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Los vecinos de los barrios populares se organizan contra el hambre en la pandemia

Dentro de una olla altísima y enorme, con el plato de una antena satelital haciendo las veces de tapa, se cocina en un fogón improvisado el guiso de pollo con arroz. Estiman que los comensales serán unas treinta familias del barrio. La cantidad varía con cada jornada, aunque siempre ronda las doscientas porciones diarias.

» No somos el Estado «, se la escucha decir en varias ocasiones a Araceli Ledesma, la principal referente de la Mesa de Trabajo del Barrio Luis Lagomarsino, ubicado en Pilar, casi pegado a Escobar. Se trata de un núcleo de casas humildes, con muchas calles de tierra, en donde el agua potable es un lujo de pocos, no hay red de gas y en invierno son frecuentes los incendios por la gente que se calefacciona a leña. También los cortes de luz y la baja tensión, por los que utilizan estufas eléctricas.

La Mesa de Trabajo es una agrupación de vecinos que, desde hace diez años, se organiza para mejorar las condiciones del barrio. Gracias al esfuerzo de sus miembros, se han pavimentado algunas calles e, incluso, comenzó a circular una línea de colectivos. Ahora las necesidades son más elementales y urgentes. Por eso, desde principios de mayo, organizan una olla popular.

El menú del día es guiso de arroz con pollo
El menú del día es guiso de arroz con pollo 

El equipo cuenta con el apoyo y la colaboración de Techo, organización que hoy publicó el primer corte de un relevamiento sobre el impacto del coronavirus en los barrios populares, al que LA NACION accedió en forma exclusiva. De acuerdo con los datos relevados, procedentes de 162 barrios, ubicados en 30 municipios de 16 provincias, la organización vecinal se ha profundizado a partir de la pandemia. Concretamente, en todos los barrios consultados los vecinos se organizaron con alguna finalidad : 136 comenzaron ollas populares, 82 se nuclearon para pedir asistencia alimentaria y 31 promovieron jornadas de limpieza y desinfección, entre otras acciones.

El trabajo también revela que apenas un 8 por ciento pudo continuar trabajando como lo hacía antes de la pandemia. El 69,2% afirma tener alguna necesidad en este momento. Las principales carencias son de alimentos (70,2%), trabajo (57,6%) y elementos de limpieza (51,7%). Y si bien más del 70% recibió algún tipo de asistencia estatal (el 70,24 accedió el IFE, el 30,95% contó un refuerzo en la tarjeta Alimentar y el 40,48% recibió alimentos en escuelas públicas), un 22,8% asegura no haber podido acceder a beneficios . La falta de información sobre cómo solicitar la ayuda fue la causa indicada por el 50% de este segmento.

«Lo que nos permite ver este primer corte es que con el coronavirus se profundizaron las problemáticas preexistentes . La falta de acceso a servicios básicos hace difícil cumplir con los protocolos. Más del 70% no tiene electricidad, más del 90% no tiene agua potable, casi el total no tiene cloacas. Te piden que te laves las manos y extremes la higiene, ¿cómo hacerlo en estas condiciones?, se pregunta Gabriela Arrastúa, directora del Centro de Investigación Social de Techo.

El hambre, otra vez presente

En el Barrio Lagomarsino, Araceli reconoce que hacía años que no se escuchaba hablar de hambre . Y la jornada en curso no será nada fácil. Toca decirles a los vecinos que esta será la última olla por ahora, por lo menos hasta el 17 de julio, como un modo de promover el cumplimiento de la cuarentena.

Una hora antes del reparto de comida, parte del equipo visita las casas para retirar los recipientes. Enzo, uno de los hijos de Araceli, de 15 años, empuja el carro en donde se los carga, construido con un chango de supermercado al que se le adicionaron dos ruedas de bicicleta a los costados.

Jesi y Enzo recorren el barrio buscando los recipientes

La encargada de golpear puertas o golpear las manos para llamar la atención de los que están adentro de las casas es Jesi, hija de Sandra, la cocinera. Algunos chicos ya la están esperando en la entrada de sus casas. Ella recibe los recipientes, los impregna en sanitizante y los coloca en el carro. En el camino se encuentra con Gabriela y Valeria, dos hermanas que rondan los treinta. Tienen 5 hijos cada una y son cabeza de familia. Están en la entrada de la casa de Gabriela, una vivienda humilde, con ladrillos huecos a la vista. La dueña de casa está desesperada.

«Como estoy revocando, y mi nene más chiquito es un bebé, nos fuimos unos días a la casa de mi hermana. Hoy a la mañana vine y me encontré con que me robaron toda la ropa de los chicos y una caja que tenía mercadería. No me quedó ni el azúcar para hacerle el té a los nenes», expresa con los ojos llenos de lágrimas.

