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Ventilar los ambientes disminuye el contagio de Covid

Aunque con -demasiada- frecuencia no se les lleva el apunte, a pesar de ser
medidas muy sencillas, la población tiene claro los por qué del barbijo, de la distancia y de la higiene de manos. Pero a nes de marzo se lanzó en nuestro país una nueva campaña: la consigna es “Ventilar siempre, todo lo que sea posible, de manera continua”. ¿Qué pasó?
Retrocedamos 18 meses… Como nunca antes, la ciencia trabajó desde nes de 2019 contrarreloj para desentrañar los intríngulis del SARS-Cov-2. Hubo que suponer, equivocarse, derrumbar paradigmas, aceptar limitaciones… Se avanzó mucho, pero también hubo que dar volantazos; uno de ellos, respecto de cómo se transmite el virus. Y en este punto el dióxido de carbono (CO2) se transformó en nuevo protagonista de esta pandemia.
Cuando hablamos (y tosemos o estornudamos) expelemos gotas de saliva que a simple vista parecen pequeñas, pero son pesadas. Fueron esas las primeras responsables reconocidas de los contagios. El motivo es que a diferencia de otros coronavirus, el SARS-Cov-2 “es gordo y muy pesado, con un ribonucleico muy largo” explicaba (con razón) en julio del año pasado el inmunólogo tucumano Alfredo Miroli.
Sin embargo, no hace mucho (lamentablemente), después de meses de
investigación y debate, se logró el consenso de que el SARS-Cov-2 se moviliza también en lo que se conoce como aerosoles. Pero para ellos antes hubo que sacudir un paradigma médico de 60 años, según el cual el ARN viral hallado en microgotas no era viable para contagiar en la mayoría de los casos. A lo largo de 2020 más y más investigaciones fueron mostrando que el causante de la pandemia es viable como aerosol por hasta tres horas. De ahí la insistencia en nuestra “nueva” herramienta para cuidar y cuidarnos: abrir las ventanas. ¿Por qué? Y podemos seguir: ¿cuánto? ¿Cada cuánto tiempo?
Vamos por partes… Cuando exhalamos (tanto por la boca como por la nariz, por eso el barbijo bien colocado es fundamental) emitimos gotitas muy pequeñas que se mezclan con el aire que nos rodea y forman un aerosol, que puede flotar en el aire.
“Cuanto más fuerte la actividad respiratoria (desde sólo respirar hasta gritar o cantar) las emisiones de aerosoles serán mayores. Si una persona está infectada, sus aerosoles van a contener partículas virales”, explicó Sandra Cordo, investigadora del Conicet a la Agencia CTyS-UNLaM. “Por eso la ventilación es clave: es lo único que puede hacer que las partículas con virus se diluyan con el aire limpio que viene de afuera”, añadió la experta que trabaja en el Instituto de Química Biológica, de la UBA.
“Ventilar es fácil desde el punto de vista técnico pero, tal vez, sea difícil que la gente se acostumbren a hacerlo”, reconoció. Es clave mentalizarnos: “ventilar y abrigarse un poco más es preferible antes que enfermarse. Con muy poquito, se puede bajar mucho el riesgo”.
“Lo que se busca es ventilación continua, cruzada y distribuida”, explicó, por su parte, Jorge Aliaga, doctor en Física e investigador del Conicet en el Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. “Continua implica que es mejor tener siempre una ventana abierta que abrirla cada media hora. En ese ínterin, se juntó aire respirado”, alertó y agregó que lo ideal es que las aberturas sean al menos dos, y enfrentadas. “Eso mejorará la circulación del aire -señaló-; y si además están distribuidas (o sea, hay varias aberturas), lo ideal es abrir todas, al menos un poco, así ningún lugar del ambiente quede con aire respirado acumulado”.
Destacó además que no hace falta abrir todo de par en par. “Estudios en España, en contextos de bajas temperaturas y hasta de nieve, muestran que unos cinco centímetros alcanzan para mantener la habitación aireada, sin necesidad de tomar mucho frío”, sostuvo.
La presencia de virus en el aire no se puede medir fácilmente, pero la del dióxido de carbono, sí, y es aquí donde se vuelve protagonista. “Cuanto más CO2 hay en un ambiente, más personas respiraron ese aire. Los medidores no indican si hay infectados o no; pero si los hubiera, implica mayor posibilidad de contagios, por la frecuencia y la cantidad de veces que respiramos ese aire”, explicó Cordo.
