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¿Hay sistemas sanitarios sin Estado?: Lecciones pandémicas del gasto público


Por: Aldo Gómez, Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM)

La crisis del coronavirus ha puesto en jaque a las diferentes naciones, previéndose, de acuerdo con la ONU, una posible contracción económica mundial del orden del 3%. A lo largo del mundo, el aparato gubernamental en mayor o menor medida ha cedido parte de sus atribuciones, pues han sido décadas de escuchar sobre aquella necesidad de “adelgazar el Estado”, eufemismo que en muchos casos significaba la reducción de competencias otorgándolas a la iniciativa privada. Esto no había sido cuestionado de manera tan tajante desde la crisis financiera del año 2008 hasta ahora, pues esta pandemia mundial del COVID-19 ha revelado las deficiencias de los sistemas sanitarios y ha demostrado cómo la política pública influye directamente sobre el desenvolvimiento de las naciones ante la catástrofe, pues simplemente, no es posible ocultarse bajo el laissez faireEste triste suceso se ha vuelto un punto de inflexión, idóneo para teorizar sobre el alcance del Estado, sus funciones y hasta qué punto es conveniente su intervención.

En La política como vocación, obra del sociólogo Max Webber, se habla que un Estado:

“es aquella comunidad humana que […] reclama con éxito para sí el monopolio de la violencia física legítima. […] A todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite”. (Weber, Max; La política como vocación; Alianza Editorial 2009, trad. Francisco Rubio Llorente; pp. 83-84).

Así, la seguridad se ha delegado históricamente al Estado con apenas oposición, existiendo un consenso altamente arraigado en la sociedad en que es una responsabilidad gubernamental. Sin embargo, esto no ocurre con la educación y salud, pues aunque son ejes centrales de la política en sus respectivos países, las naciones han tomado caminos bastante diferentes en cuanto su financiamiento, organización y cobertura. Por lo tanto, centrándose en el rubro sanitario, se pretende analizar el comportamiento y parte de la estructura de dos naciones con sistemas de salud antagónicos desde sus cimientos.

Ahora bien, es un hecho la existencia de limitantes para el desarrollo del análisis, pues por sí mismo, el sistema sanitario de una nación es un tema de estudio sumamente amplio y complejo, por lo que, para ser analizado en este artículo, se han tomado ciertos de los aspectos más relevantes y característicos. Igualmente, parte de la información recabada cambia conforme se hace pública más de ella, variando cada día desde el comienzo de la realización del escrito.

De acuerdo con el 2019 Global Health Security Index, una evaluación del Centro John Hopkins sobre las capacidades de seguridad sanitaria a nivel global, Estados Unidos se encontraba como el país mejor preparado ante una crisis sanitaria mundial, pues en 5 de los 6 parámetros evaluados se situó a la cabeza, teniendo un promedio con una diferencia significativa de casi 6 puntos con relación al segundo puesto, Reino Unido.  Los parámetros mencionados fueron prevención, detección y reporte de enfermedades, respuesta rápida, sistema sanitario, aplicación de normas internacionales y riesgo ambiental. Sin embargo, la situación en la práctica fue totalmente distinta. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué han presentado tantas dificultades estas dos naciones? ¿En qué se diferencia su sistema sanitario y qué es posible aprender de otros países?

Un gigante con pies de barro

Cuando menos en la política sanitaria, Estados Unidos ha demostrado en los hechos tener un sistema rebasado. Es la nación con más muertes por la pandemia, superando en casi 3 veces el número de fallecidos de los siguientes tres países en la lista. Con dos millones de contagios por el COVID-19, se ha visto imposibilitado en detener de manera efectiva el ritmo de nuevos contagios, aún siendo la nación con el gasto en salud más alto en términos absolutos y per cápita por una gran diferencia en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos).


El caso estadounidense es muy particular, pues hasta la actualidad, el país cuenta con un sistema sanitario de modelo liberal prácticamente privatizado, al no tener una red sanitaria similar a los países europeos o latinoamericanos, encargándose el Estado únicamente de aquellos en la tercera edad y personas en situación de pobreza con los programas Medicare y Medicaid, principalmente. Los altos costos de las intervenciones quirúrgicas, que se manifiestan en un engorroso proceso burocrático de copagos, deducibles e infinidad de papeleo, no solo han pasado factura a los ciudadanos, quienes en muchas ocasiones evitan ir al médico por no poder sufragarlos, sino también un tanto importante de la población estadounidense (alrededor de 30 millones) no cuenta con ningún servicio de cobertura médica al no tener seguro.

