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Hillary Clinton pide juicio político contra Trump

Hillary Clinton

El ataque del miércoles al Capitolio fue el resultado, trágicamente predecible, del resentimiento supremacista blanco fogoneado por el presidente Trump. Pero su salida de la presidencia, ya sea inmediata o el 20 de enero, no resolverá por sí sola los problemas más profundos que expuso este episodio. Lo ocurrido es causa de dolor e indignación. No debería ser motivo de sorpresa. Eso que con demasiada frecuencia dejamos pasar como despotriques de una figura lamentable pero temporaria de la vida pública norteamericana son en realidad parte de un problema mucho mayor. Y ese es el desafío que todos enfrentamos actualmente.

En estos últimos días, he reflexionado mucho sobre mi experiencia como senadora de Nueva York cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre de 2001, y luego, con el Informe de la Comisión sobre el 9-11. Los autores del informe analizaron las fallas que dejaron abierta la puerta al devastador ataque terrorista. “La falla más importante fue de imaginación. Los líderes no entendieron la gravedad de la amenaza”.

Casi 20 años después, la falla es nuevamente de imaginación: no logramos entender el daño que pueden hacerle al país un presidente que incita a la violencia, los líderes parlamentarios que echan leña al fuego y las redes sociales que siembran teorías conspirativas. A menos que enfrentemos esas amenazas, corremos el riesgo de que los incidentes de la semana pasada sean solo un preámbulo de tragedias mayores.

Trump compitió por la presidencia con una visión de Estados Unidos donde lo blanco es valorado a expensas de cualquier otra cosa. Ya desde la Casa Blanca, les ofreció a los supremacistas blancos, a los miembros de la ultraderecha y a los conspiracionistas la plataforma más poderosa que existe, y llegó a asegurar que había “excelentes personas” en esas milicias con antorchas que marcharon en Charlottesville en 2017.

Para el momento en que perdió la elección, Trump ya había logrado excitar hasta el paroxismo a ciertos elementos muy peligrosos que existen en nuestro país. Fue entonces cuando sus seguidores empezaron a planear la insurrección y la marcha sobre el Capitolio bajo el lema “detengan el robo”. Varios miembros del Congreso los alentaron, incluidos los senadores republicanos Josh Hawley, Ted Cruz y el representante Mo Brooks, quien dijo textualmente que ya era hora de “voltear a varios y cagarlos a patadas”.

¿Cómo avanzamos, entonces, como país? ¿Qué nos dice de nosotros mismos que los cómplices sean tantos y que quienes dieron la voz de alarma hayan sido tildados de histéricos? La explicación más benévola es que es difícil apreciar el peligro que representa algo que parece una ridícula teoría conspirativa hasta que uno la ha vivido en primera persona. Y esa es una lección que yo aprendí en carne propia. Tuve mi cuota de desagradables experiencias con gente convencida de que era la encarnación del demonio: de todo, desde querer quemarme en la hoguera por defender la reforma de salud hasta asegurar que dirigía una red de pedofilia o enviarme un paquete con explosivos, como hizo un furibundo miembro del culto a Trump.

Las ideas fanáticas pueden terminar en daños concretos, y hasta letales. Es algo que entendió la gente de Michigan el año pasado, cuando miembros de milicias complotaron para secuestrar a su gobernadora. Es algo que la gente de Nashville pudo presenciar cuando los conspiracionistas hicieron volar una cuadra entera de su ciudad. Y después de lo del miércoles, es algo que han vivido todos los norteamericanos.

Pero no alcanza con investigar y enjuiciar a los terroristas domésticos que asaltaron el Capitolio. Cada uno de nosotros, además, tiene que hacer su propio examen de conciencia.

En Caste, su nuevo libro, Isabel Wilkerson cita una pregunta del historiador Taylor Branch: “Si a la gente le dieran a elegir entre democracia y poder blanco, ¿cuántos elegirían el poder blanco?”. Lo del miércoles nos recordó una fea verdad: que algunos estadounidenses elegirían el poder blanco.

Resulta aleccionador que muchas personas no se hayan sorprendido por lo ocurrido la semana pasada, sobre todo personas de color, para quienes una turba violenta haciendo flamear banderas confederadas y colgando sogas de un poste es un espectáculo familiar en la historia de Estados Unidos. Basta recordar lo que vimos en junio pasado, cuando los manifestantes del movimiento Black Lives Matter que marchaban pacíficamente por Lafayette Square se toparon con fuerzas federales y gases lacrimógenos. Si el primer paso hacia la reconciliación y la unidad es la honestidad, entonces todo empieza por reconocer que esto es parte de quienes somos.

Destituir a Trump de su cargo es esencial y creo que debería ser sometido a juicio político. Los miembros del Congreso que se sumaron a la intentona para subvertir nuestra democracia deberían renunciar y los que conspiraron con el terrorismo interno deberían ser expulsados de inmediato. Pero eso por sí solo no terminará con el extremismo y el supremacismo blancos. Hay cambios que las autoridades electas deben realizar de inmediato, como impulsar nuevas leyes penales contra los supremacistas y el rastreo de las actividades de extremistas como los que violaron el Capitolio. Twitter y otras empresas tendrán que ir más allá para frenar la propagación de discursos de odio y teorías conspirativas.

El gobierno de Biden deberá abordar esta crisis en toda su amplitud y complejidad, lo que incluye hacer responsables a las plataformas tecnológicas, enjuiciar a los que infringieron nuestras leyes y difundir más información de inteligencia y análisis sobre el terrorismo doméstico.

A pesar del horror del que fuimos testigos, en las semanas y los meses próximos el ciclo de la noticia seguirá adelante y pasará a otra cosa. Nosotros no podemos permitírnoslo. Nos lo debemos. Tenemos la fuerza, la capacidad y, sí, también la imaginación para enfrentar lo que sucedió y asegurarnos de que nada parecido vuelva a suceder. Ese es el verdadero patriotismo.

The Washington Post

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