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“Primer tiempo”. Macri cuenta cómo se gestó el acuerdo con el FMI

El acuerdo que se negoció en poco tiempo y por mucha plata con el Fondo Monetario Internacional es una parte central del capítulo IX de Primer Tiempo, el libro en el que el ex presidente Mauricio Macri cuenta su experiencia de cuatro años de Gobierno.

Macri hace en ese capítulo un repaso de la herencia recibida el 10 de diciembre de 2015, el impacto inicial de la liberación del tipo de cambio y la eliminación del cepo, reconoce el error de la falta de coordinación entre la política fiscal y monetaria, las exigentes metas de inflación de aquellos años y los acontencimientos que se fueron desarrollando desde fines de 2017. Puntualmente, la famosa conferencia del 28-D, en el que se modificaron las metas de inflación.

En el fatídico 2018 los cambios de las condiciones financieras internacionales llevaron al cierre de los mercados para la Argentina, apenas días después de colocar deuda por 9000 millones de dólares. Y en marzo, el inicio de la corrida contra el peso. El desarrollo de la crisis cambiaria que derivó en el acuerdo con el FMI -que incluyó frenéticas negociaciones, discusiones muy agrias y una convulsión dentro de la alianza gobernante- es contado así por Macri:

“Mucho se ha dicho acerca de esa conferencia de prensa, tanto sobre lo que indicaba sobre las relaciones internas del gobierno como sobre su efecto en la economía y en la crisis posterior. Mi sensación es que en ambas cuestiones se ha exagerado su importancia. Si bien por un lado es cierto que había diferencias de criterio entre el equipo económico y Federico (Sturzenegger) sobre la política monetaria, también es cierto que el propio Federico pidió participar de la conferencia. El que sin dudas no quería participar y después se vio obligado a hacerlo fue Marcos (Peña), a quien luego le endilgaron la idea y las consecuencias de aquel día, a pesar de que tuvo una participación muy reducida”.

“Sobre la cuestión de si el 28-D fue un golpe de gracia a la credibilidad de nuestra política monetaria, como han dicho algunos, también creo que no es así. El mejor ejemplo de esto es que, apenas semanas después de la conferencia, Toto Caputo fue a Estados Unidos a pedir prestados 9.000 millones de dólares y los fondos le ofrecieron más de 30.000 millones de dólares. No parecían demasiado preocupados por las consecuencias del 28-D” “Lo que sí empezó a ocurrir, y que explica la decisión de Toto de buscar en enero el financiamiento para buena parte del déficit del año, es que se enrareció el clima financiero internacional. Empezaron los rumores sobre un aumento de la tasa de referencia en Estados Unidos, algo que es siempre es negativo para los mercados emergentes. Y los crecientes choques comerciales entre Estados Unidos y China generaban una incertidumbre también perjudicial para países como el nuestro.”

“Con el tiempo todos esos rumores se confirmaron: la Reserva Federal subió la tasa de una manera mucho más abrupta de lo previsto y la plata de los inversores que estaba dando vueltas por los emergentes se refugió en Estados Unidos, esperando tiempos mejores. A esto se sumó la peor sequía en medio siglo, que le quitó al país 8.000 millones de dólares en divisas”.

“Con este panorama, y las turbulencias políticas recientes —las piedras en el Congreso y la ley por tarifas, que confirmó la unidad entre kirchnerismo y massismo, el dólar empezó a inquietarse. En enero se había ido de 17 a 20 pesos, pero eso estaba bien, era el efecto que queríamos del 28-D. Cuando subió a fines de abril, en cambio, gatillado por la entrada en vigor del impuesto a la renta financiera, pero impulsado por dudas más profundas sobre nuestro camino de estabilización, comenzó la peor parte de mi gobierno y algunos de los peores meses de mi vida

“Transcribo algunas de las sensaciones que grabé en aquellos días de fines de abril y principios de mayo: «Terminan 15 días tremendos. Esta semana, cuando se venían calmando las tarifas, arrancó el dólar. Tuvimos que vender 1000 millones por día, empezaron a desarmar posiciones de Lebacs los de afuera, pero finalmente los logramos calmar. Igual las balas vienen por todos lados, hay que mantener la calma».