Pero no es simple. Como pasa con las vacunas (y las jeringas y los frascos), pasó con barbijos y respiradores: faltan insumos para fabricarlos, le dijo el ingeniero Gustavo Jiménez, técnico del Conicet en el Instituto de Física del NOA, y emprendedor. “Tengo una protoempresa de base tecnológica, y de hecho el primer año de la pandemia trabajé muchísimo produciendo insumos críticos: termómetros, mascarillas, elementos para respiradores…”, admitió.
Reconocido seguidor entusiasta de Aliaga, y a partir de las pautas con las que el físico bonaerense diseñó el prototipo que luego transfirió a la Universidad Nacional de Hurlingham (donde también trabaja), el tucumano logró construir su propio medidor de CO2. Y decimos “logró”, no porque ignorara cómo hacerlo (“estoy entrenado en construir dispositivos electrónicos”, armó), sino porque los sensores,
que brindan la información básica, comenzaron a subir aceleradamente sus precios apenas empezó 2020, y poco después fueron casi imposibles de obtener.
Pero además, no sirve cualquier sensor: “algunos detectan CO2 pero también otras partículas, como alcohol. Y sería una cuestión muy contraproducente: la gente usa mucho alcohol en estos tiempos, y la alarma no daría la información necesaria”.
“Conseguí comprar un sensor y armé el dispositivo; no se pudo escalar después, pero me permitió constar lo trascendente de ventilar”, remarcó.
Se venden, pero dado el precio (las ofertas on line promedian los $20.000) es posible que para usar en casa, quizás no. En cambio, resultan buena idea para espacios donde se junta gente desconocida y hay pocas posibilidades de ventilación (en especial, cruzada y distribuida), como supermercados, oficinas y otros espacios laborales, aulas, etcétera.
“La concentración de CO2 en la atmósfera es de 400 partículas por millón; en espacios interiores se recomienda que no supere las 700-800, y el límite máximo es de 1.000 partículas por millón -explicó Jiménez-. En ese nivel, la alarma salta”. Y a conciencia de que poca gente puede tener un sensor en casa, compartió su experiencia: “la alarma salta en el living (25 m²) a los 15 minutos si estamos mi esposa, mis dos hijos y yo, y las ventanas cerradas. Pero abrimos una y en pocos minutos se limpia”. “Y en el auto es más drástico: cinco minutos bastan para que salte la alarma. Abrir ventanas debería ponerse en práctica, por ejemplo, en todo el transporte público”, detalló.
Su sueño, y no lo siente imposible, es construir él un sensor… Pero esa ya es otra historia.
Split: no es alternativa. No renuevan el aire, pero pueden ayudar a calentar los ambientes ventilados “El riesgo cero no existe, en todo caso lo que se busca es minimizar ese riesgo”, destacó el físico Jorge Aliaga y la clave para reducir el peligro de contagio mediante la ventilación es lograr que el “aire ya respirado” (como lo describe) se diluya. “Los split toman el aire del ambiente, lo enfrían o calientan y lo vuelven a tirar al lugar, por
lo que no son para nada recomendables en este contexto, porque no eliminan ni diluyen el aire, y con ello retienen en el ambiente cualquier partícula infecciosa que haya”, alertó la investigadora Sandra Cordo. Sí se pueden combinar con las ventanas abiertas, y así subir la temperatura.
Si los lugares cerrados en los que estamos no son nuestra casa, el riesgo siempre está.
Los barbijos son fundamentales para evitar la transmisión de aerosoles: filtran el aire expulsado y capturan gotitas respiratorias, y así reducen el riesgo para otros; y también reducen la velocidad de la bocanada de aire que tomamos al estornudar, toser o hablar. “El barbijo siempre tiene que estar puesto y bien ajustado a la cara.
Pero incluso así es difícil que nada se escape de él. Entonces, cuando uno va a comercios o lugares cerrados y sin ventilación, la distancia social no cuenta, porque está respirando el mismo aire que otros, que tiene muchas chances de contagiar”, resaltó Sandra Cordo./Lagaceta

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