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Habrá una recuperación de la economía en V?

Pensando en la coyuntura en la que se encuentra la economía argentina -dónde estamos-, repasamos el primer trimestre de gobierno de la nueva administración, con sus logros y desafíos.

La pregunta que se desprende entonces es: ¿Hacia dónde vamos? Tras el proceso de ajuste en las cuentas públicas y la contracción monetaria, naturalmente la economía se encuentra en caída desde finales del año pasado (no obstante, y para ser estrictos, el país no crece desde 2011).

De esta forma, se ha dado un debate entre los economistas respecto de qué tipo de recuperación mostrará la economía cuando suceda. ¿Será en forma de “V” (caída con una rápida recuperación) ?, ¿de “U” (con una recesión más prolongada pero pronta recuperación) ?,¿tendrá la forma de la pipa de “nike” (donde la recesión perdura y se demora la recuperación), ¿o bien nos estancaremos en una “L”?

Los motores que han impulsado la actividad en los últimos años ya no están presentes.

El consumo privado, “anabolizado”, hace tiempo que perdió su potencia para hacer crecer la actividad y, como contrapartida, aceleró la inflación. Hoy el sector de ingresos fijos sufre los avatares de la inflación, con pérdidas en términos reales y pocas chances de una fuerte reversión en el corto plazo.

Este ingreso de divisas -si bien muy volátil, como lo muestra la historia- puede contribuir en el corto plazo a atemperar la caída de actividad por efecto sobre las expectativas devaluatorias e inflacionarias, efecto riqueza y, parcialmente, por su monetización.

Si a ello le sumamos que el segundo trimestre del año es estacionalmente positivo en cuanto a recaudación de tributos al comercio exterior -lo cual podría significar una menor necesidad de recortes en las partidas de gasto-, se puede concluir que existiría un cierto “puente” que permitiría la transición de la economía hasta tanto culmine el proceso de ajuste de precios relativos y saneamiento de la hoja de balance del Banco Central.

Es así que, de continuar estas condiciones, sería esperable que la recuperación siguiera un sendero de “U”, que podría transformarse en “V” si la economía se viera favorecida rápidamente por las reformas estructurales necesarias para que se pueda ir recuperando por fundamentals parte de la competitividad que se irá perdiendo por el proceso de la apreciación cambiaria.

Por el lado del consumo público, está agotado no solo por la falta de financiación genuina sino por el grado de participación que ha ganado en la economía, a expensas del sector privado. El actual Gobierno tiene como objetivo primario terminar con el principal problema que enfrenta históricamente nuestro país: el déficit fiscal.

Para ello debe dejar de gastar, con lo cual, lo más probable es que durante el corriente año (y probablemente en los siguientes) tenga un aporte negativo a la actividad.

Por su parte, la exportación contribuirá de manera positiva pero desigual entre sectores. Aquellos agrícolas y agroindustriales se recuperarán fuertemente (principalmente por la baja base de comparación, ya que 2023 fue de seca y dicho sector se desplomó); así como también los sectores relacionados con la energía y minería podrían contribuir positivamente. Sin embargo, dada la participación del sector externo en la economía, su aporte al crecimiento es por el momento bajo como para motorizar a toda la economía en el corto plazo.

Queda la inversión, la cual incluye los componentes público y privado. La primera, de la mano de la búsqueda del superávit fiscal, tendrá un aporte negativo.

Ello ya se ha visto con el recorte abrupto de la obra pública, que no solo decrece en términos reales, sino que -con una inflación de tres dígitos- viene cayendo también en términos nominales. Luego está la inversión privada, clave para la reactivación y crecimiento sostenido de largo plazo. Pero para que esta última arranque, hace falta confianza y previsibilidad.

De la mano de la discusión sobre la forma de la recuperación, hay otra discusión académica respecto de la necesidad o no de un programa explícito de estabilización (muchas veces con la premisa -implícita o no tanto- de la necesidad de componentes heterodoxos que alineen expectativas).

En el corto plazo, lo concreto y probable es que se levante el cepo cambiario, y ello necesariamente dará lugar a que deba explicitarse un programa monetario. ¿Cuál será? Esa es la gran duda. Se ha hablado con mayor o menor énfasis de dolarización, pero también de competencia de monedas. ¿Será con tipo de cambio fijo o flotante? Lo cierto es que esa sí parece ser una condición necesaria para generar previsibilidad, baja definitiva de la inflación, recuperación del crédito y, finalmente, despegue la inversión.

No obstante, en el mientras tanto, existe un sucedáneo -no perfecto y mucho más volátil- que es la inversión financiera.

El compromiso con la consecución y mantenimiento de superávits gemelos ha generado apetito por los activos argentinos particularmente los bonos del tesoro- cuyos precios tendrían un largo recorrido desde los valores prácticamente de default en los que se encontraban.

Esta mayor demanda de bonos argentinos no solo incrementa sus precios y reduce el riesgo país, sino que es la contracara del ingreso de divisas (sea de extranjeros o del “colchón”).

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