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Los efectos tardíos del coronavirus

Hace un par de días, la secretaria de Acceso de la Salud, Carla Vizzotti, enumeró -en diálogo con TN– algunas razones lógicas para que la gente se siga cuidando y no subestime el contagio de coronavirus. Habló de efectos tardíos que están bajo investigación, incluso en enfermos leves y asintomáticos. Específicamente se refirió a artículos que reportan que «un porcentaje importante de personas tiene secuelas cardiológicas”. ¿Qué dicen esos papers y por qué preocupan a los médicos?

El más reciente fue publicado a fines de julio en la revista JAMA Cardiology. Ahí, investigadores del Hospital Universitario de Frankfurt, Alemania, se preguntaron si había efectos cardiovasculares en pacientes que habían tenido coronavirus recientemente. Tomaron aleatoriamente a 100 personas: 67 se habían recuperado en su casa y 33 habían tenido que ser hospitalizadas. «El intervalo de tiempo medio entre el diagnóstico de coronavirus y la resonancia magnética (parte del chequeo que les hicieron para esta investigación) fue de 71 días», aclara el paper.

Es lógico observar lo pequeño de la muestra, pero el hallazgo no deja de ser abrumador: el 78%de los testeados tenía algún grado de compromiso cardíaco. El 60%, inflamación miocárdica en curso. El informe aclara que el resultado es “independiente de toda condición preexistente” y señala «la necesidad de una investigación continua de las consecuencias cardiovasculares a largo plazo del Covid-19”.

En la misma línea, otro paper, esta vez de científicos de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) publicado unos días antes en la revista Nature, advirtió que «algunos pacientes que no presentan los síntomas típicos de fiebre y tos tienen síntomas cardíacos como primera manifestación clínica». Y detalló: “Más allá de que la manifestación clínica predominante del Covid-19 es la neumonía viral, también puede causar desórdenes cardiovasculares como injuria miocárdica, arritmias, síndrome coronario agudo y tromboembolismos”.

De estos textos parece desprenderse que, a quienes tuvieron coronavirus, aun si se recuperaron y sienten que volvieron a la «vida normal», les espera una tediosa batería de chequeos, más allá de los regulares, en busca de posibles secuelas silenciosas. Clarín habló del tema con infectólogos, cardiólogos y virólogos, y parece ser un terreno tan complejo como poco explorado.

El virus en los órganos

Omar Sued, presidente de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI), aseguró que «los casos de secuelas cardiológicas son importantes» y enseguida afirmó: «En muchos pacientes estamos empezando a aprender. No tenemos mucha información, pero sí hay varios estudios que muestran que el porcentaje es alto. Ya sabemos que entre el 20% y 50% de las personas en terapia intensiva tienen infarto durante la terapia. Y muchos jóvenes que fallecen, que son muy pocos, por suerte, mueren por infartos o ACV. De los que sobreviven, un porcentaje grande va a quedar con secuelas y hay que seguirlas a largo plazo».

«El tema no es menor», apuntó Jorge Quarleri, virólogo investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y Sida (INBIRS), dependiente de la UBA-Conicet, y aseguró: “Más allá del fenómeno agudo, claramente podrían quedar secuelas en los órganos donde este virus es capaz de producir daño”.

Un antecedente «guía» es la experiencia con el SARS 1. Quarleri recordó que entonces “el virus se encontró en tejido miocardíaco del 35% de los pacientes. Pero en lo que hace a las evidencias del SARS-CoV 2 asociado a daños en el tejido miocardíaco, todavía hay contradicciones, en parte porque el material que se usa para hacer las determinaciones finales viene de las necropsias. Y hay hallazgos en varias direcciones”.

Es simple: nadie duda de las consecuencias cardiológicas visibles en muchos pacientes. El debate está centrado en si, a) el coronavirus afecta el sistema cardiovascular en forma directa, generando un daño concreto en sus células o si, b) el daño es consecuencia de una inflamación sistémica más general, el famoso “shock” o “tormenta» de citoquinas, una reacción descontrolada del sistema inmune, que busca eliminar el patógeno.

Un gran corazón

Cualquier médico «en tema» sabe de la aparición de ciertos indicadores o «marcadores» en pacientes curados de coronavirus, que son justamente lo que les dan la pauta de que algo pasó en términos cardiovasculares. La más reportada es una enzima llamada troponina, ligada a la “injuria cardíaca”, es decir, la rotura de alguna o varias células del corazón. Según el nivel de troponina se podrá hablar de “injuria” o de “infarto”.

