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Simplemente mintieron

En un sistema democrático los que ejercen el poder deben demostrar, permanentemente, que están dispuestos a actuar en todo de acuerdo con las virtudes democráticas. No pueden caer en el reduccionismo de creer que el ejercicio del poder es una sucesión de actos y decisiones libres de todo condicionamiento. Eso es falsear la Democracia.

En los regímenes no democráticos los que ejercen el poder tienen la libertad de actuar como se les da la gana, porque al no tener ninguna virtud que los obliga porque es optativa, nada los condiciona, mandan solo sus caprichos y el sentido de la oportunidad.

En Democracia la mentira socava la credibilidad de las instituciones, que son las que mantienen la cohesión social y la disciplina. Mentir en Democracia es propinarle un golpe al sistema desde adentro, es asociarse a quienes la hostigan desde afuera porque no creen en ella o simplemente no les gusta el orden.

Cuando los que gobiernan mienten vuelven insustancial el contenido la palabra y la convierten en un simple ruido disparado al viento, como tantos otros ruidos que escuchamos diariamente. Esto no es gratuito ya que genera desconfianza y hasta una aversión hacia la autoridad y las normas, que son un reflejo de ellas.

Las mentiras le quitan a la Democracia la posibilidad de ser una experiencia gratificante para la sociedad, que usa la palabra como mecanismo de relacionamiento y a través de ella construye y teje las relaciones en el mundo civilizado.

La Democracia es sinónimo de verdad y responsabilidad. Esto no significa que los gobernantes puedan faltar a la verdad o cometer actos irresponsables, pero ocurridos estos se debe pedir perdón a los representados y demostrar acabadamente que se está dispuesto a enmendar esa falla. La sociedad no quiere gobernantes perfectos, los quiere sinceros y responsables.

Valga esta explicación para evaluar lo ocurrido con el ómnibus llegado desde Buenos Aires a Tucumán el 7 de Junio trayendo 62 pasajeros, entre personas ancianas, mayores y niños. Cuando partió no se les tomó la temperatura ni se controló el estado sanitario a ningún pasajero, cosa que correspondía en tiempos de pandemia.

Cuando arribó a nuestra provincia a los pasajeros se les realizaron hisopados y se los destinó a los lugares de aislamiento preventivo. Luego comenzaron a aparecer casos positivos, ya que muchos demostraron estar contagiados con coronavirus, entonces comenzaron las preguntas. Quién amontonó a 62 pasajeros más dos choferes en un ómnibus sin saber antes si alguno de ellos era portador del Covid-19?

Las preguntas se comenzaron a multiplicar de la misma manera que se multiplicaron los casos positivos, hasta llegar actualmente a 26 en total, sin ser el número definitivo de infectados. Desde el gobierno la autoridades repitieron frente a los micrófonos de los distintos medios de comunicación que esa unidad había sido enviada desde Buenos Aires, sin avisar de antemano. En los contactos diarios con la prensa la respuesta se volvió a repetir varias veces.

Sin embargo, gracias a una investigación del diario La Gaceta, se pudo saber que el «ómnibus del terror» fue contratado por el gobierno provincial, para repatriar internamente a ciudadanos tucumanos. Simplemente mintieron

El gobierno de Juan Manzur no es la primera vez que falta a la verdad fente a la sociedad. Ha demostrado un bajo apego a las responsabilidades y virtudes democráticas. Nada parece conmoverlo, así lo demostró con el asesinato de civiles en manos de la policías. Solo se limita a decir que es la Justicia la que debe actuar cada vez que algo sacude a su gestión.

Sobre el caso del «ómnibus del terror» nada dijo y es de esperar que brinde alguna explicación. Aunque observando los antecedentes de su gestión es improbable que ocurra. O tal vez, la explicación sea un conjunto de palabras sin definiciones ni arrepentimientos y se transforme en un ruido más.

De Nuestra Redacción

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