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De la semilla al plato: la política tras lo que comemos

Radiografía del sistema y modelo de alimentación depredadores

“La producción global de alimentos es la mayor presión causada por los seres humanos a la Tierra” – Comisión EAT-Lancet (2019)

Sistema alimentario guiado por lógicas capitalistas

Un sistema alimentario es la suma de los diversos elementos, actividades y actores que, mediante sus interrelaciones, hacen posible la producción, transformación, distribución y consumo de alimentos (FAO, 2019). En las últimas décadas los alimentos se han ido homogeneizando progresivamente, pasando de un sistema diversificado a uno permeado por la hiperespecialización e integrado a amplios sistemas de producción agroalimentaria. Hoy en día, prácticamente en todo el mundo la base de la alimentación proviene de un sistema de producción y distribución a escala planetaria, en el que la industria alimentaria desempeña el papel de definir qué, cómo y por cuáles medios se alimentan las personas.

Así pues, la definición de alimentación, antes caracterizada por ser un sustento de vida y proceso social, se guía ahora por un mercado que tiene como objetivo principal la disponibilidad de productos generados mediante tecnología industrial, asociada a ingredientes fáciles de adquirir. En tal sentido, la agricultura tradicional, capturada por el sistema de mercancías alimentarias y la globalización depredadora, se ha convertido en un componente para garantizar los beneficios del gran del capital en lugar del bienestar de las personas y el planeta que habitan. En resumidad cuentas, el sistema alimentario que reina en nuestras sociedades se inscribe en paradigmas económicos basados en la acumulación del capital y la presión indiscriminada sobre los bienes naturales, las tierras y los territorios que, por definición, es insustentable en el ámbito social y ecológico.

Reconocidos académicos latinoamericanos, como la socióloga argentina Maristella Svampa (2019), han puesto en cuestión la matriz extractivista del patrón preeminente de alimentación; Svampa critica en especial “la apropiación y uso autodestructivo por parte del capital de la fuerza de trabajo, la infraestructura, el espacio urbano, la naturaleza o el ambiente” y asegura que este modus operandi pone en peligro las condiciones necesarias para la vida humana en la tierra. Estas disposiciones hegemónicas de producción, consumo y distribución de bienes alimenticios son fundamentalmente destructivas ya que llevan, inherentemente, al exterminio de ecosistemas enteros e impactan masivamente la armonía de los entornos naturales.

¿Cómo nos hemos permitido llegar hasta este punto?

Crisis alimentaria y cambios en el paradigma: transformación “upstream” y “midstream”

Con la crisis de la producción mundial de alimentos en las décadas de los 60s y 70s, el crecimiento demográfico acelerado y el hambre reinando en el mundo, se fortaleció en la comunidad internacional el discurso de que la disponibilidad insuficiente de alimentos – generadora de hambre en los países con menos recursos económicos – era culpa de la improductividad agrícola. En respuesta a esto, en el norte global se comenzaron a idear técnicas agrícolas “innovadoras” – también conocidas como la “Revolución Verde” – para realzar y optimizar el rendimiento de las cosechas. Una de las caras de esta revolución fue Norman Borlaug, un ingeniero agrónomo estadounidense que, decidido a luchar en contra del flagelo del hambre, ingenió un paquete de cambios tecnológicos que fueron replicados diversos países de Latinoamérica y el Sudeste Asiático. Sus métodos se basaron en el uso intensivo de semillas de alto rendimiento, fertilizantes, plaguicidas, irrigación, mecanización y nuevas variedades genéticas que dependen en gran medida de insumos químicos. A pesar de haber sido conocido por mucho tiempo como “el hombre que salvó millones de vidas”, existen muchas posturas críticas respecto a la “Revolución Verde”, que como afirma la ecologista, Rachel Carson, llevó a la toma de decisiones que suscitaron la contaminación y erosión del suelo, así como la desestabilización de los ciclos de agua.

Por otro lado, las transformaciones graduales enfocadas en las nuevas tecnologías agrícolas y el aumento de la escala de producción de la industria alimentaria, se dieron en paralelo al ascenso de los supermercados. Estos actúan como instrumentos de los oligopolios transnacionales para ofrecer a los consumidores una amplia variedad de productos alimenticios ultraprocesados. A su vez, los cambios en los canales de distribución y venta, impactan significativamente la cadena de valor, pues la demanda de alimentos procesados industrialmente conlleva la creación de grandes plantas automatizadas para el procesado de productos estandarizados a gran escala (FAO, 2019). Esta lógica vertical, orientada principalmente al suministro de supermercados urbanos y periurbanos, y la acumulación del capital de los agentes que se encuentran en la punta de la pirámide, excluye las áreas rurales tanto de la cadena de suministro – como consumidores – como de la cadena de valor integrada – como agricultores. Para colmo de males, la falta de infraestructura de transporte, de subsidios y los altos precios de los insumos químicos, dificulta la competencia con el gran de los pequeños productores a los mercados dominantes e imposibilita la competencia con el gran capital. Esta exclusión sistemática de los productores rurales les impide alcanzar niveles de sustento que superen la mera subsistencia, sentenciándolos a círculos viciosos de precariedad inaceptables.