«¿Otra vez te robaron?», le pregunta Jesi. «Si!!!», se lamenta la mujer. «Antes de la cuarentena trabajaba en casas de familia, pero ahora se me cortó el trabajo. No sé qué haría si no estuvieran las ollas y los comedores. Ahora no sé cómo voy a hacer con la ropa de los chicos», se lamenta Gabriela, mientras algunos de sus hijos dan vueltas a su alrededor. En la casa de su vecino, el supuesto ladrón, una nena de unos cuatro años espera el carro en la puerta para entregar su recipiente.

Los vecinos entregan los recipientes previamente para que sean sanitizados
Los vecinos entregan los recipientes previamente para que sean sanitizados

De regreso en el punto de salida, Araceli cuenta que este sector del barrio está fuertemente atravesado por las adicciones y el vandalismo . «Aquí nos han robado la puerta, las ventanas, hasta el inodoro. No podemos dejar nada de valor», afirma, desde el interior del salón comunitario que construyeron con el apoyo de Techo, en un terreno que pertenece a la iglesia del lugar y que les fue cedido para funcionar hace dos años. «Pero creo que con la olla los vecinos comenzaron a valorar más nuestra tarea. Por suerte, desde hace más de un mes no sufrimos ningún tipo de vandalismo», agrega.

Araceli Ledesma, referente de la Mesa de Trabajo del Barrio Lagomarsino

Identidad y credibilidad

Que sean los propios vecinos los que gestionan y organizan conforme las necesidades del barrio es, según esta mujer, una característica que entre ellos se valora. «Nadie mejor que nosotros mismos para saber qué es lo que necesitamos. Para trabajar sin perder de vista nuestra identidad como barrio. Que seamos nosotros le da mayor credibilidad a lo que hacemos en nuestra comunidad. Los políticos por lo general ningunean la capacidad del vecino. A los sucesivos gobiernos les ha servido nuestra ignorancia . Pero no somos anti gobierno. Queremos articular con el Estado, con la salita, con el cura, con el pastor, con las asistentes sociales, con los vecinos que pueden ofrecer diferentes capacidades», agrega.

Araceli y Sandra se ocupan de servir las raciones en los potes previamente sanitizados
Araceli y Sandra se ocupan de servir las raciones en los potes previamente sanitizados 

Alrededor de las 13 comienza a juntarse la gente que viene a retirar los recipientes con la comida. José Luis, otro miembro del equipo, cuida que se respete la distancia social. En la fila y sin ningún privilegio, el marido de Araceli, que se quedó sin trabajo, espera la ración del día para él y el resto de la familia. «Nos volvemos a ver el 18. Por el endurecimiento de la cuarentena, no vamos a estar haciendo la olla. Pero les vamos a entregar unos números de teléfono para que se contacten en caso de necesitar algo», les anuncia la mujer a los que esperan, También les informa que, junto con la comida, se estarán llevando unos envases con alcohol en gel.

La gente espera para retirar la comida
La gente espera para retirar la comida 

En la fila está Mireya, una mujer paraguaya de 52 años que se derrumba al escuchar la noticia. «Esto nos ayudaba mucho. Además de la comida, cada tanto nos donan cosas. Elementos de limpieza. El otro día nos dieron papas, que por suerte guardé para sustentarnos. Somos 6 de familia y no recibimos ninguna asistencia. Yo vine hace 3 años pero recién ahora pude sacar mis papeles. No pude gestionar el IFE ni nada. Ya buscaremos la forma de seguir subsistiendo», explica con un hilo de voz.

Detrás suyo está Sonia, una mujer de 35 años, casada y con tres hijos. Si bien cobra la Asignación por sus hijos y además obtuvo el IFE, cuenta que en la economía familiar se siente la falta de ingresos de su marido, que se quedó sin trabajo cuando empezó la pandemia. «Yo vengo de Misiones, me crié en comedores. Pero nunca había necesitado venir a uno de adulta. Y yo dentro de todo soy privilegiada. Entre mis vecinos la cosa está muy, muy difícil», afirma.

Al concluir la jornada, todo se limpia y se guarda hasta la próxima olla
Al concluir la jornada, todo se limpia y se guarda hasta la próxima olla 

Algunos de los que retiran son niños. «Al principio nos negábamos a que retiraran ellos porque se pueden quemar. Pero nos dimos cuenta de que lo único que pasaba era que los chicos se quedaban sin comer», explica Araceli. Tras llenar el último recipiente, la jornada concluye con un aplauso cerrado para todos los que hicieron posible la olla. Lo que sigue es un almuerzo comunitario, en el que se conversa y se hace una puesta en común del día. En la entrada del predio, algunas personas siguen llegando. No tienen qué comer y quieren saber si sus vecinos pueden ayudarlos.

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