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Alberto infiel con la historia

Alberto Fernández dialogó con representantes de las organizaciones sociales. Los felicitó por el trabajo que realizan. Ellos son los que reciben fondos públicos sin ningún tipo de control, manejan parte de los impuestos que pagan los argentinos. Sin duda, realizan acciones sociales valiosas, pero la falta de auditoría les dan un margen de maniobra que genera una tentación irresistible para aquellos que sin control no son muy afines a las conductas rectas.

El presidente de la Nación afirmó que «no se puede vivir en el capitalismo del descarte, donde un grupo vive bien y otro grupo padece». Para luego agregar en otro tramo del diálogo que «he llegado al gobierno de la mano de ustedes y sé el compromiso que tengo con ustedes».

Cuestionó las políticas capitalistas como si fueran las responsables de generar exclusión social. Desde el retorno a la democracia desde 1983 en Argentina las políticas liberales puras no existieron. Hubo medidas que se le podría asignar a esa concepción de la economía, pero en nuestro país el populismo invadió todos los ámbitos de la política, independientemente del signo político de turno.

Cuando Alberto Fernández se refiere a la Argentina omite referirse al principal problema de nuestro país: la corrupción. Esa corrupción que ha transformado a las castas políticas en personajes que privilegiaron el bien personal antes que el bienestar general. Por eso todos los que se sentaron en el sillón de Rivadavia y los que ocuparon despachos cercanos salieron mas enriquecidos de lo entraron. Algunos y algunas millonarios a secas.

El desvío de recursos públicos para cuentas privadas ha generado una sangría que se trató de cubrir con endeudamiento o mayor presión impositiva, hasta hacerla llegar a límites francamente insoportables. Argentina es un país con una enorme y irracional presión impositiva. Esta característica ha transformado al país en una geografía donde no hay incentivo para invertir salvo que se obtengan beneficios oscuros e irregulares del Estado.

Este es el fenómeno del «capitalismo de amigos» que funciona en nuestro país. Basta recorrer la lista de las personas más ricas de la Argentina para notar que todos indefectiblemente están beneficiados por contratos y concesiones que les otorgó el Estado, o tienen posiciones dominantes y son incontrolables, porque de eso se trata, de no molestar, salvo alguna referencia testimonial de queja desde el vértice del poder.

La inversión y el riesgo que existe en un sistema capitalista, que exige innovación y adaptabilidad a las situaciones cambiantes para no perder competitividad, tal vez nunca existió en la Argentina.

No se entiende cuándo se culpa a las políticas liberales como responsables de la fractura social que caracteriza a nuestro país. Es la solapada forma de engañar a los que fueron perjudicados, y decirles que el responsable es una figura tan abstracta como el concepto del «neoliberalismo».

En alguna oportunidad, el sindicalista Luis Barrionuevo, con un sincericidio irrepetible dijo cuando corría la década del 90: «Hay que dejar de robar dos años», refiriéndose a la única salida que tenía la Argentina. Y sabía de qué hablaba.

Pero pareciera que jugar al distraído es el oficio común de nuestros dirigentes políticos. Alberto Fernández no es una excepción. Menos él que tiene como Vicepresidenta a una señora que enfrenta una docena de causas por corrupción, y que muchos de sus ex ministros y funcionarios de distinto rango también están denunciados, imputados y otros condenados por corrupción. Un rasgo que solo muestran las peores burocracias corruptas del mundo, especialmente las africanas.

De Nuestra redacción

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