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El silencio los asusta de noche, pero quieren que termine allí: cómo es vivir dentro del cerrojo sanitario de Lastenia

La angustia y la incertidumbre son las sensaciones que predominan en una ciudad que es famosa por la alegría de sus carnavales. El coronavirus se metió en el barrio Villa Lastenia sin tocar la puerta y hoy mantiene en vilo a todos sus vecinos. Hasta ayer eran 27 los casos positivos. Quienes quedaron dentro del cerrojo sanitario de nueve cuadras expresan su preocupación y su temor por la situación, pero remarcan que van a dar pelea con el mejor arma que tienen: quedándose en sus casas. En total son 270 familias que ayer atravesaron el tercer día de aislamiento y tienen por delante al menos 12 días más.

“Es una sensación horrible, no lo esperábamos. Pero lo que menos quiero en mi provincia es que esto se propague”, expresa desde la zona restringida Ana Carrizo (28 años), en diálogo telefónico con LA GACETA.

La joven cuenta que vive junto a su madre Fabiana y a su abuela Rosa justo al lado de la primera familia que dio positivo en covid-19, pero que las tres siempre tomaron todos los recaudos sanitarios y no tuvieron contacto con el paciente cero. “Son muy buenos vecinos. Me duele la situación que están pasando”, apunta.

Carrizo, que estudia y trabaja como niñera, dice que los vecinos de la cuadra apenas se asoman a la vereda. “Es muy angustiante que, de la noche a la mañana, no podamos salir. Es desesperante y el silencio te mata. Pero no queda otra que tener paciencia”, reflexiona. Agrega que por el momento no las hisoparon, pero que sí les tomaron la temperatura y les hicieron una prueba del olfato.


Humor y pesar

La joven explica que con su madre y su abuela apelan por el humor para tratar de sobrellevar el encierro, pero que por las noches es otra la situación. “Sentimos el silencio, nos ponemos a pensar en la situación que estamos, en cuánto tiempo irá a durar todo esto, y nos vienen esas ganas de llorar. Es bastante ‘jodido’”, recalca.

La vecina del paciente cero de Lastenia destaca la contención y la asistencia brindada por el intendente de Banda del Río Salí, Darío Monteros, y por el Gobierno de la Provincia, a la vez que cuestiona la desinformación y los comentarios maliciosos que se multiplican en las redes sociales y en los foros. “Es indignante de que haya gente que hable sin saber lo que está pasando aquí; espero que esto que ha empezado acá y termine acá”, expresa.


Que no se desparrame

También desde la zona cercada, Maximiliano Sueldo (28) ruega que no haya casos fuera de las vallas. “Queremos que esto termine acá y que no se siga desparramando, porque no se lo deseamos a nadie”, explica por teléfono

El joven tiene una verdulería en Banda del Río Salí y el viernes, al regresar a su casa, se topó con el vallado. “Mirá que si entrás no podés volver a salir”, le advirtieron los policías. De todos modos optó por ingresar, para acompañar a su madre Beatriz Baracho (47), y a sus abuelos Margarita Figueroa (71) y Carlos Baracho(69). “Estamos bien, si se puede decir. Tratamos de darnos fuerzas entre los vecinos. Hablamos a la distancia. Estar tanto tiempo encerrado hace que se te venga todo encima. Entonces un saludo, un ‘buen día’, te cambia el humor”, explica. De todos modos, define la experiencia como fea y triste.

Al igual que Carrizo, el comerciante agradece la asistencia del Estado. “No nos abandonaron, y eso es un envión anímico”, destaca. A su vez, critica a quienes hacen comentarios maliciosos en las redes. “Nadie está inmune a esta enfermedad y uno no toma conciencia hasta que lo vive de cerca. Es muy difícil salir a la puerta de tu casa y ver el barrio desolado y en silencio, pero quienes no lo viven dañan sin saber”, lanza.


Desde afuera del vallado

A apenas 30 metros del vallado vive Raúl Sueldo (47), padre de Maximiliano. Protegido con un barbijo y con guantes de látex, desde la vereda sigue el amplio operativo desplegado por el Gobierno. “Estoy muy triste con lo que está pasando, muy preocupado y con mucho miedo; uno escuchaba lo que ocurría en otros lados y es como que no tomaba conciencia. Hoy el virus a llegado a la puerta y uno no sabe cómo hacer para que la preocupación se vaya y el problema se solucione”, dice el empleado administrativo que vive allí desde los 12.

Débora y Lía Robles son amigas de Carrizo. Ayer le enviaron tres bolsas con mercaderías, que fueron desinfectadas y luego ingresadas al cerrojo por personal de Defensa Civil. En diálogo con este diario, coinciden en que es algo “terrorífico” lo que están viviendo. “Escuchás sonar la sirena de ambulancia o de la Policía y ya no podés dormir”, cuentan. Si bien una es maestra jardinera y la otra enfermera, ambas trabajan como empleadas domésticas. “A nuestros trabajos no podemos regresar porque no sabemos qué resultará de todo esto”, explican. En cuanto a los enfermos, dicen son todos conocidos del barrio de hace muchos años. “Es gente mayor que nos ha visto crecer”, lamentan.

Fuente: lagaceta.com.ar

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