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Balazo letal y auto incendiado: un nuevo crimen en un camino rural

El martes por la noche una inmensa llamarada de un auto incendiándose sobre un camino rural en las afueras de Pérez (Rosario) llamó la atención de quienes transitaban por allí y llamaron al 911. Cuando la policía llegó al lugar constató lo que varias de esas llamadas habían advertido: a metros del auto incinerándose había un cadáver. La víctima -que tenía un balazo en el cráneo- fue identificada como Tomás Osvaldo Fórmica, de 24 años y con domicilio en el barrio Cabín 9 (Rosario). Los rastros del homicidio no solo se perdieron con el fuego, sino también con la oscuridad y la ausencia de cámaras en la zona. Se trata de un crimen llevado a cabo con una modalidad que en los últimos tiempos se volvió habitual, sobre todo en esa zona de descampados y caminos inhóspitos.

La investigación por el crimen de Fórmica, que estará a cargo de la fiscal Marisol Fabbro, tendrá la difícil tarea de reconstruir las circunstancias del hecho. Cómo fue que la víctima llegó a ese lugar, si lo hizo acompañado por alguien en su propio auto que luego terminó incendiado, si el o los homicidas iban en otro vehículo. En la zona, al menos en los metros próximos a donde fue hallado el cadáver, no hay nada más que basura: ni luces ni cámaras. Una pieza de interés hallada en la escena del crimen es el celular de la víctima, que fue enviado a peritar para conocer si arroja algo de contexto al final abrupto de la vida de este joven.

El auto incendiándose fue visto la noche del martes por personas que circulaban por la Avenida Belgrano, que conecta Cabín 9 con el resto de la ciudad de Pérez. A unos cincuenta metros al oeste, sobre un camino rural que se desprende de la avenida, estaba el Ford Fiesta Kinetic de Fórmica ardiendo en el fuego. A unos metros de distancia, en medio de unos pastizales, fue encontrado el cadáver con un disparo en la cabeza.

El cuerpo de Fórmica, según indicaron desde el MPA, no tenía signos de quemadura. De esa certeza se desprende la posibilidad de que los homicidas mataron al joven y luego incendiaron el vehículo con la intención de borrar evidencias. Lo que no pudo precisarse hasta ahora es si el crimen fue en ese mismo lugar o si fue en otro punto y hacia allí llegaron para descartar el cadáver y el auto.

El vehículo de la víctima fue reducido a chatarra y no quedó rastro sin ser dañado por el fuego. Este miércoles por la mañana mientras los medios fotografiaban el lugar dos hombres en moto se apuraban por llevarse las llantas del vehículo, también carcomidas por el fuego. Dijeron que fue lo único que pudieron rescatar para después vender como chatarra, y apenas sabían por comentarios escuchados ahí mismo que se trataba del auto de una persona que había sido asesinada.

Tomacito

Tomás Fórmica tenía domicilio formal en Los Sauces al 100, una zona muy humilde del barrio Cabín 9. Allí vive su madre y su padrastro. El hombre, de 82 años y jubilado como peón de hornos industriales, recibió a La Capital aunque dijo no conocer el diario porque no sabe leer. Contó que Tomás ya no vivía ahí, que hacía un tiempo atrás se había mudado a un departamento a unos 200 metros de distancia, en la esquina de El Chajá y Las Acacias.

“Decían los vecinos que fue un asunto de drogas. El alquilaba ahí y lo que dicen es que él vivía arriba y abajo vendían droga”, contó el hombre. “Había hecho algo de plata. Primero tuvo una moto, después la cambió por un auto y después con ese auto puso más plata y lo cambió por otro nuevo”, agregó. Fue ese auto, que hacía poco tiempo había adquirido Tomás, el que fue encontrado en la escena del crimen.

“Él hizo la escuela, yo lo mandaba. Salió bien de acá, nunca tuvimos problemas, nunca estuvo preso. Ahora se quería comprar un terreno. Yo le decía que cuando yo me muera él se iba a quedar con la casa y que iba a poder hacer lo que quiera”, mencionó el hombre. La familia vivió toda su vida en Cabín 9, por lo cual todos los vecinos consultados conocían a “Tomacito”. Sin embargo nadie arriesgó sobre posibles contextos del crimen: solo dijeron que ya no lo veían tanto, solo cuando entraba o salía de su casa.

Los vecinos sí se animaron a brindar un panorama general sobre la situación que atraviesa Cabín 9. “Este barrio es más de los transas que de la gente trabajadora. Por acá pasan los pibes drogándose por la calle. Se sabe que se vende droga en frente de la cárcel (Complejo Penitenciario de 27 de Febrero al 7800), se sabe que allá al fondo siguen los famosos Cuatreros“, contó una mujer.

