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Los problemas sin solución de Alberto Fernández

  • La Argentina es hoy una superposición de problemas y pocos caminos de solución. Ante cada necesidad, ya no hay un derecho sino una dificultad. Hay una lectura instalada esta semana entre políticos de la oposición y analistas críticos de la situación actual, un gradualismo que preocupa: el inicio de un camino de empobrecimiento atípico por las memorias de Venezuela que dispara, que empieza a notarse en varios aspectos.
  • La pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo: si el presidente Alberto Fernández expusiera este problema en alguna filmina, Haití es ahora el horizonte de comparación: un salario argentino que en dólares cayó por debajo del de Haití. Con el dólar a 178, es el menor de América Latina, sacando a Venezuela. La venezolización es percibida también en la velocidad con que los productos empiezan a escasear y los precios a subir.

Gas: el error de Alberto Fernández al cuestionar a Macri

  • El ciudadano-consumidor lo vivió esta semana: se apila el anecdotario de corridas en la compra de productos para la construcción o electrodomésticos o de limpieza. El análisis desde algunas voces de la oposición ya no es crisis sí o no sino crisis con o sin estallido social. Pero la coincidencia está en el empeoramiento de la crisis.

El problema del dólar

  • El dólar hoy volvió a batir récords y ése es otro desvío en el camino hacia la salida de la crisis. Problema endémico para el que todavía no hay vacuna. El peso histórico del dólar es un termómetro de la incertidumbre pero, sobre todo, es una muestra de su funcionamiento como institución clave de la vida social argentina: regula expectativas y define destinos nacionales. Gobiernos nacionales. Es contante y sonante pero también es un intangible que absorbe deseos y decepciones argentinas.
  • Desconocer su peso simbólico y su poder de sintetizar visiones del mundo es un error: no se puede gobernar de espaldas al dólar en Argentina. Al paralelo, al blue me refiero. En el dólar se lee la fe en un gobierno, la sensación de tranquilidad y futuro asegurado, la posibilidad real de disfrute al alcance de la mano o, por el contrario, ansiedad y estrés ante el futuro.
  • El modo en que el ministro de Economía Martín Guzmán y el mismo presidente Alberto Fernández relativizan el peso del dólar blue y su impacto en la vida real funciona de la misma manera que la insistencia del Gobierno en negar la necesidad de la gente de recuperar su trabajo y su vida de afectos en medio de la pandemia. O se demoniza o se niega esa necesidad. La pandemia también está demostrando que no se puede gobernar de espaldas a la realidad.
  • Pero volvamos a la economía. ¿Hay un problema de incomprensión de la economía? ¿O la gravedad del problema está claro pero la dificultad de dar con la solución obliga a la retórica de la minimización, la condena o la negación de la fijación argentina en el dólar?

La ficción del «Estado te cuida»

  • La grieta de fondo agrava el problema. Pero la grieta más estructural no es la que enfrenta a kirchneristas con antikirchneristas. La grieta fundamental se da en realidad en torno a una manera de concebir el Estado y el rol del sector privado. Es llamativa la vocación kirchnerista por el «animismo de Estado»: el «Estado te cuida» es la insistencia por dotar de cualidades humanas y paternales al Estado, un ente abstracto que en realidad funciona sobre todo gracias a aquellos que según esa concepción del Estado son «cuidados»: los ciudadanos privados que aportan con sus impuestos.
  • ‘Estado presente» y «el Estado te cuida» son inefectivos a la hora de cumplir con sus responsabilidades. Sin esa alianza interesante con el sector privado, los ciudadanos particulares, y sin la eficiencia en el gasto y en su financiación, el «Estado te cuida» se vuelve la mayor de las ficciones sobre las que descansa el pero-alber-kirhnerismo. «Estado presente» y «Estado te cuida» no son sinónimos de Estado de bienestar.
  • Esa visión paternalista del Estado se ve también en el modo en que la ciudadanía kirchnerista se relaciona con el presidente Fernández, lo mismo que con Cristina Kirchner o Néstor Kirchner, en el pasado. Pero con Fernández es más llamativo el efecto porque su trayectoria, que lo mantuvo alejado del contacto con la ciudadanía y más involucrado en las bambalinas del poder, contrasta con la operación ternura con la que se lo agasaja. Se notó sobre todo en los primeros meses de su gobierno y de la pandemia: niños, mujeres e inclusive hombres adultos no dudan, aún ahora, en incluir corazones y otros emoticones tiernos en sus menciones a Fernández en Twitter, por ejemplo.
  • Es el correlato de una relación entre la ciudadanía kirchnerista y sus líderes políticos más estructurada por la lealtad militante donde la lealtad está antes que la exigencia de la rendición de cuentas. Una ciudadanía que tiende a justificar en exceso los errores de sus líderes. Hay poco hábito de un ejercicio ciudadano que exija y demande al líder político y al Estado: esa distancia crítica de la ciudadanía empoderada, la verdadera dueña del Estado, se ejerce poco y menos todavía cuando hay simpatía, o lealtad, con quien gobierna.
  • No es privativo del pero-alber-kirchnerismo. Pero es especialmente perfecto en el pero-alber-kirchnerismo. El 17 de octubre y la lealtad peronista son un ejemplo claro de un tipo de relación con la clase política donde la subordinación y el agradecimiento reverencial está antes que la voluntad de cuestionar, exigir, demandar. Un problema histórico de Argentina. Que agrava la densidad del problema presente.

