutos, para luego ahondar en su visión o preguntarle o rebatirle a otro candidato en dos bloques de 30 segundos y cerrar su visión en apenas un minuto adicional? Es decir, un total de cuatro minutos para trazar su visión sobre una economía en recesión, con inflación y alto endeudamiento.

Eso puede resultar un obstáculo insalvable para que se dé un auténtico debate, alerta D’Alessandro. «Se ha regulado tanto que pierde su esencia, que es la confrontación de argumentos y la oportunidad de evaluar cómo reacciona cada candidato a esa confrontación. El riesgo es que debates se tornen irrelevantes».

Mario Riorda, presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales, ve un riesgo adicional: «La posibilidad de sobrecargar indebidamente las expectativas de la población, instando a que los candidatos respondan cosas que no pueden ser respondidas con seriedad hasta tanto no se esté en el gobierno. En el intento de ganar el debate, esto favorece el uso de posturas demagógicas y es una invitación a la ambigüedad en muchos temas».

Efectos bajo la lupa

Pero si los académicos ven luces y sombras en la gestación y desarrollo de los debates presidenciales, coinciden en que influyen muy poco en la intención de voto de los candidatos. «Sirven más para reafirmar las ideas previas de cada uno», explica D’Alessandro, quien recordó un estudio tras el debate de la segunda vuelta que detectó una merma de dos puntos porcentuales en la intención de voto de Scioli que pasaron a decir, no que votarían por Macri, sino en blanco. «Es decir, algo mínimo, pero que podría influir en un escenario de extrema polarización», relativiza.

En un artículo para la Fundación Adenauer, los académicos Fernando Ruiz y Hernán Alberro coincidieron en que «existe bastante consenso de que los debates no suelen provocar cambios drásticos en las decisiones electorales de los votantes. [.] Tienden a ratificar sus opciones previas. Por supuesto, aquellos que no tienen una opción previa son potencialmente más influidos, mientras que los militantes, o ya decididos, difícilmente cambian su voto a partir de un debate electoral. Pero uno de los argumentos más usados para promover los debates es el efecto conocimiento que genera en el electorado sobre los temas debatidos. Es posible que crezca el umbral de información a disposición de la gente, más allá de que eso cambie su voto o no», destacaron.

En esa línea, Amado ve un activo «desde la cultura cívica». Es decir, «la oportunidad que los debates deberían ofrecer a los candidatos para movilizar al 25 por ciento de la población que desde 2003 no va a votar. Por eso hay que pensar más allá de ganar o perder votos, lo relevante es el derecho ciudadano a ver a sus candidatos dando explicaciones».

Pero incluso en la mejor de las variantes, con los candidatos como protagonistas de una gran noche en la que cada uno mostró su mejor versión y los ciudadanos salieron mejor informados gracias a un ida y vuelta certero y respetuoso entre los postulantes, Riorda plantea un interrogante insoslayable: «¿Es quien mejor debate necesariamente un mejor líder? Probablemente las evidencias no puedan hacer posible una respuesta homogénea», se respondió a sí mismo. «Y es probable que la pregunta, en sí misma, sea un error».

Por: Hugo Alconada Mon

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