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La política en la era del déficit de atención

¿Viste el título de esta columna pero algo te distrajo antes de poder seguir leyendo? No te preocupes, no te pasa sólo a vos. En un lapso de quince años la capacidad de atención de las personas se redujo de 12 a 8 segundos. Esto se debe, en gran medida, a que la cantidad de información a la que estamos expuestos de forma continua genera que cambiemos de opinión y de foco mucho más rápido que antes. Por otra parte, de acuerdo con la psicóloga Molly Crocket, aquello que solía disuadirnos de sumarnos a una multitud enfurecida –como el tiempo para reflexionar o el sentimiento de empatía hacia la persona que está siendo humillada– se atenúa en una era en la que la indignación aumenta la popularidad de las personas en redes sociales.

Así, las crisis recurrentes que estamos viendo en diferentes países de Latinoamérica son, entre otras razones, producto de sociedades que cambian de opinión a velocidad de la luz creando condiciones más hostiles para la estabilidad de las democracias. ¿Estamos destinados a vivir entonces en un estado de crisis permanente? Leer estos párrafos, seguramente, te llevó más de los 8 segundos de atención que te puedo pedir, pero si seguís leyendo también hay evidencia de que otro camino es posible.

Mejores para descartar

El director creativo de Google, Ben Jones, rechaza la idea de que nuestra atención está limitada a 8 segundos. Asegura que, si fuera cierto, no podríamos hacer una maratón de series en Netflix, mirar durante horas capítulo tras capítulo de Gambito de Dama, ni sumergirnos en el mundo de Juego De Tronos durante casi una década. Según Jones, las películas de Hollywood en realidad no se volvieron más cortas sino que, en promedio, son ahora 10 minutos más largas que antes y, aunque los capítulos de los libros son más breves, los libros en sí son cada vez más extensos. ¿Qué es, entonces, lo que anda pasando?

Debido a la gran cantidad de información que recibimos día a día, nos volvimos mejores para descartar lo que no nos interesa; nos es más fácil identificar aquello a lo que nos oponemos que darle forma a lo que queremos. Según el World Values Surveys (2017-2020), el 53% de los ciudadanos en 10 países de América latina no se sienten cerca de las categorías de izquierda o de derecha, aunque no puedan precisar qué es lo que sí los representa.

El problema, entonces, es que –si seguimos ofreciéndole a la ciudadanía más de lo mismo– vamos a seguir recibiendo protestas o apatía por parte del electorado. En las recientes elecciones constituyentes de Chile, casi el 60% de los ciudadanos no concurrió a votar y los que lo hicieron eligieron mayoritariamente opciones distintas a los frentes que vienen gobernando al país desde hace décadas: “No estamos sintonizando con las demandas y anhelos de la ciudadanía”, reconoció el presidente Sebastián Piñera. Mientras no aparezca una opción que los represente, los votantes no polarizados van a seguir eligiendo en función de lo que rechazan y no en relación a lo que les dé esperanza para el futuro.

Dame más

Ben Jones ofrece un camino alternativo. Cuando encontramos algo que nos atrae, queremos más cantidad y profundidad. Entonces, no estamos condenados a políticas diseñadas para una atención de 8 segundos. Podemos procesar propuestas más profundas, siempre y cuando sean atractivas y relevantes.

Evitar discusiones sobre temas que a los ciudadanos les resultan irrelevantes sería el primer paso, pero eso no alcanza. Además, hay que encontrar cuál es la causa que sí los motiva y entusiasma. Y ahí es donde radica la principal dificultad. Porque resulta que este grupo que no se siente representado por los extremos es heterogéneo y, por lo tanto, es difícil construir una oferta que sea atractiva y relevante para el conjunto.

Nosotros, los analistas políticos, tenemos parte de la responsabilidad. Seguimos usando las categorías que conocemos y agrupamos todo lo que no encaja en ellas dentro de una misma bolsa a la que le ponemos una etiqueta –aunque lo que haya dentro no tenga un denominador común. Por ejemplo, los llamados ni-ni en Brasil no comparten los mismos valores y preferencias, sino que forman un grupo heterogéneo de votantes cuyo único denominador común es que no están ni con Luiz Inacio Lula da Silva ni con Jair Bolsonaro.

Un análisis del voto latino en las elecciones de 2020 en Estados Unidos, realizado por Catalist sobre el padrón electoral y modelos estadísticos, muestra que allí también se cometió el error de asumir que los latinos que habitualmente no votan mostrarían la misma tendencia electoral que aquellos que sí participan de las elecciones en forma regular. Solo era cuestión de convencerlos de que concurrieran a las urnas. Sin embargo, los nuevos votantes latinos que representaron el 22% del total de los votantes latinos en 2020, tenían intereses y prioridades diferentes que las campañas no registraron. Como resultado, en comparación a la elección de 2016, la participación de los latinos aumentó un 31%, pero la proporción de votos que le dieron al Partido Demócrata se redujo en 8 puntos.

El profesor de Harvard Marshall Granz asegura que un líder tiene que motivar a otros a que lo acompañen en función de una causa común, identificando las aristas que conectan su historia con un propósito atractivo para la sociedad y relevante para el presente. Construir esta historia es una tarea compleja que requiere una atención mucho mayor a 8 segundos. La buena noticia es que, si llegaste hasta el final de esta columna, podemos empezar a descartar el mito que asegura que nuestra capacidad de atención es menor a la de un pez de colores.

Por: Ana Iparraguirre/Lanacion

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