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El crédito argentino podría acelerar el crecimiento

El año pasado fue quirúrgico para la economía argentina. Después de años de distorsiones acumuladas, 2025 obligó a un reacomodamiento incómodo pero necesario. El resultado es paradójico: mientras el sistema financiero tradicional eligió la cautela, el crédito privado encontró oxígeno en modelos más flexibles, en entidades no bancarias y en instrumentos del mercado de capitales que permitieron que el financiamiento siguiera fluyendo cuando los bancos decidieron esperar.

Esta dualidad marcó el tono del año: contracción en algunos segmentos, innovación acelerada en otros. Y abrió una pregunta central para 2026: ¿está Argentina lista para un sistema financiero que premie la eficiencia por sobre la inercia?

El crédito en 2026 se jugará en tres tableros simultáneos. El primero es la estabilidad monetaria: sin previsibilidad cambiaria ni inflacionaria, cualquier cálculo de riesgo se vuelve especulativo. El segundo es el ingreso disponible: las familias recién comienzan a recuperar poder adquisitivo, y esa recomposición determinará la velocidad de reactivación del consumo y, por extensión, del crédito.

El tercero es el mercado de capitales: más profundo, más previsible y más conectado con la economía real. Cuando esas tres piezas se alinean, el crédito deja de ser un problema y se convierte en motor. Argentina tiene la oportunidad de construir ese equilibrio en 2026, pero la ventana es estrecha y las decisiones de política económica serán determinantes.

Mientras el crédito bancario se mantuvo retraído, el ecosistema fintech vivió un año de consolidación operativa. Compañías como Alprestamo escalaron su oferta regional, integrando más productos, más entidades y mejores procesos de originación. La innovación no vino solo por el lado tecnológico, sino por la capacidad de leer mejor los datos disponibles, segmentar con mayor precisión y ofrecer soluciones donde el sistema tradicional no llegaba.

Dos verticales se destacaron por su crecimiento: la recuperación de deudas y el factoring para pymes. En el primer caso, productos digitales que permiten a usuarios sobreendeudados negociar quitas y acuerdos de pago de forma transparente y ágil demostraron que existe un mercado enorme, desatendido y con una necesidad urgente de soluciones simples.

En el segundo, el capital de trabajo para pequeñas y medianas empresas encontró en la digitalización una vía para acelerar procesos históricamente lentos, costosos y poco escalables. Estos movimientos no representan una disrupción del sistema financiero tradicional, sino una complementación necesaria. El crédito no bancario está ocupando espacios donde la banca no puede —o no quiere— operar con la velocidad que el mercado demanda.

Para que 2026 sea un año de crecimiento sostenible del créditoArgentina necesita menos retórica y más coherencia regulatoria. Tres medidas son clave. Primero, reglas estables y modernas que integren al crédito no bancario en lugar de tratarlo como un sistema paralelo. La innovación financiera no puede avanzar en un vacío normativo, pero tampoco puede asfixiarse con regulaciones pensadas para otra época.

En segundo lugar, transparencia radical. Los usuarios deben poder comparar productos sin letra chica, sin trampas y con información clara sobre costos, plazos y condiciones. La competencia sana solo existe cuando la información es simétrica. Y tercero, una profundización real del mercado de capitales. Sin fondeo diversificado y eficiente, el crédito seguirá concentrado y será incapaz de irrigar la economía real. Un sistema confiable no se construye con slogans: se construye con reglas que duren más que un ciclo político.

América Latina enfrenta 2026 con señales mixtas. Del lado del impulso aparecen la normalización monetaria en varios países, el crecimiento del crédito no bancario como complemento del sistema tradicional y usuarios más dispuestos a refinanciar, ordenar y volver a acceder al crédito. Del lado del freno, persisten marcos regulatorios que no acompañan la innovación y bancos con una aversión al riesgo excesiva. Hablar de inclusión financiera es fácil; ejecutarla es otra cosa.

En 2026, la inclusión se medirá por la capacidad de ofrecer productos concretos a personas concretas: desde herramientas para salir de deudas hasta acceso a capital de trabajo para pymes, con soluciones pensadas para necesidades reales.

El sistema financiero argentino enfrenta una prueba de madurez. La infraestructura, el talento y la demanda están. Lo que falta es sostener la coherencia el tiempo suficiente para que la transformación se consolide. 2026 dirá si estamos listos.