“Unos días después: «El mercado, incontrolable. Nadie vende dólares. Nosotros tampoco. Se fue de 21 y medio a 23 y 24 ayer, a 27 hoy. Pero mañana salimos a la cancha a vender todo». La noche siguiente: «El mercado hoy cerró bien pero los bonos cayeron. Toto está preocupado, dice que mañana va a ser un día bravo. Estamos en la cornisa, dependemos mucho del crédito internacional y todos los que nos rodean están locos». Ese fin de semana: «Me preocupa mucho que, si al dólar no lo paramos, la pobreza va a rebotar muy feo». Unas semanas antes habíamos anunciado el índice de pobreza más bajo en 25 años. Sí, aunque hoy suene increíble: la pobreza más baja en 25 años”.

“Un día a fines de abril o principios de mayo me llamó Toto y me dijo: «Se está complicando, no creo que podamos conseguir más plata». Ya me venía advirtiendo sobre esta posibilidad, basado en el deterioro del crédito para mercados emergentes —que en 2018 emitieron sólo 7000 millones de dólares de deuda, contra 108 000 millones en 2017— y en que los inversores ya habían comprado mucha deuda nuestra.”

“Lo llamé entonces a Nicolás Dujovne, que ya había tanteado al FMI en caso de que las cosas se complicaran y le pregunté si creía que debíamos llamarlos para buscar apoyo. Me dijo que sí. «¿Cuándo?», le pregunté. «Cuando vos digas», me contestó. «Ya —le dije—. Para qué esperar, si esto no va a cambiar». Ese mismo día grabé un mensaje seco, informativo, en el que anunciaba la decisión de ir a buscar un acuerdo con el FMI. Si pudiera volver atrás, grabaría ese mensaje otra vez, tratando de explicarles mejor a los argentinos las razones de por qué lo hacíamos y de calmar las ansiedades lógicas que genera en nuestro país un posible acuerdo con el Fondo. «Un día tremendo —grabé esa noche—. Tomé la decisión de llamar al Fondo y viaja esta noche Nico para llegar a un acuerdo lo antes posible, porque se nos cortó el crédito. Se rompió el hilo de confianza del que me pasé dos años hablando al pedo, porque nadie escucha».

“A principios de junio anunciamos el programa con el Fondo, que incluía un préstamo de 50 000 millones de dólares. Sin embargo, su éxito fue efímero y enseguida se vio que el acuerdo tenía muchos problemas. Uno de los principales era que ataba de manos al Banco Central para comprar y vender dólares. El FMI, con cierta razón, no quería que usáramos su plata para contener el dólar, pero no entendía que en la Argentina el dólar es el termómetro de la confianza pública y que a veces con intervenciones modestas se lo podía tener bajo control”.

“La situación se complicaba aún más porque el origen del préstamo había sido político (pedido por varios de los principales líderes del mundo), algo que no le cayó simpático al staff técnico del Fondo, quienes son finalmente los que escriben la letra chica de los acuerdos.”

