El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, calificó los bombardeos de Estados Unidos en Venezuela y la captura del mandatario Nicolás Maduro como una “afrenta gravísima” a la soberanía venezolana y una amenaza a la región como “zona de paz”.
En un mensaje difundido en X, el mandatario instó a la comunidad internacional, a través de la ONU, a responder de manera enérgica la ofensiva estadounidense.
Durante sus dos primeros mandatos (2003–2010), Lula fue un aliado clave del chavismo, pero el vínculo se deterioró tras la cuestionada reelección de Maduro en 2024, que Brasil no reconoció, aunque tampoco convalidó el triunfo opositor.
“La acción estadounidense recuerda los peores momentos de la injerencia en la política de América Latina y el Caribe”, advirtió Lula, al subrayar que la condena al uso de la fuerza es coherente con la tradición de política exterior de su país.
Lula intentó oficiar de mediador entre Trump y Maduro, en un contexto en el que la preocupación brasileña se ve acentuada por los más de 2.000 kilómetros de frontera que Brasil comparte con Venezuela.
Colombia, que también comparte límites geográficos con Venezuela, fue otro de los países en reaccionar a la ofensiva estadounidense. El presidente Gustavo Petro ordenó el despliegue de fuerzas militares en la frontera, donde operan diversos grupos armados ilegales vinculados al narcotráfico.
Petro calificó las acciones de Washington como una “agresión a la soberanía” de América Latina y advirtió que podrían derivar en una crisis humanitaria.
Si bien sostuvo que la situación debe resolverse mediante el diálogo, evitó pronunciarse sobre la captura de Maduro, uno de los dirigentes con los que mantuvo mayor cercanía política en el escenario regional.
México, en línea con su tradición de no intervención, condenó el ataque y advirtió que pone en riesgo la estabilidad regional. En un comunicado difundido por la presidenta Claudia Sheinbaum, la Cancillería afirmó que “El diálogo y la negociación son las únicas vías legítimas y eficaces para resolver las diferencias existentes”.
Sheinbaum se ofreció a mediar para encontrar una salida pacífica y exhortó a la ONU a actuar para evitar un derramamiento de sangre.
En el resto de la región, las reacciones fueron dispares y reflejaron profundas divisiones políticas.
El presidente saliente de Chile, Gabriel Boric llamó a “buscar una salida pacífica a la grave crisis que afecta a Venezuela” y sostuvo que la situación debe resolverse a través del diálogo.
La cancillería de Uruguay señaló que “sigue con seria preocupación los acontecimientos recientes en Venezuela, incluidos los ataques reportados contra instalaciones militares e infraestructura civil.”
Por su parte, el presidente Yamandù Orsi rechazó la intervención militar e instó a la “búsqueda permanente de una salida pacífica a la crisis venezolana. El fin no puede justificar los medios”, dijo. Además anunció una reunión de gabinete para el domingo.
Cuba, histórico aliado de Caracas, denunció un “terrorismo de Estado” contra el pueblo venezolano y contra América Latina, y condenó la intervención militar de EE.UU.
Desde Panamá, el presidente José Raúl Mulino respaldó un “proceso de transición ordenado y legítimo” en Venezuela, sin avalar el uso de la fuerza.
En Guatemala, Bernardo Arévalo llamó a cesar cualquier acción militar unilateral y a respetar los principios de la Carta de las Naciones Unidas.
En una posición opuesta, el presidente argentino Javier Milei celebró la operación y afirmó que significó “la caída del régimen de un dictador que venía manipulando elecciones”, al sostener que el desenlace “no solo es positivo para Venezuela, sino también para la región”.
También respaldó la ofensiva el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, quien aseguró que “A todos los criminales narcochavistas les llega su hora. Su estructura terminará de caer en todo el continente”.
