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Un museo en el hogar de Atahualpa Yupanqui

“De tanto dir y venir, abrí una huella en el campo… parece que no hubo nada si se mira sin mirarlo, todo es malezal confuso pero mi huella está abajo… Tal vez un día la limpien los que sueñan caminando. Yo les daré desde lejos mi corazón de regalo…”. Las coplas se cobijan en la guitarra del universo. El alma de Atahualpa Yupanqui camina las sendas del horizonte, despertando tal vez una baguala mojada de tiempo eterno. Hace unos días, una noticia volvió a darle vida al recuerdo del Tata: se anunció que la casa de Juan A. De la Peña, donde vivió los primeros años de su infancia, había sido puesta a la venta y la Municipalidad de Pergamino tenía interés de convertirla en museo. “Le contaré cosas hasta donde las conozco, por haberlas leído o por mentas de mi Tata o de algún pariente. No era muy narrador de su vida. Generalmente se reducían a pinceladas sin entrar en detalles. El alumbramiento se produjo en Pergamino, en la calle Italia, no recuerdo el número. Veré si encuentro la partida de nacimiento. Vivían en el Campo de la Cruz, a escasos dos kilómetros de Peña. Todavía hay rastros de los adobes de ese rancho”, cuenta Roberto El Coya Chavero, hijo de don Ata, que preside la fundación que lleva el nombre del creador de “Luna tucumana”.

– ¿La casa donde se crió pertenece al ferrocarril? ¿Cómo llegó a instalarse allí la familia? ¿Solía recordar don Ata esa parte de su niñez en Peña? 

– A los dos años aproximadamente se instalan en la casa en cuestión de Peña porque mi abuelo José Demetrioempezó a trabajar en el Ferrocarril. A quién pertenecía la casa: no lo sé. Hoy pertenece a una familia. Según relataba mi Tata, vivieron allí hasta sus seis o siete años. Luego mi abuelo anduvo por 9 de Julio y en Agustín Roca, siempre de ferroviario. En Roca, vivieron en la estación que hoy es museo, desde sus ocho o nueve años. En ese tiempo se produce el viaje a Tafí Viejo y su primer contacto con Tucumán. Fue, en mi opinión, una experiencia iniciática, a pesar de sus escasos añitos. Recordaba su infancia con caballos, la simple vida campesina de la llanura de aquellos años, el nombre de alguna maestra que no retuve. Aprendió de niño el lenguaje Morse porque su padre le enseñó. Una vez contó cómo lo ayudó una noche en Buenos Aires, varios años después.

– Don Ata hablaba poco o nada sobre su padre ferroviario y telegrafista, mucho tiempo después se supo que había puesto fin a sus días, ¿atravesaba por una situación de vida difícil, estaba muy enfermo? ¿En qué año murió? ¿Doña Higinia lo sobrevivió o falleció antes que don José Demetrio? ¿Qué fue de los hermanos de don Ata? 

– De su padre nunca habló mucho y cuando lo hacía, era con veneración. Lo recordaba por las tardes empuñando una guitarra y tocando música surera, a pesar de ser santiagueño, de Monte Redondo: estilos, vidalitas… Recalcaba que mi abuelo no bebía ni fumaba y que le gustaban mucho las tabeadas. Mi madre se enteró después de muchos años de cómo falleció mi abuelo. Cuando yo era chico, un amigo tucumano le informó que se había suicidado a los 13 años del Tata. La razón nunca la supimos. Mi abuela Higinia quedó viuda con CarmenHéctor y Alberto, los tres hijos del matrimonio. Mi tía Carmen se recibió de maestra y empezó a trabajar. Mi Tata, que había estudiado guitarra con el maestro Almirón empezó a aportar a la supervivencia de la familia con algunos trabajos que relata en sus libros y videos y tocando la guitarra para amenizar fiestas. Ganaba unas moneditas para la familia. Alberto era aún muy pequeño.

– Se ha conocido la noticia de que se venderá la casa de Peña. ¿Qué sensaciones le genera este asunto? El hecho de que recién ahora surja la idea de preservarla, ¿es una muestra del poco reconocimiento -no solo de Pergamino, sino de los distintos gobiernos nacionales- por darle a don Ata el lugar que le corresponde en la cultura argentina? 

– Sí, la casa está a la venta. De acuerdo con la información que salió en una publicación, fue declarada en 2001 Patrimonio Histórico, no sé si de Peña, de Pergamino, de la Provincia o de la Nación. Me complace que haya preocupación en conservar y en desarrollar allí un espacio cultural, con el que ya hemos comprometido nuestro apoyo. Conozco el lugar, la casa, he estado varias veces en Peña y en Pergamino. Hay en nuestro país muchas personas que reconocen en su legado un tesoro en el que debiéramos abrevar. A la vez, no olvidemos que la Ciudad de Buenos Aires ha adquirido, a lo largo de los años, una influencia enorme sobre el proceso cultural y educativo desde las esferas estatales y desde los medios de comunicación, estatales y privados, me refiero en particular a la TV masiva. Como lógica respuesta a esa presión, las provincias se refugiaron en el regionalismo. Pero dejaron de ver lo sustancial de ciertos legados culturales que los trascienden y se inscriben en lo universal e interesan en todo el mundo. De allí que, tanto unos como otros, usaran figuras y nombres como el de mi Tata, para la foto del día, sin ahondar. Al no poder apropiarse de su obra en términos políticos, prefieren dejarla de lado.