Este tema, que sigue siendo álgido dentro de la agenda política, no parece que vaya a cambiar en los próximos años, pues existe una polarización profundamente marcada, donde los vaivenes políticos persisten desde la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Accesible o también conocida como Obamacare. El acceso universal de salud se ha convertido en una guerra mediática, secuestrada por el establishment demócrata, el Partido Republicano y aún más importante, el enorme y discrecional lobby estadounidense. Si bien el sistema fragmentado plantea problemas estructurales graves, la actuación del Estado fue deficiente a nivel Federal, pues el poder ejecutivo minimizó la pandemia al retrasar la aplicación de medidas eficaces y delegando la respuesta a un nivel estatal, donde los resultados han sido variados. Es por esto, que vale la pena preguntarse si la sociedad estadounidense con la coyuntura actual favorecerá y apoyará cambios de fondo en un sistema sanitario que ha demostrado ser muy redituable para las aseguradoras y laboratorios, pero caro, ineficiente y desigual para el ciudadano. ¿Acaso se volverá indiscutible la universalidad de la salud con un importante componente estatal?

Salud vs economía

El caso del Reino Unido no es mucho mejor en términos de resultados en la lucha contra el COVID-19. El Sistema Nacional de Salud, o NHS por sus siglas en inglés (National Health Service), lleva décadas enfermo. La joya de la Corona Británica ya enfrentaba por sí misma, a años con dificultades de financiación y una mínima, pero constante privatización de algunos de sus servicios. A diferencia del país americano, el gobierno laborista británico optó en 1948 por brindar servicios de salud a la población de manera universal y gratuita, financiado por medio del pago de impuestos. Esta entidad se volvió un referente a nivel mundial, inspirando a algunos de los posteriores sistemas nacionales de salud como el español e irlandés bajo el modelo Beveridge. Sin embargo, esta institución que llega a representar uno de los orgullos de esa nación, ha quedado cada vez más desprotegida. El gasto a lo largo de los años ha crecido, pero este se ha ido ralentizado aún con el problema del envejecimiento poblacional. Así también, con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, una parte importante de la plantilla laboral (que de por sí opera con vacantes sin ocupar) ha tenido incertidumbre sobre los efectos del Brexit, pues al ser extranjeros residiendo en Reino Unido, podría cambiar su estatus migratorio.

El último país europeo en decretar el confinamiento subestimó el virus, poniendo contra presión su cada vez más fatigado sistema sanitario; pues en sus inicios decidió tomar una apuesta arriesgada con la inmunidad de rebaño, implicando el contagio de una gran cantidad de personas, para que, en un momento eventual, la población desarrolle una inmunidad generalizada. Esta estrategia en particular privilegia un menor impacto económico y permite una intervención gubernamental más laxa, aún a costa de mayor cantidad de contagios y muertes. El cambio tardío al confinamiento estricto, después de desastrosos resultados con la inmunidad de rebaño no fue suficiente y hasta el día de hoy, Reino Unido lucha contra la pandemia, aunque también es cierto, que en condiciones mucho menos graves de las que se encontró durante su punto más crítico.

¿Hay lecciones?

Sin duda alguna, las acciones del Estado fueron determinantes en el desarrollo de la pandemia. Esta antítesis de modelos sanitarios permite visualizar que independientemente del modelo, la aplicación de políticas públicas concretas y acordes a la situación fueron las que establecieron el rumbo, pues otros gobiernos como el sueco, con la inmunidad de rebaño o el neozelandés con un confinamiento generalizado, tuvieron resultados completamente diferentes, siendo notablemente mejor el caso del segundo donde el Estado actuó con rapidez y pericia. Ahora, aunque la cobertura, instalaciones y estado del sistema sanitario en general son un componente sustancial, más valiosas aún han sido las decisiones que emanan de los gobiernos para poner a salvo a sus ciudadanos, por lo que la disminución de la esfera pública en catástrofes o bien, su retraimiento en sectores clave como la salud, deja un vacío de poder que, en el mejor de los casos, es ocupado por entidades legales que no necesariamente tienen el propósito de generar un bienestar. No se trata de otorgar un cheque en blanco al Estado, pues más que necesarios son los contrapesos, pero cuando menos en el tema sanitario, el mercado por sí mismo en su estado más puro, ha sido incapaz de generarse como una alternativa adecuada para garantizar el derecho a la salud de manera masiva, aunque bien puede desempeñarse con papeles complementarios que no afecten este derecho. Por último, la universalidad de los servicios es vana si no se cuenta con los recursos, herramientas y aún más importante, las estrategias necesarias, por lo que es inevitable preguntarse… ¿qué se aprenderá de la pandemia?

Fuente: https://esdepolitologos.com/

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