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Cuando nuestra identidad se diluye en el grupo

Hay algo bastante evidente: el ser humano tiene tendencia a dejar de pensar por sí mismo cuando se diluye en un grupo. De hecho, lo vemos en la moda, en el mundo de la música e incluso en la alimentación. Basta con ver que un grupo de personas consumen un determinado producto para que capte nuestro interés. Es el “efecto arrastre” o la “mentalidad de rebaño”. 

Debemos admitirlo, todos nosotros nos hemos dejado llevar, en más de una ocasión, por este tipo de comportamiento. Lo hacemos al elegir una marca, al seguir las normas del grupo en que nos movemos o al acudir a ese restaurante sólo porque la mayoría de las personas que conocemos lo hacen. Hay comportamientos más extremos, como, por ejemplo, votar por un candidato, sin analizar demasiado, sólo porque nuestro entorno así lo ha decidido. Es básicamente una distorsión a la hora de interpretar ciertas cosas, un juicio inexacto que nos hace decir aquello de “si lo hacen todos, estará bien hacerlo”. 

Sentimos la necesidad del grupo. Ya sea una familia o los amigos, el colegio o el trabajo, una organización o un partido; el sentido de “cuerpo” se arraiga en nosotros con bastante fuerza. Sin embargo, muchas veces los ojos de quienes nos rodean son cárceles y sus pensamientos nuestras jaulas. Imitar el comportamiento de otros para formar parte de ese grupo, nos puede llevar a diluirnos como individuos. Y el secreto de la auténtica felicidad reside en el atrevido arte de pensar, elegir y actuar por nosotros mismos, sin condicionantes, sin renunciar a ningún matiz de nuestra identidad.

Es lamentable que, estando dentro de un grupo, nuestro comportamiento pueda cambiar radicalmente; producirse una desindividualización, es decir, perder la identidad e incorporar a uno mismo la del grupo. El individuo deja de ser tal y es menos consciente de su particularidad, asumiendo lo que el ámbito de pertenencia promulgue, dejándose simplemente arrastrar. 

La teoría de que cada uno de nosotros tiene una única identidad que nos define y dirige nuestro comportamiento, es atractiva y no está del todo desencaminada. Sin embargo, cuando metemos en la ecuación la interacción social, nos damos cuenta de que terminamos actuando, a menudo, de manera distinta a lo que podría predecir nuestra personalidad. La percepción de nosotros mismos se altera para acentuar las semejanzas con los demás individuos de nuestro grupo y aumentar las diferencias con los individuos de otros, lo que provoca un fuerte sentimiento de pertenencia comunitaria. 

Esto hace que, en ocasiones, resulte complicado seguir las propias convicciones, sobre todo cuando lo que pensamos y sentimos no coincide con la mayoría de las personas que nos rodean. Es que, muchas veces, las normas grupales rigen nuestra conducta y definen el cómo, cuándo, dónde y el por qué de nuestro comportamiento desde un punto de vista social. 

Lo político, lo religioso, lo deportivo y hasta una receta de cocina pueden generar broncas y peleas. Permitir que el otro sea otro, que piense distinto, sienta distinto y se manifieste de manera diferente es, por estos días, una tarea difícil de concretar en la sociedad. Asistimos a una situación compleja: la exacerbación de las pasiones, discursos cerrados y temor al semejante como si fuese un enemigo; una “futbolización” de la vida cotidiana. Por eso es necesario volver a conocerse, volver a ser fiel a uno mismo, tomar partido por las propias convicciones y creencias. 

“En una extensa selva vivía una manada de hienas que criaban a un cachorro de león, diciéndole que era un gato. Éste, con un sentimiento distorsionado de su identidad, se comportaba como tal.

Fue creciendo hasta que se hizo un león adulto, delgado y débil. Un día aprovechó para dar un paseo por la selva. Se cruzó con una manada de búfalos; al verlos maulló muy asustado y se apartó del camino escondiéndose detrás de un gran tronco.

Continuó su camino y se encontró con dos tigres que le rugieron de una manera muy desafiante. Muy asustado, maulló unas cuantas veces. Los tigres no podían dejar de reír ante los ridículos maullidos. Humillado, salió corriendo de allí.

Bajo la sombra de un árbol se quedó pensativo. Una mansa paloma, que lo había estado observando, le dijo: -No sabes quién eres y por eso no sabes cómo encajar en la selva. Sólo conociéndote podrás saber cuál es tu función en este mundo.

-Y quién soy?- preguntó angustiado el león.

-Eres un vencedor! Eres un león! Eres el rey de la selva!- concluyó la paloma.

Entonces el león empezó a comprender. Volvió y para su sorpresa, cuando llegó a la guarida de las hienas, se dio cuenta de que éstas le habían preparado una emboscada declarándose como sus peores enemigas.

El león se subió, entonces, a una gran roca con mucha valentía y desde ahí emitió varios rugidos graves y prolongados marcando su territorio. Y con un repentino coraje dijo: -Sé quién soy! Y sé cuál es mi función en este mundo! No soy un gatito. Soy un vencedor, un león, el rey de la selva! 

Este fue el último día que el león convivió con las hienas”.

Fuente: Bae Negocios

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