– Usted se ha ocupado de reeditar los textos literarios del Tata, ¿a qué cree que se debe que su obra no sea aún motivo de estudio obligatorio en el ámbito educativo? ¿Se subestima su producción? ¿Se lo considera solo un folclorista? 

– En relación con el proceso educativo de nuestro país, tengo un par de referencias que enmarcan su relación con la obra del Tata. Empiezo por decir que muchos docentes de todo el país usan su obra con fines educativos por fuera de la currícula. Es una de nuestras alegrías. En 2011, mi hermana y yo cedimos los derechos para que el Ministerio de Educación de la Nación, a través del Plan de Lectura, editara una antología dirigida a las escuelas. Se hicieron primero 25.000 ejemplares y al año siguiente otros 20.000 por la repercusión que tuvo. Desconozco el resultado de ese esfuerzo. Por otra parte, una magister en literatura para lograr su doctorado presentó un trabajo sobre la obra de mi padre. Al pasar el examen, que finalmente aprobó, la mesa examinadora le confesó no saber nada de Yupanqui como escritor o poeta, de manera que esa ocasión sirvió para que recibieran una clase casi particular. A otro amigo que obtuvo su Licenciatura en filosofía le sucedió lo mismo. Su música no se enseña en los conservatorios. Su estilo guitarrístico, tan particular, es estudiado por concertistas en Europa y en Japón. Alguna vez un secretario de Cultura de la Nación, al obsequiarle en una Feria del Libro de Pergamino “Del algarrobo al cerezo”, me dijo: “¿Yupanqui escribía?” Ante mi respuesta afirmativa insistió: “pero… ¿los escribía él?” A mi Tata se lo llama muchas veces “el padre del folclore”. No sé qué significa pues el folclore es hijo de los tiempos y de los paisajes. Como aquellos a los que se llamó gauchos. La costumbre de no ahondar en las cuestiones importantes es un rasgo de nuestros tiempos.

– ¿Se siente un continuador de la obra de su padre? ¿Le pesa el apellido? ¿Cuál es la tarea que desarrolla la Fundación Yupanqui? 

– Soy un difusor de su obra, porque la considero fundamental para nuestro proceso cultural. En algún momento, la vida se me plantó y me dijo: “¿y ahora, qué vas a hacer?” Y decidí poner mi empeño y mis escasas capacidades al servicio de difundir su obra. Era lo mejor que podía hacer. No de fomentar la idolatría por él. Sería un desmérito. Una idolatría vacía de contenido conduce a la ceguera espiritual e intelectual. Su obra invita a ahondar dentro de cada uno de nosotros. Mi apellido no me pesa en lo más mínimo. No pretendo imitarlo. Sería una fotocopia. Nuestras vidas han sido muy distintas. Tuve la suerte de criarme en Cerro Colorado y aprender de los paisanos y a la vez formarme en la cultura francesa de mi madre, además de tener a mi disposición discos y libros maravillosos. Mi vida, tan distinta de la suya, no me impidió comprender su mirada sobre la existencia y compartirla. La Fundación Atahualpa Yupanqui se ha dedicado a mantener Agua Escondida, en Cerro Colorado, y a desarrollar allí, con el esfuerzo de muchas personas, un centro cultural que sea digno de mis padres y de sus obras. También se han llevado muestras a diversos lugares del país y en lo posible acompañándolas con talleres y recitales.

– ¿Qué significa Yupanqui para usted y para la cultura argentina? 

– La obra de mi Tata es una gran posibilidad, un camino de reencuentro con nuestro territorio, con lo mejor de nuestras tradiciones, para comprenderlas y no cristalizarlas ni estancarnos en el pasado. La tierra nos demuestra que la vida renace después del invierno, de las sequías o de las inundaciones gracias a sus raíces. Las raíces culturales de nuestro país son muy sólidas, pero tenemos que ir hacia ellas para abrevar. De lo contrario, vamos a desaparecer como país. Finalmente, nos preguntemos cómo fue que un criollo sin títulos universitarios, tocando la guitarra a lo criollo, haciendo una música desconocida para tantos públicos ajenos a nuestra cultura, compartió con intelectuales y artistas de tan diverso origen (desde Alfred Métraux hasta García Lorca, desde Rostropovich hasta el Daisaku Ikeda, sin empresa de marketing que trabaje para hacerlo popular, ni agente prensa (nunca lo tuvo), fue y sigue siendo reconocido como un referente del arte y del pensamiento en muchos países del mundo. Tenemos un yacimiento más valioso que el oro de las montañas: su obra.

Fuente: lagaceta.com.ar

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