“En el Gabinete había opiniones diversas sobre el impacto que tendría el acuerdo en el mercado de cambios. Federico era de los que pensaban que esos 50 000 millones de dólares eran suficientes para restablecer la confianza perdida. Toto Caputo, en cambio, creía que las nuevas reglas para no intervenir sólo nos iban a dar unos pocos días de paz. Así lo dijo, en su estilo apasionado y directo, en una tensa reunión que tuvimos en Olivos en la que también participó Dujovne. «En dos o tres días te van a ir a buscar otra vez, Fede, saben que no tenés armas para contrarrestarlo», dijo Toto. Fue lo que pasó. Dos días después el dólar saltó de 26 pesos a 28 y Federico, abollado y sin credibilidad, tuvo que renunciar. Le pedí a Caputo que asumiera en el Banco Central, porque sentía que era el momento, no de un experto en el funcionamiento de los bancos centrales, sino de alguien que hablara el mismo idioma del mercado y pudiera pelearle en su misma cancha. Esto nos permitió dos meses de tranquilidad en el dólar, que a su vez favorece una baja en la inflación y una incipiente recuperación de la economía. Fue una paz corta, pero que le mostraba al FMI que nuestra tarea principal debía ser estabilizar el tipo de cambio y que con eso estabilizado las demás variables se irían acomodando”.

“En agosto salió a la luz el escándalo de los cuadernos de la corrupción, que denunciaba con pruebas nunca vistas antes los circuitos de recolección del kirchnerismo. La investigación pronto involucró a decenas de empresarios, algunos de los cuales fueron detenidos por el juez Bonadio. Estas revelaciones generaron festejos políticos en muchos de nuestros votantes, pero nos volvieron a meter en un huracán financiero, porque los inversores temieron que el escándalo fuera el inicio de una especie de Lava Jato argentino. En Brasil, los jueces habían condenado por corrupción a decenas de políticos y empresarios y provocado una recesión larga y profunda, además de una crisis política. Como nuestro programa —razonaron los inversores— sólo cerraba con crecimiento, un Lava Jato local destruiría nuestra economía y nos pondría al borde del default. Inevitablemente cayeron los bonos y volvió a subir el dólar”.

“A fines de agosto esta situación tomó estado crítico. La ansiedad del mercado era cada vez mayor y, además, había quedado claro que necesitábamos un nuevo acuerdo con el FMI. Un miércoles por la tarde me junté con Toto, que estaba preocupado por lo que podría pasar al día siguiente. Me dijo que debíamos enviar una señal contundente antes de que abrieran los mercados, para frenar una corrida que él veía inevitable. Esa señal era anunciar que ya teníamos avanzado un nuevo acuerdo con el FMI, lo que era parcialmente cierto, porque ya había habido algunas conversaciones. Toto tenía el apoyo de Mario Quintana, que compartía su urgencia. Marcos y Dujovne, en cambio, preferían mantener la calma y cuidar la relación con el FMI.”

“Finalmente decidí grabar un mensaje corto, de menos de tres minutos, que publiqué temprano en la mañana del jueves y que enseguida fue calificado como un error, porque no consiguió los efectos buscados. Por un lado, no logró evitar el salto del dólar (en un solo día pasó de 34 pesos a 39) y, por otro, no hubo comunicado del FMI de respaldo a mi mensaje. Admito que fue un error y que incumplió sus objetivos del día, pero sí cumplió otro: despertó al FMI de su siesta y les hizo ver que necesitábamos un nuevo acuerdo lo antes posible”.

“Hasta ese momento el FMI venía reaccionando con displicencia a las subas del dólar. Respondían con argumentos económicos clásicos a problemas con ingredientes políticos. Por ejemplo, cuando el dólar pasó de 20 pesos a 26 o 27, tuvimos una conversación con Lagarde en la que quisimos explicarle las particula- ridades de nuestro caso y ella respondió (cito de memoria, quizás no textualmente): «El dólar tiene que encontrar su equilibrio natural, no me preocupa». Lo que no lograba hacerle ver era que habían desaparecido los vendedores de dólares, sólo había vendedores de pesos y que había días en los que apenas con chirolas nos movían el dólar un peso o dos para arriba. Eso no era un mercado normal, y la incapacidad del Banco Central para vender dólares nos dejaba impotentes y generaba nerviosismo en el mercado y en la sociedad en general.