El aclamado ensayo “La Economía de la Revolución del Sistema Alimentario” (2014), que analiza las transformaciones y la verticalidad del sistema alimentario como lo conocemos actualmente, define estas dos mutaciones anteriormente citadas como cambios “upstream” – en lo que respecta la intensificación de la agricultura y el cambio en las cadenas de suministro de insumos agrícolas – y “midstream” – haciendo referencia a las evoluciones la distribución de alimentos, el comercio mayorista y la logística el procesamiento. Estas últimas están interconectadas a cambios “downstream”, relacionados a las transformaciones en nuestras dietas.

La “dieta occidental”: un modelo alimentario destructivo

Como vimos, la alimentación como espacio de confluencia entre relaciones políticas, sociales y ambientales, pasó a ser un producto; una simple mercancía que a pesar de seguir lógicas desfavorables a los derechos sociales y económicos, ha sabido arraigarse en el corazón de nuestras sociedades. Su hegemonía se vale de narrativas, símbolos y cánones consumistas, construidos en nombre de supuestas ”mejoras” en la calidad de vida, del “desarrollo” y la “modernidad”. De esta manera, la expansión mundial de los imperativos capitalistas, personificados por los patrones consumo, subordina – a excepción de algunas casos – nuestros modelos alimentarios a la “dieta occidental”. Y si hay algo en lo que profesionales de la salud y medios de comunicación concuerdan es en la definición de la dieta occidental como un modelo de alimentación “alto en grasas saturadas, carnes rojas, carbohidratos vacíos, baja en frutas y vegetales frescos, granos enteros, mariscos, aves”. Esta dieta, poco saludable y limitada por definición, socava la diversidad alimentaria, viola los límites planetarios, la integridad de los ecosistemas y las especies. Desenmasquarémosla.

Un ejemplo arquetípico de la incidencia negativa del patrón de consumo occidental es la ganadería. Según cifras de Greenpeace, este sector agrícola es responsable del 14,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y de la mayoría de sustancias nocivas, como el amoniaco. La ganadería industrial también es una de las principales responsables de la deforestación mundial; de hecho, 80% de estos procesos de extinción se debe a la expansión agrícola destinada mayoritariamente al sustento de los animales y por ende a la satisfacción de la demanda de productos de origen animal.

Por otro lado, también se ha demostrado que el aumento exponencial de los cultivos caña de azúcar – 294% de 1975 a 2015 -, conjugado con el aumento del consumo de azúcar – multiplicado por tres en este mismo periodo – tiene efectos ambientales y sociales nefastos. Un estudio de la plataforma de comunicación científica, Frontiers (2018), concluye que la cosecha extensiva de la caña de azúcar empobrece significativamente la materia orgánica del suelo debido las prácticas de quema y requema, que generan desecamiento y erosión. Estos métodos agroindustriales, bastante extendidos en los trópicos, se usan principalmente para la eliminación de cobertura vegetal, el control de las malezas y la eliminación de residuos sobrantes. La alta residualidad de agroquímicos, golpes sobre la calidad del aire, deterioración de la capa de ozono por causa del monóxido de carbono y la emisión de aguas residuales contaminadas son algunas de las otras graves degradaciones ambientales que la industria azucarera carga en su espalda. Cabe resaltar que la caña de azúcar es una de las principales materias primas de la “dieta occidental”,  puesto que al ser tratada se convierte en los edulcorantes y aditivos que encontramos en miles de alimentos procesados que consumimos.

Además, no solo sacrificamos la calidad nutricional de nuestros alimentos para alcanzar objetivos cuantitativos, sino que somos dependientes de un puñado de productos básicos comercializados mundialmente que proceden de monocultivos químicos. De hecho, el 60% de nuestras calorías provienen de sólo tres especies de plantas: trigo, arroz y maíz (Navdanya International, 2019), sabiendo que a nivel mundial, podríamos consumir un total de casi 10.000 especies de plantas y al menos 2.500 especies de animales (Frontiers, 2018).

¿Por qué se sigue perpetuando este modelo?

Negligencia institucionalizada y concentración del poder

El paradigma alimentario ha podido persistir durante décadas gracias a políticas específicas – o la falta de ellas – que favorecen abiertamente a los prevalecientes lobbies agroindustriales; concretando de esta manera acuerdos injustos en detrimento de la mayoría de la población y perdiendo de foco el ejercicio de los derechos fundamentales. Es así que nos encontramos frente a sistemas alimentarios supremamente dependientes al modelo extractivista que favorizan la producción agrícola monoexportadora, afectan la diversidad alimentaria, impulsan la desigualdad, pues de ella se nutren para asegurar la concentración de la tierra, la riqueza y el poder político en manos de pocos. Unas diez transnacionales controlan todo el mercado de plaguicidas, semillas y transgénicos; en América Latina y el Caribe, unas pocas empresas (FAO, 2019) – 28 para ser exactos – con alcance mundial o regional y a menudo de capital extranjero, controlan el canal de comercialización e imponen sus reglas al conjunto de la cadena de suministro; sumemosle a este escenario las tasas de concetración de tierras arables en la región, las más altas del planeta…

Estas condiciones dañinas obligan a los países ricos en recursos a importar alimentos manufacturados para alimentar a su gente. Por ejemplo, Esperanza Cerón Villaquirán, la Directora de la Asociación Colombiana de Educación al Consumidor que busca generar incidencia política en todos los temas del consumo que afecta la salud humana y ambiental, sostiene que es incoherente que en Colombia, uno de los países más biodiversos del globo, “importamos comida si tenemos campesinos con capacidad de producirla. Eso refleja más de lo mismo: un Gobierno corporativo como ningún otro”.

Fuente: https://esdepolitologos.com/

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