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Educación: WhatsApp vs computadora

Es miércoles 19 de mayo y la consigna es usar las técnicas del impresionismo. Santi pinta un paisaje de otoño con acuarelas naranjas, verdes y amarillas. “¿Puedo hacer el cielo rosa?”, pregunta una de sus compañeras de clase, con la que está conectado de manera virtual desde su casa en La Lucila. Dos días más tarde, el viernes 21, Cristian dibuja un colectivo utilizando círculos, cuadrados y triángulos. Sentado bajo una chapa que apenas lo protege de la lluvia que azota la villa La Cava, en Fiorito, usa una regla y se concentra para cumplir la consigna que le llegó a su mamá por WhatsApp. Ambos tienen 12 años y cursan el primer año del colegio secundario de manera virtual. En el Gran Buenos Aires, las clases presenciales este año duraron solo un par de semanas. En 2020, estuvieron suspendidas desde el 20 de marzo, cuando se desató la pandemia. Santi y Cristian son parte de los 3.856.690 niños bonaerenses que desde el 19 de abril no asisten a clase por decisión del Gobierno ante el avance de la segunda ola de coronavirus, pero la concentración y el disfrute con que los dos niños encaran el ejercicio de plástica es casi la única coincidencia entre sus jornadas educativas. Dentro del universo de chicos con clases virtuales existen experiencias muy diversas, y las de ellos dos están en las antípodas. La casa de Santi tiene patio y pileta, buena conexión a internet y abundancia de dispositivos desde los cuales conectarse a sus clases. Sus padres -ambos profesionales- están capacitados para ayudarlo en la tarea y su colegio privado, el San Lucas, cuenta con la infraestructura y el personal adecuados para la virtualidad. Extraña a sus amigos y dice que quiere volver al colegio, pero su agenda escolar está cargada de encuentros a través de la pantalla con maestros y compañeros. Cristian, en cambio, duerme en un cuarto con sus ocho hermanos, su madre y su padrastro. Su entorno familiar es contenedor y trabajador, pero carece de los medios básicos para educarse a distancia. Comparten la conexión a internet con el vecino, no tienen computadora y hay un solo celular en la casa, que suele quedarse sin memoria por la cantidad de archivos de los 27 grupos de WhatsApp a los que llegan las tareas de todos los hermanos. Va a la Escuela Secundaria 67, de Villa Fiorito. Los dos son chicos queridos y cuidados, pero el amor de la extensa familia de Cristian no es suficiente para paliar la enorme brecha de desigualdad que ya existía, pero que se acrecienta con la pandemia.

CRISTIAN,12
Vive en Villa Fiorito y las tareas le llegan a un celular que comparte con sus ocho hermanosSANTIAGO,12
Vive en La Lucila y tiene clases virtuales con una computadora

Ambas familias -los Piccola, de la Lucila, y los Torres, de Villa Fiorito- aceptaron abrirnos las puertas de sus casas para que mostremos el día escolar de sus hijos. El objetivo era ver a lo largo de una jornada completa cómo la inequidad está impactando de manera dramática en la calidad de la experiencia educativa. Las diferencias son brutales. Santi participó de cinco encuentros virtuales que siguió por la computadora durante una jornada escolar de seis horas. Su día fue solitario, pero intenso. Tuvo intercambios con sus maestros y algunos, menos, con sus compañeros. Careció de la riqueza que se genera en el aula y en los recreos, pero estuvo en contacto con contenidos educativos de calidad. Cuando tuvo dudas consultó a sus docentes. No necesitó en ningún momento la ayuda de su mamá, Victoria, ni de su papá, Joe. El día escolar de Cristian, en cambio, fue mucho más difícil. Dedicó unas tres horas a hacer tareas, pero no participó de ningún encuentro virtual con sus maestros, ni con sus compañeros. Tuvo que conformarse con tratar de cumplir las consignas enviadas desde la escuela al celular, muchas de las cuales no entendió. Su madre, María, estuvo gran parte de la jornada sentada a su lado tratando de ayudarlo, pero no siempre lo logró. Ella solo estudió hasta séptimo grado. Su padrastro, Ricardo, lo apoyaba y alentaba, pero nunca estudió y no está capacitado para asistirlo en las tareas. Los problemas de Cristian no son una excepción. Según un informe del Ministerio de Educación nacional, el 58% de los chicos de secundarios estatales no tiene acceso a una computadora. Para los que concurren a instituciones privadas, la cifra se reduce al 21%. “Estamos frente a una crisis con un saldo negativo enorme en términos de aprendizajes”, explica Agustín Porres, director para América Latina de la fundación Varkey. “Los contextos de vulnerabilidad son donde la escuela resulta más necesaria. Representa la oportunidad para que los hijos superen la trayectoria de los padres”, agrega Porres, que se define como un defensor “total” de la presencialidad educativa cuando se trata de un país, como la Argentina, donde la conectividad no es una posibilidad para todos./Lanacion

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