Esa noche me dejé este mensaje: «Dos días tremendos. Si pensaba que había pasado lo peor, me equivoqué. Nos comimos 20% y llegamos a estar con un 30% de devaluación en un día. Tanto que el Fondo se asustó y pidió que interviniésemos para parar la devaluación». Al final de ese día y el siguiente logramos una cierta calma, pero sabía que los efectos de un día así se sienten a lo largo de varias semanas o meses: estas devaluaciones, sobre todo en momentos de crisis, sí o sí hacen subir la inflación, que a su vez perjudica a los salarios y aumenta la pobreza. La inexorabilidad de ese proceso, que ya habíamos sufrido más de una vez, me llenaba de tristeza y frustración”.

“Los días siguientes fueron peores, quizás los peores de todo mi mandato. No tanto ya por los sacudones financieros sino, esta vez, por los sacudones políticos. Aliados nuestros, de Cambiemos pero también dentro del PRO, me pidieron, durante un fin de semana frenético de reuniones en Olivos, cambios drásticos en la composición del Gabinete. Su objetivo principal era desarmar la estructura de coordinación de Jefatura de Gabinete (lo que finalmente lograron, aunque pude mantener a Marcos) y cambiar al ministro de Hacienda. “

“El nombre de consenso entre los críticos era Carlos Melconian, a quien conozco desde hace muchos años, y siempre valoré sus conocimientos y su estilo. Si no había sido ministro antes era porque, en su momento, en la Fundación Pensar había sido anárquico y poco orgánico, coherente con su personalidad. De todas maneras acepté recibirlo y tuvimos una larga charla la mañana de aquel sábado. Le ofrecí el ministerio y me contestó que necesitaba un mes para armar un plan y un equipo. «Carlos, tu respuesta me parece muy respetable y muy seria —le contesté—. Pero no se adapta a las urgencias que estamos viviendo». Decidí continuar con Nico Dujovne, que sabía qué había que hacer y tenía el respeto del FMI, con quienes debíamos empezar a negociar ya un nuevo acuerdo. Por supuesto, Nico se enteró de estas negociaciones y, al sentirse manoseado, quiso renunciar. Tuve que hacer un gran esfuerzo para convencerlo de que siguiera. «Estamos en un momento patriótico —le dije—. Te pido que dejes el amor propio de lado. Las gestiones con Melconian las tuve que hacer porque me las pidió toda la interna. Por favor, seguí». Horas después recibí un mensaje de Lagarde en el que me decía que, aunque no era su tarea meterse en las elecciones de ministros de los gobiernos, un nuevo interlocutor- tor en Hacienda sin dudas demoraría «varias semanas» el proceso del nuevo acuerdo”.

“Gobernar en coalición y en minoría, con semejante asedio de la oposición, no es fácil. Entiendo los miedos y las buenas intenciones tanto del PRO como de la UCR para demandar cambios en el esquema de gobierno. No la incluyo a Carrió, que no estaba de acuerdo con estos pedidos y creía que no era un momento para hacer cambios. Pero todo lo que sucedió ese fin de semana fue un error. Hubo momentos en los que parecía que íbamos a cambiar a medio Gabinete y momentos en los que parecía que no íbamos a cambiar nada. Finalmente accedí a dos pedidos históricos de nuestros aliados y del círculo rojo: las salidas de Mario Quintana y Gustavo Lopetegui (a Gustavo logré retenerlo como asesor) y la reducción a menos de la mitad en la cantidad de ministerios, una decisión que también dejó heridos. Lo hice por un único motivo, por encima de cualquier otra consideración: la unidad de Cambiemos. Hoy siento que ese fin de semana sirvió, a pesar de todo, para blindar la unidad de la única fuerza alternativa al populismo que supimos construir. Ni antes ni ahora seré yo quien la debilite. Nos costó mucho esfuerzo su construcción y ninguna vanidad individual tiene derecho a romper la esperanza de millones de argentinos.”

