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La falta de lluvia es un problema para toda la economía

Llovió. Y todos preguntan si con las precipitaciones caídas en los últimos días “nos salvamos”. La respuesta es que no. Todavía no, aunque trajeron bastante alivio en buena parte de las regiones productivas. La realidad es que estamos adentro de un ciclo seco, y la campaña agrícola arrancó con poca agua en los perfiles.

Con este escenario de fondo, la ola de calor en la segunda semana de enero fue un soplete que resecó los cultivos prácticamente en todo el país. Muchos perdieron todo, ya sin tiempo para revancha (es tarde para volver a sembrar maíz o soja, los dos principales fabricantes de divisas).

Los analistas descuentan que ya se perdió al menos un 10% de la cosecha, lo que impactaría en una caída de las exportaciones de unas 15 millones de toneladas entre ambos cultivos, los de mayor impacto en la generación de divisas. Son entre 3 y 4 mil millones de dólares menos respecto a la campaña 2020/21, que generó una liquidación de divisas del orden de los 36 mil millones de dólares entre enero y diciembre del año pasado. Récord absoluto. Esto fue fruto más que nada de un respingo salvador de los precios, ya que la sequía también había impactado fiero.

La Argentina pesa mucho en la formación de los precios agrícolas a nivel global, aunque no tanto como Brasil. El clima en estas pampas está incorporado en los algoritmos inteligentes de los analistas, y los mercados reaccionan al compás de las precipitaciones. El año pasado pasamos de una soja en el orden de los 350 dólares, a cumbres inesperadas de más de 500. Después, las cotizaciones aflojaron porque ingresó una buena cosecha en los Estados Unidos. Y ahora volvieron a saltar hacia arriba, igualando los altísimos niveles del año pasado.

Pero aquí y ahora el partido está en el descanso entre el primer y segundo tiempo. Estas lluvias son como un empate en el último minuto antes de ir a los vestuarios. Ahora hay que volver a la cancha y ver qué pasa. Juega el aguatero.El río Paraná entró en una nueva fase de la bajante histórica que arrastra desde 2019 y cuyo panorama no es alentador para los próximos meses. En base a los pronósticos climáticos, la continuidad de la falta de lluvias durante el resto del verano ratificaron que el estío seguirá prolongándose y anticiparon algunos efectos que pueden esperarse en lo venidero. Es otro efecto de la falta de lluvias.

El río Paraná entró en una nueva fase de la bajante histórica que arrastra desde 2019 y cuyo panorama no es alentador para los próximos meses. En base a los pronósticos climáticos, la continuidad de la falta de lluvias durante el resto del verano ratificaron que el estío seguirá prolongándose y anticiparon algunos efectos que pueden esperarse en lo venidero. Es otro efecto de la falta de lluvias.

Sí, la economía argentina es agro dependiente. Esto no es ni bueno ni malo. Simplemente, es así, aunque a muchos les genere cierta sensación de precariedad o atraso. La realidad es que la actividad que ha desarrollado mayor competitividad es la agroindustria, que desde siempre fue la principal generadora de divisas.

Tras varias décadas de decadencia, a mediados de los 90 se inició un fenomenal proceso de crecimiento de las cosechas, en lo que desde Clarín Rural hemos denominado “La Segunda Revolución de las Pampas”. Producíamos 45 millones de toneladas. Treinta años después, estamos en 150 y con gusto a poco, porque en el campo todos saben que podríamos haber crecido mucho más. Como Brasil, por ejemplo, que experimenta una expansión fenomenal y ha transformado su impronta productiva convirtiéndose, también, en un país básicamente agroindustrial.

Más allá del impacto macroeconómico, la gran performance del sector agropecuario y agroindustrial en estas tres décadas generó una nueva fisonomía en el interior. Han crecido los parques industriales de todos los pueblos pampeanos, a pesar de la obscena transferencia de ingresos hacia el Estado Nacional vía derechos de exportación. Los ingresos del agro difunden por todas las economías locales. Por eso conviene analizar no solo el impacto macroeconómico de la evolución del clima, sino toda la cascada de efectos derivados.

Un amigo, añoso veraneante en Necochea, me comentaba ayer que está sorprendido por la cantidad de barcos que se ven en la rada del puerto de Quequén. Es una consecuencia de la sequía: el Paraná no tiene calado suficiente como para que los barcos salgan llenos, y recalan en Quequén para completar carga antes de cruzar el océano. Mayores costos que impactan en reducción de precios. La falta de agua del Paraná viene de la escasez de lluvias en sus orígenes (Brasil) y se siente en todo el litoral.

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