Justicia social con macro eficiente

  • El Estado puede serlo todo: regulador prudente del juego del mercado; interventor abusivo de la economía; proveedor de servicios básicos, más o menos eficientes, o más o menos ineficiente; participante activo de la economía, asumiendo un rol también en el sistema productivo. Algunas experiencias ya han quedado desacreditadas por el paso del tiempo: la historia trae lecciones.
  • ¿Cuál es la matriz estatal que le conviene a Argentina? Combatir al capitalismo no parece ser la mejor opción: los países que mejor atraviesan esta pandemia cruzan capitalismo con un Estado de bienestar en serio, es decir, el que integra la justicia social en una macro eficiente y en un mercado libre con reglas claras y sostenibles. Los países nórdicos, por ejemplo.
  • Ahora el Gobierno plantea una empresa estatal para competirle a Mercado Libre: Correo Compras. Un Estado ineficiente como el argentino, impotente para proveer servicios básicos, ¿se pone a jugar el rol de Estado empresario en un sector como el e-commerce? ¿Por qué? ¿Cuál es el sentido de sumar desafíos inabordables cuando las demandas de infraestructura, sobre las que los privados pueden hacer su aporte son más urgentes?
  • ¿Es el momento para hacer la revolución estructural de la Argentina? ¿O es el mejor momento para una política de consenso? Distribuir responsabilidades para que haya continuidad de futuro. La postergación de pagos de la deuda que logró este Gobierno quedará reducida a un patear para adelante el problema si la sustentabilidad de la deuda no se convierte también en sustentabilidad política: una visión del mundo negociada entre sectores.
  • Diciembre de 2017 es un ejemplo inquietante de este problema argentino: la Ley que fijó entonces la fórmula de actualización de las jubilaciones fue finalmente sancionada a pesar de la enorme resistencia de la calle, con niveles de violencia imposibles de olvidar, y una tensión dentro del Congreso, también lamentable. Obtuvo el 49% de los votos: 127 votos a favor, el 45% la rechazó: 117 votos en contra y hubo dos abstenciones y 10 ausentes. A pesar de esa mayoría, una de las primeras decisiones de la presidencia de Fernández fue suspender esa ley, como parte de la Ley de Emergencia de diciembre de 2019.
  • Es decir, ni siquiera una votación legítima en el Congreso garantiza que una ley se convierta en política de Estado. La resistencia del kirchnerismo en aquellos días era prueba de que sin consensos más amplios que los que se logran con el voto, consensos que luego sí por supuesto, deberán encontrar su legitimidad en esa votación legislativa, no hay políticas de Estado que perdure más allá de cada gobierno de turno.

El lenguaje no inclusivo de la política

  • Y ese es otro de los grandes problemas del kirchnerismo en sus distintas versiones: la dificultad para administrar la convivencia entre mayorías y minorías. El presente argentino además subraya ese desafío en la medida en que la mayoría, el 52% de los argentinos, no votó al binomio Fernández – Kirchner.
  • La idea de que el oficialismo gobierna y la oposición se mantiene en su rol es cuestionable en Argentina: por un lado, en este caso, por el peso de cada sector: un 41% de los votos es una parte sustantiva de la sociedad, que debe ser escuchada. Por otro lado, porque las demandas estructurales insatisfechas durante tantas décadas exigen un cambio de lógica en el que el punto de vista de la oposición sea incorporado como dato en el presente. Y no patearlo hacia adelante para cuando arme un partido y gane las elecciones.
  • Las mayorías son siempre temporarias. Nada bueno dura tanto: tampoco el poder. Y un país en marcha piensa el presente en función de un futuro sustentable: los volantazos en las visiones del mundo no le convienen a nadie. En las sociedades con una paz social naturalizada, los cambios de gobierno se perciben apenas en las diferencias marginales de sus políticas. Difícilmente se vivan con estrés por la gente de a pie. La vida ciudadana está volcada a otras cuestiones: no hay pérdida de energía social en el correr agotador detrás de un futuro que se escapa de las manos. La velocidad en la escalada del dólar es la representación de ese horizonte de bonanza que es escurre entre los dedos.
  • La definición más inquietante de Alberto Fernández esta semana, en la entrevista con Horacio Verbitsky, tuvo que ver con eso, con la utopía de la hegemonía pero-kirchnerista. Para Fernández, su gobierno es «el último proyecto para que todos juntos no permitamos que el conservadorismo vuelva a hacerse cargo de la Argentina nunca más». Es decir, la negación, exclusión y borramiento de la mirada de un 41% de los argentinos. Pero no de los dirigentes opositores sino de las ideas y visiones de la argentina que la ciudadanía que integra ese 41%.
  • Esa ilusión de excluir al otro distinto es otro de los grandes problemas argentinos. Hay tolerancia de género al infinito. De religión. De origen. Pero la tolerancia hacia el que piensa políticamente distinto no encuentra su lugar en la gramática política. No hay lenguaje inclusivo que integre a los que piensan distinto.
  • Una diferencia que trae algo de optimismo en el presente: lo que sucede en este momento en Argentina es inédito y no sólo por la pandemia. Por la propia lógica de la joven democracia argentina. No es 2001. Ahora hay una oposición que terminó su mandato y perdió por solo 7 puntos: el riesgo de alternancia para el oficialismo de turno, cualquier oficialismo, es una buena noticia para la sociedad. Y por otro lado, hay un peronismo que por primera vez está perdiendo su fama de garante de la paz social en momentos de crisis. Ya no es el partido piloto de tormentas. Quedó claro que nadie puede gobernar solo la tormenta perfecta: esa es una lección que empieza a tomar forma después de 37 años de una democracia que generó sus propias deudas.
  • La marcha de la historia de la recuperación de la democracia es una flecha lanzada hacia el futuro. Una evolución que muestra nuevos especímenes y nuevos eventos tectónicos. El problema es que estamos justo en una de sus grietas. Ese el mayor desafío./Lanacion.com

Por: Luciana Vázquez

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