“Al día siguiente me grabé este mensaje: «Espero no volverme loco. Hoy a la mañana hice un discurso poniéndole todo el corazón, creo que salió bien. Pero estamos en una dinámica en la que parece que nada alcanza».” “ A partir de ahí, contra todo pronóstico, las cosas empezaron a mejorar. De a poco se estabilizaron los mercados,se ordenó la política y atravesamos razonablemente en paz los meses de inflación más alta. Se fue Toto Caputo del Banco Central, agotado después de años muy intensos y una relación completamente rota con David Lipton, el número dos del FMI. Y designé en su lugar a Guido Sandleris, que firmó el nuevo acuerdo con el Fondo, lanzó una nueva política monetaria basada ya no en metas de inflación sino en el control de la cantidad de dinero (agregados monetarios) y, aunque no consiguió que el FMI lo dejara operar en el mercado, sí logró un sistema de bandas en el que, si el dólar subía o bajaba de un límite, entonces ahí podíamos intervenir”.

“Mis sensaciones a principios de noviembre eran de desahogo, pero también de agotamiento. «Buscando energías para construir y seguir —anoté el lunes 5—. Hay un ambiente de cansancio muy grande. Lo veo entre los ministros. Pasamos de esa tormenta que pareció que explotábamos por el aire a controlar la macroeconomía, controlar el dólar, las necesidades de financiamiento. Y cuando pasó eso sentimos mucho alivio pero ahora estamos asumiendo el desgaste de esos meses. A mí me pasa lo mismo».

“Recordando esta etapa de relativa tranquilidad, pienso que nuestros problemas posteriores no vinieron de la crisis inicial, que llevó el dólar de 20 a 30 pesos, sino por este segundo salto, en agosto, que llevó el dólar de 30 a 40 pesos. La primera fase de la crisis fue el precio que pagamos por la fragilidad de nuestro modelo, combinada con el cambio de humor internacional y el impacto de la sequía. Pero la segunda fase no estaba predestinada. Más allá del pánico creado por los cuadernos y del pésimo primer acuerdo con el Fondo, la causa principal por la cual no pudimos controlar el dólar en aquellas semanas, creo ahora, fue la negativa tajante del FMI, y sobre todo de David Lipton, a reconocer el problema que teníamos y dejarle al Banco Central operar con más libertad.” “Sin esta segunda fase de la crisis, probablemente habríamos alcanzado antes el equilibrio cambiario, habría bajado antes la inflación y antes se habría recuperado la actividad económica, quizás a tiempo para que los argentinos notaran los beneficios antes de las PASO. Después del primer salto grande del dólar todavía era posible reajustar el plan económico y volver a crecer. Después del segundo, los daños ya fueron más difíciles de revertir”.

“El final de 2018 fue un relativo bálsamo después de los meses terribles anteriores, sobre todo por el éxito de la Cumbre del G-20, que me permitió volver a conectarme con el grupo de dirigentes (los extranjeros) que más reconocía mis esfuerzos y el camino emprendido. Esto ayudó a recuperar algo los números de aprobación de mi gestión y me permitió llegar a fin de año habiendo cumplido los cuatro objetivos que me había puesto después de aquel fin de semana de locos en Olivos. Los cuatro objetivos habían sido: aprobar el presupuesto de 2019, firmar el segundo acuerdo con el Fondo, controlar el dólar y mantener la paz social. Ninguno de los cuatro había estado garantizado en septiembre”.

