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Salta. No fueron a la escuela y estudiaron bajo de un árbol, a metros del basural

Uno de los últimos sábados del año, tres y media de la tarde, un calor agobiante (de casi 30 grados). Los hermanitos Ramón, Mercedes y Luciano, de 12, 10 y 6 años, llegaron a la escuelita del árbol, donde los esperaban, ahora, sus únicos maestros que les enseñan a leer y escribir en inmediaciones del Vertedero San Javier, en el sudeste de la ciudad de Salta, a tan solo 13 kilómetros del microcentro.

El árbol es grande, con una copa ancha y frondosa, que da muy buena sombra. Contaban los maestros que es el lugar de los encuentros para la gente de la zona, mientras con un par de ramas barrían los restos de basura esparcida por el suelo de tierra seca para improvisar el aula al aire libre. El mal olor del ambiente obliga a levantar la mirada y detenerla en una especie de montaña que está a menos de 300 metros y que en realidad es una de las trincheras del basural, donde se depositan los residuos sólidos urbanos de la capital salteña y de cinco municipios del área metropolitana.

Los maestros que llegaron allí el 13 de noviembre pasado son voluntarios de una iglesia evangélica. Cuentan que por medio de un grupo que se llama Brigada Luz, que le lleva un plato de comida a las personas en situación de calle, y que habían llegado hasta el Vertedero a entregar comida, advirtieron la presencia de niñas y niños en edad escolar que no van a la escuela. Esto se comentó en la comunidad religiosa Jesús es el Centro y así surgió el proyecto de alfabetización y apoyo escolar. Los miembros docentes enseguida se pusieron a disposición.

Mario Orellana es uno de los maestros voluntarios y es docente de primer grado en una escuela de zona norte. “Es un contexto muy particular, algo a lo que los docentes no están muy habituados, pero nosotros decidimos asumir el desafío porque vimos la necesidad, una de ellas es la alfabetización, descubrimos que podíamos ayudar en esta área”, manifestó.

En la primera clase participaron 10 niños de distintas edades, la mayoría para alfabetización inicial y una niña para apoyo escolar. Como no es una actividad formal y obligatoria, en el siguiente encuentro fueron menos chicos a pesar de que los pasaron a buscar casa por casa. “Los chicos que vienen es porque realmente tienen el interés de aprender y les gustaría leer y escribir”, indicó Mario, que sabe que la cantidad de niños va ir variando por lo que es algo optativo. Y para que no haya ningún malentendido aclaró: “La tarea que venimos a realizar es solamente de alfabetización, no se inculca ninguna ideología, ninguna creencia en particular, solo alfabetizamos”.

Transformación social

“Siempre me gustó enseñar y cuando me enteré de este proyecto me sumé sin pensar. La educación es una herramienta de transformación social, por eso creo que nuestra labor va a transformar sus vidas”, destacó la maestra Elisa Tejerina.

La alegría genuina de Ramón, Mercedes y Luciano se resume en una sola palabra para los maestros: esperanza. Antes de comenzar la clase del día los chicos comieron un sándwich de paleta y queso y tomaron un vaso de chocolatada que llevaron los educadores. Mientras comían, de una camioneta bajaban un tablón y dos bancas de madera, que alguien de la iglesia prestó. Con la seño Verónica Gutiérrez, profesora de educación especial, cada uno escribió su nombre y luego trabajaron el calendario. En medio de las tareas llegaron Thiago y su hermanito Francisco (de 11 y 5 años) y David de 7 años. De ellos, el único escolarizado es Thiago.

Nancy Velázquez, otra de las voluntarias, es vicedirectora de la escuela Juan José Valle, de barrio Libertad, conocida como la escuela del techo verde (ubicada en un barrio colindante al basural), donde Ramón y sus hermanitos iban hasta el inicio de la pandemia y donde este año fue Thiago.

“Son muy pocos los niños que hicieron abandono del sistema, con la mayoría iniciamos desde cero. Hay chicos que no saben escribir sus nombres, no reconocen las primeras letras, no pueden contar, están en cero”, contó Nancy, que en agosto pasado retornó a trabajar al establecimiento después de varios años.

La vicedirectora aseguró que conoció a los alumnos que eran de su escuela antes de la pandemia por el proyecto en el que colabora. Desde el Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de Salta no precisaron la cantidad de niños y niñas que dejaron de estudiar en las primarias a nivel local durante la pandemia, solo mencionaron que es “ínfima”, un 0,2%, y dijeron que “solo se trabaja en la revinculación del secundario”, donde reconectaron al 60% de 8.400 alumnos que tenían identificados, y que en 2022 “el programa se irá ampliando para llegar a la cobertura total de las escuelas en todos los niveles obligatorios”.