“Acá te das cuenta enseguida quién está vendiendo droga, porque el que fue pobre ya al otro día tiene un autazo”, indicó la vecina. “Mi marido es camionero, trabaja todo el día. No sabés lo que nos cuesta tener un autito así nomás, mientras después ves a los pibes de 18 años con autos y motos”, agregó otra.

Una modalidad habitual

En los últimos años la aparición de cadáveres en caminos rurales de los alrededores de Rosario consolidaron una modalidad habitual de crímenes que buscan ser ocultados o al menos lograr que se demore su descubrimiento. Más temprano que tarde alguien advierte sobre un bulto tirado en un camino de tierra, el cadáver se descubre y comienza así una investigación plagada de obstáculos propios del lugar en el que se cometió el hecho.

El último caso con estas características había sido a comienzos de diciembre, con el doble crimen de Luis Ricardo Sequeira y Nerina Yanet Guzmán. Ambos cadáveres fueron hallados en un descampado de las inmediaciones de Avenida Suárez y la colectora de Circunvalación por la zona noroeste. Ella tenía 33 orificios de bala y él un disparo en la nuca y otro en el pecho. Antes de ese episodio había ocurrido algo similar con otro doble crimen ocurrido cerca del cruce de Uriburu y Las Palmeras, a pocos kilómetros de donde fue encontrado el cuerpo de Fórmica este martes. En ese punto, por ejemplo, en los últimos seis años hubo siete crímenes similares.

La mañana del viernes 1º de octubre dos cadáveres aparecieron en un camino rural en el limite entre Rosario y Pérez. Con el paso de las horas se supo que se trataba de dos jóvenes, de 18 y 22 años, que habían sido asesinados a balazos la noche anterior en ese mismo lugar. “Mi hijo no tenía problemas con nadie”, dijo Ramón Molina después de que identificaran a su hijo Brian, de 22 años. El otro chico, Dylan Joaquín Valenti, tenía 18 años. Eran amigos y fueron asesinados a balazos en ese lugar, donde también quedó abandonado y con las puertas abiertas el auto del padre de Molina, en el que el chico había salido al anochecer del jueves. En la escena del crimen se halló un cartel con una leyenda: “Con la mafia no se jode”.

El 5 de abril pasado fue hallado en la misma zona el cadáver de Alejo Bravo, de 19 años. El chico tenía tres disparos en el cuerpo. Con la poca información recabada por los peritos en el lugar del hecho se supo que no había sido asesinado donde encontraron su cadáver, sino que hasta ahí habían ido a arrojarlo. Los médicos confirmaron como hora del fallecimiento las 15.15 del 5 de abril, 45 minutos después de que el chico saliera de su casa de Jacques al 900 bis, barrio Empalme Graneros.

Cuando ocurren estos hechos para los investigadores no es una tarea fácil encontrar testigos que puedan suplir la ausencia de registros de las cámaras de vigilancia. El esclarecimiento de estos casos dependerá, en buena parte, de las historias que las propias víctimas dejaron escritas, con sus vínculos o antecedentes, antes de ser asesinadas.

Varios casos más en la misma zona

Miguel Ángel “Rulo” Giupponi, de 35 años, lo asesinaron a balazos el 13 de febrero de 2021. Su cadáver fue hallado por vecinos del barrio El Fachinal, también en la zona de Uriburu y Las Palmeras. El hombre estaba en el foco de investigaciones que lo habían identificado como vendedor de drogas en la zona de Colombres y Rivarola. A su vez tenía antecedentes por robo calificado y su nombre había aparecido en la investigación por el homicidio de un hombre del barrio Santa Lucía con el que había tenido problemas.

El 24 de noviembre de 2018 en la misma zona rural fue hallado el cuerpo calcinado de un hombre que también tenía tres disparos en la espalda y uno en la cabeza. Dos días después fue identificado como Marco Antonio García, de 44 años.

El 27 de octubre de 2015 el llamado de un vecino al 911 alertó la presencia de una persona tirada al costado del camino de Las Palmeras casi en el cruce con Uriburu. Al llegar la policía se constató que se trataba de un hombre que había sido asesinado con un disparo en la cabeza entre 12 y 20 horas antes de ser hallado. Dos días más tarde, y luego de que nadie fuera a reclamar el cuerpo, la víctima fue identificada como Nahuel Jonatan Callejas, de 19 años. Tenía varios antecedentes por robo calificado, lesiones y amenazas.

El 15 de abril de 2015 fue hallado el cadáver de un joven en el mismo punto. Estaba en estado avanzado de descomposición y en ese momento los peritos no pudieron establecer ni la identidad de la víctima ni las causas de la muerte. Luego fue identificado como Agustín Manuel Barea, de 25 años, y se constató que su cuerpo tenía disparos de arma de fuego.

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