Una historia de Semana Santa.  El miércoles 17 de abril, Miércoles Santo, anunciamos un paquete de medidas destinado a la clase media, que estaba enojada conmigo. El paquete incluía medidas como el congelamiento de los precios de 60 productos, el anuncio de que no habría más aumentos de tarifas por el resto del año y una serie de nuevos beneficios para pymes, entre otras. Presenté las medidas en la casa de una familia en Caballito, en un video que se publicó en las redes sociales, pero yo ya sabía que la medida más importante, la que más estábamos esperando, había quedado afuera del paquete. Esa medida era la autorización del Fondo para que Guido Sandleris pudiera finalmente operar en el mercado de cambios, que otra vez se había puesto inquieto. Hubo negociaciones muy avanzadas, que habían empezado en febrero, cuando Dujovne les advirtió a Lagarde y Lipton que, con el inicio de la temporada electoral, era probable que hubiera más presión sobre el dólar. En un momento pareció que Lipton aceptaba y ahí la que se echó atrás fue Lagarde, quizás porque estaba en pleno proceso de designación al frente del Banco Central Europeo. Hubo un último intento que fracasó el martes santo a la noche, después de una discusión muy fuerte que tuvieron Guido y Nico con ellos por teléfono. Por eso sentía esa mañana que al paquete le faltaba una pata fundamental y por eso sería doble mi frustración cuando pasó lo que pasó en Semana Santa.

Lo que pasó fue la filtración, el Viernes Santo, de una encuesta de Isonomía en la que se veía a Cristina 7 puntos por encima mío en un hipotético escenario de balotaje. La filtración generó un sismo político durante el fin de semana largo que se reflejó en los mercados a partir del lunes, especialmente en el precio de los bonos (y, por lo tanto, en el riesgo país)” «Una locura el día de hoy», grabé ese jueves. «En la primera media hora el dólar había subido un 5%. Esa encuesta de Isonomía enloqueció a los mercados. El miedo a CFK es total. El pánico del círculo rojo es total». Ese fin de semana, finalmente, Lipton cedió. El sábado lo llamó Sandleris y le dijo que el mercado había cerrado muy mal, que la cosa estaba muy complicada, que si no hacíamos nada el dólar se iba a ir a 55 o 60 y que él iba a tener que renunciar. «Te estoy llamando para avisarte que,si no hacemos algo, el próximo llamado te lo va a hacer otro presidente del Banco Central», le dijo. Eso pareció conmover a Lipton, que se puso a negociar. Las discusiones de Sandleris con Lipton y los equipos técnicos del Fondo acerca de los cambios a implementar duraron todo el fin de semana”.

“A las 2 de la madrugada del lunes, Alejandro Werner, director del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo, le informó a Guido que no habían conseguido las aprobaciones internas necesarias. Acordaron un nuevo llamado con Werner para las 7 de la mañana. Faltaban horas para que abriera el mercado y no había aún un acuerdo para evitar la nueva corrida. A las 7 puntualmente iniciaron el llamado. El Fondo ofrecía una alternativa distinta a la que había solicitado la Argentina. Sandleris la rechazó: «Lo que están proponiendo no va a funcionar, tenemos que llevar tranquilidad y eso no lo va a lograr», les dijo. Después de un nuevo llamado, y a poco más de una hora de la apertura, el Fondo aceptó lo que proponía Guido y se acordó la redacción de un comunicado bastante ambiguo, que daba a entender que el Banco Central tenía la autorización del FMI para vender dólares.”

“El comunicado se publicó antes de la apertura y fue como magia: el mercado creyó que Sandleris tenía un bazooka, aunque no supiera de qué tamaño o con cuánta potencia, y con eso bastó para que dejaran de poner a prueba al Banco Central todos los días. En los tres meses y medio desde ese lunes hasta el catastró- fico lunes 12 de agosto, el dólar estuvo estable y el Banco Central no tuvo que vender un solo dólar para mantenerlo tranquilo. Con el comunicado alcanzaba. Exactamente lo que le veníamos diciendo al FMI desde hacía meses: en la Argentina, para manejar el tipo de cambio no alcanza con la política monetaria. El mercado también tiene que temer una intervención del Banco Central. De todas maneras, la corrida de Semana Santa no fue gratis. Ninguna lo es, pero ese último salto en el dólar volvió a meternos en otro rulo de inflación y recesión, del que recién empezábamos a salir cuando llegaron las PASO”./ clarin.com

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