Durante la gestión del exdirector general del nivel primario e inicial Marcelo Valencia, entre 2015 y 2019, la cobertura en la educación primaria llegó al 98%. Sobre el porcentaje mínimo de chicos no escolarizados dijo estar al tanto en aquel entonces, pero que nunca supo dónde estaban porque desde el Estado no se los busca de esa forma, aunque sí manifestó que es deber de la escuela buscar a los chicos cuando están inscriptos y tienen faltas reiteradas o abandonan. “Lo que hacíamos era ir a la casa y hablar con los papás para ver qué estaba sucediendo en la familia y explicarles la importancia de que el chico vuelva a la escuela”, recordó, salvando las diferencias con una pandemia de coronavirus de por medio que profundizó la problemática.

En 2019, de acuerdo al informe estadístico de ese año, en el nivel primario común (sin contar el nivel inicial) eran en total 186.065 alumnos, tanto del sector público como privado, la tasa de abandono interanual era del 1,10% y 1,2% el analfabetis mo en la provincia.

“Nadie se comunicó”

Los padres de los hermanitos sostienen que la escuela nunca les mandó mensajes.

Aydeé Colman y Ramón Cisneros, padres de los hermanitos que no van a la escuela. 

Aydeé Colman (41) y Ramón Cisneros (43) confirmaron que sus hijos hace dos años no van a la escuela. Aparte de los tres chicos que participan de las clases debajo del árbol (que continuarán durante todo el verano) está Débora, de 14 años. “Ellos iban a la escuela del techo verde, no sé cómo se llama, y con la pandemia se salieron de la conexión con los maestros. Ningún maestro se comunicó con nosotros”, dijo Aydeé.

La mamá detalló que Luciano de 6 años hasta ahora no fue nunca a la escuela, le tocaba el jardín cuando arrancó la COVID-19 en 2020. Mercedes de 10 años hizo el primer grado, Ramón de 12 el segundo y Débora de 14 años estaba en cuarto grado. El padre mencionó que la familia vivía en Formosa, donde los más grandes fueron algún tiempo, sin dar mayores precisiones, a una escuela en colonia Los Matacos, y que desde hace cinco años se mudaron a Salta.

Tarea solidaria de alfabetización en inmediaciones del basural de la capital salteña. Jan Touzeau

“Los maestros, todos, tenían mi número y el de ella, pero nunca nadie mandó mensaje, nadie se comunicó con nosotros para mandar la tarea por celular como decían que hacían”, ramarcó Cisneros.

Este año en Salta, entre marzo y agosto, hubo clases en burbujas intercaladas por días o semanas, y a partir de septiembre, las escuelas fueron retornando a la presencialidad plena y cuidada. Consultados del por qué los chicos no volvieron a clases tampoco este año, Aydeé solo dijo que “ellos tienen miedo de la COVID” y que “ninguno está vacunado todavía”, por eso no van. 

Aydeé y Ramón son cartoneros. “Salimos con mi señora a juntar cartones y botellas, de eso vivimos. En la semana hacemos de 3 a 5 mil pesos. Vivimos del vertedero, ahí vamos a juntar chatarra, aluminio, cobre, todo lo que podemos traemos para mantener la familia”, detalló el hombre.

ontó que a los chicos les gusta ir y ayudarlos. “Les gusta andar con nosotros, van y vienen, andamos en un autito recorriendo por todos lados”, dijo. Por su parte, Aydeé agregó que cobra la asignación universal de tres de sus hijos. 

Postal del basural ubicado en la zona sudeste, a 13 km del microcentro salteño. Jan Touzeau

La pobreza en Salta

Uno de cada dos habitantes es pobre en la provincia. De acuerdo a investigaciones del Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico (Ielde) que depende de la Universidad Nacional de Salta, hay alrededor de 800 mil salteños bajo la línea de pobreza, de estos 250 mil son menores de 18 años que viven en hogares con ingresos insuficientes.

Pero, “ser pobre es mucho más que no tener dinero. Las privaciones en el ejercicio de derechos básicos tales como el acceso a la protección social, al saneamiento básico (tener un baño en la vivienda, con inodoro y descarga) y residir en un hábitat seguro (lejos de basurales o en una zona segura ante inundaciones) parecen ser los mayores déficits de nuestra niñez”, plantearon en una de sus columnas los economistas Carla Arévalo y Jorge Paz del Ielde. 

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