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Somos las vacas del futuro?

En los primeros días de la pandemia, hubo un momento en el que surgieron noticias por doquier de una mejora en la calidad del aire y el agua en todo el mundo, pues la producción y el tráfico disminuyeron de forma abrupta. Circularon imágenes de rebaños de cabras monteses y jabalíes explorando las calles desiertas de las ciudades y de bancos de delfines eufóricos en el Bósforo. Algunas fueron engaños, pero por un momento todas evocaron la idea de que la perturbación que se había producido por una especie de desequilibrio en las relaciones entre humanos y animales podía dar como resultado una refundación en favor de la naturaleza.

Con esta esperanza, se hizo que la naturaleza desempeñara un papel familiar: el de refugio que garantizara el bienestar de los humanos. El pensamiento utópico está plagado de esta fantasía. Por ejemplo, en la leyenda griega de los hiperbóreos, estos llevaban una existencia perfecta más allá de los vientos del norte en una primavera permanente, y los moradores de la “Utopía” de Tomás Moro “cultivan sus jardines con un gran cuidado para tener vid, frutas, hierbas y flores en ellos”. Posteriormente, William Morris incorporó la naturaleza —casi palpable en los muros de salones bien provistos— a su contraimaginario utópico de las fábricas de la sociedad industrial. Los utópicos de hoy, con sus sueños de centros comerciales convertidos en humedales, tienen un espíritu similar.

En esta visión, la naturaleza es una promesa cíclica, reproductiva y predecible, a diferencia de la historia, con su contingencia y sus giros y vicisitudes repentinas. Sin embargo, esto es una ilusión. Es evidente que la naturaleza está totalmente sujeta a la historia; aquello que parecía más o menos eterno ahora está padeciendo una extinción, un derretimiento imparable. La naturaleza no está fija ni es permanente, sino que está en cambio constante. No es algo separado de los humanos, un elemento infaliblemente listo para aliviar nuestras aflicciones y restaurar nuestro ánimo. Más bien está enredada en la red y la sustancia de la humanidad, en su actividad atropellada y sus búsquedas incesantes.

Por ejemplo, la intervención humana en la vida animal y vegetal es incalculable. Consideremos el ganado. Históricamente, los cuerpos de las vacas han servido como sujetos de estudio: laboratorios de intervención biológica futura y de todo tipo de tecnología reproductiva. En la actualidad, las vacas están hacinadas en megagranjas, supervisadas por sistemas digitales, entre ellos sistemas de reconocimiento facial y de la piel. Estas nuevas fábricas son cobertizos con aire acondicionado donde se monitorean y se registran todos los movimientos, las emisiones y la producción del ganado mediante maquinaria digital. Cada sorbo de leche se puede rastrear hasta su fuente.

Y esto va más allá del monitoreo. En 2019, en la granja de investigación RusMoloko cerca de Moscú, se le puso gafas de realidad virtual al ganado. Por medio de la animación digital que se reprodujo frente a sus ojos, se estimuló a las vacas para que se imaginaran deambulando en iluminados campos veraniegos, no en unos desoladores e invernales. Esta estrategia innovadora, que al parecer fue exitosa, está diseñada para evitar el estrés: mientras más tranquila esté la vaca, mayor producción de leche dará.

Una vaca con gafas de realidad virtual es algo tan cómico como trágico. También es aterrador que pueda ser una profecía de los futuros alienados que nos esperan. Después de todo, ¿qué tan distinta es nuestra experiencia? Nos sometemos a rastreadores emocionales. Nos conectamos a máquinas de biorretroalimentación. Nos suscribimos para que nos rastreen. Permitimos que los ojos de los anunciantes nos observen de manera constante y que los mapeadores almacenen nuestras coordenadas.

¿Las máquinas podrán manipularnos, al igual que a las vacas, e influir en nuestras emociones mostrando cielos siempre soleados sin que siquiera lleguemos a sospechar que estamos dentro de la matriz? ¿Se podrá engañar a los rechazados, desempleados y despedidos para que crean que el mundo es hermoso, una tierra de leche y miel, mientras tienen interacciones mínimas en casas hogar austeras? Tal vez pronto andemos por los nuevos pastizales de la dictadura digital, retozando pese a estar amarrados.

La noción de naturaleza como algo externo, benevolente y reconfortante podría ser parte del problema. En “Teoría estética”, Theodor Adorno, el gran filósofo y crítico cultural alemán de mediados del siglo XX, observa cómo la naturaleza que ha evadido el cuidado humano —las morrenas alpinas o los paisajes lunares— tiene formas antinaturales parecidas a las montañas de desperdicios industriales y simplemente es igual de aterradora.

Para Adorno, la naturaleza idílica, prístina y hermosa está más relacionada con la moralidad sexual opresiva que con lo que es o puede ser la naturaleza. En contra de la insistencia en que la tecnología no debería violar a la naturaleza, Adorno arguye que tal vez la tecnología podría permitir que la naturaleza obtuviera “lo que quiere” en este triste planeta. Y nosotros estamos incluidos en ese “lo”.

La verdad es que la naturaleza no solo es un tema externo en el que trabajamos, sino que también está dentro de nosotros. También somos naturaleza. “Me brotan las lágrimas”, escribió el poeta romántico alemán Johann Wolfgang von Goethe. “Tierra, regreso a ti”. Adorno tomó nuestras sensaciones de asombro extremo cuando nos enfrentamos a la magnitud de la naturaleza indómita como una señal de conciencia de nuestra esencia natural. Ya sea que lo encontremos en el mundo o en el arte, lo sublime nos lleva a las lágrimas, al estremecimiento y a un sentimiento sobrecogedor. Nuestro ego recuerda sus afinidades con el reino natural. Cuando colapsamos y lloramos a lágrima viva, con los ojos bien abiertos y húmedos, somos a la vez nuestra versión más humana y más natural.

Para ser alguien asociado con lo abstruso de la música vanguardista y la teoría crítica, Adorno era sorprendentemente sentimental cuando se trataba de los animales, con los cuales sentía una poderosa afinidad. En ellos encontraba algo digno del nombre Utopía. Se imagina una existencia humana apropiada, sin hacer nada, como las bestias que solo descansan, observan las nubes, no piensan y rumian plácidamente.

Adorno señala que soñar con la producción ilimitada de bienes, con actividad intensa en la sociedad ideal, como lo hacen muchos utópicos, refleja una mentalidad obsesionada con la producción como un fin. Separarnos de nuestra forma histórica adaptada únicamente a la producción, trabajar en contra del trabajo y no hacer nada en una sociedad verdadera en la que nos aferremos a la naturaleza y nos aceptemos como seres naturales podría llevarnos a la libertad.

Rechazar la noción de la naturaleza como algo que nos protegería y nos daría consuelo nos revelaría que de manera inextricable estamos dentro de la naturaleza y hechos de ella. A partir de ahí, podríamos comenzar a salvarnos… junto con todo lo demás.

Los pastizales de la dictadura digital —condiciones de aglomeración, vigilancia masiva, realidad virtual— ya están aquí.

Fuente: infobae.com

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