Otros marcadores a los que están atentos los médicos que chequean pacientes de coronavirus son elevaciones en la ferritina, lo que indicaría una posible inflamación general, y en la dímero D, proteína que sube cuando hay coágulos en los vasos sanguíneos, lo que podría derivar en cuadros de trombosis.

Volviendo al paper de los 100 pacientes, los expertos alemanes encontraron algunos de estos «marcadores» en casi el 80% de los casos; y en el 60%, cuadros de miocarditis, uno de los temas que más preocupa a los expertos. 

Por ejemplo a Jorge Tartaglione, médico cardiólogo y presidente de la Fundación Cardiológica Argentina, quien aclaró que, en principio, “es común para los cardiólogos ver el impacto de un virus en las paredes del corazón, produciendo miocarditis, una condición que deriva en insuficiencia cardíaca«.

Según detalló, el cuadro se da porque «el corazón no puede sacar la cantidad de sangre que le entra, y entonces se va agrandando y dilatando. El músculo cardíaco no tiene la fuerza para sacar la sangre en cada latido y por la persona suele sentir falta de aire, ya que hay un impacto en los pulmones”.

Pero Tartaglione se mostró dubitativo frente a las secuelas del coronavirus en investigación: “No sabemos si las produce el virus o son una reacción del cuerpo. Mi idea es que son las dos: la tormenta de citoquinas debe influir, pero el virus entra la células, las infecta, las inflama y se genera dilatación cardíaca”.

Alejandro Hershson, presidente electo de la Sociedad Argentina de Cardiología y jefe de Cardiología Ambulatoria de la Fundación Favaloro, coincidió con su colega: el coronavirus no sería el primer virus en poner palos en la rueda en el sistema cardiovascular.

“Por eso recomendamos la vacunación contra la influenza: sabemos que algunos virus gatillan una serie de mecanismos que afectan las tasas de infarto de miocardio y de insuficiencia cardíaca, en especial en quienes tienen enfermedades preexistentes”, señaló.

Sin embargo, puso reparos respecto del artículo alemán: «Se basa en cien casos, que es muy poco para hacer afirmaciones. Es cierto que se vieron casos de inflamación miocárdica en gente que no tenía patologías previas, pero todavía no puede saberse cuánto impactará esto en el futuro”.

Daño silencioso

Volviendo al campo de la virología, Quarleri enfatizó que “haber tenido la infección por SARS-2 en forma asintomática o con síntomas ligeros no exime a nadie de eventuales daños a nivel cardíaco».

El detalle es complejo, pero vale la pena seguirlo: «Ocurre que las células del endotelio vascular pueden quedar dañadas por la infección, y ese daño conllevar una serie de ‘respuestas’, incluyendo el aumento en la formación de ‘trombos’ o coágulos intravasculares. Esta consecuencia, conjuntamente con el descontrolado fenómeno inflamatorio, puede acarrear efectos en el nivel del miocardio”.

Lo dicho hasta ahora justifica, sin entrar en pánico, dejar de lado cualquier minimización del coronavirus en términos de «gripecita inofensiva». Porque, aclaró Quarleri, “yendo a los asintomáticos, se piensa que la presencia silenciosa de trombos en la vasculatura cardíaca podría acarrear a futuro (cercano o lejano) complicaciones en la función normal».

Esto sin contar que, «tras cualquier lesión se disparan mecanismos cicatrizales que, cuando se dan tras un extenso y continuo daño, se pueden desregular o descontrolar, lo que a su vez puede acarrear que el tejido normal sea reemplazado por un tejido fibroso y una matriz con mucho colágeno, que naturalmente ya no cumplirá con las funciones originales que tenía”.

En definitiva, “el coronavirus, sea por sí mismo como mediado por la respuesta inmune descontrolada del cuerpo, puede producir daños en múltiples órganos: pulmón, corazón, rinón, intestino, páncreas, hígado. Según la magnitud del daño, podrá sobrevenir la fibrosis en esos órganos, alterando su normal funcionamiento”, advirtió.

En otras palabras, conviene hacerse la idea de que «el antecedente de una infección por SARS-CoV 2 podría constituir un factor de riesgo que debe ser evaluado por un médico especialista”. Lo diga Vizzotti, lo diga Nature o un científico de renombre, las razones para evitar infectarse sobran. 

Fuente: clarin.com

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