Tras un año electoral adverso, el Partido Justicialista sigue sin lograr una síntesis política que ordene la estrategia frente al gobierno de Javier Milei. Lejos de una lectura compartida del resultado de las votaciones, el peronismo quedó atrapado en una superposición de debates que cruzan la conducción nacional, el rol de los gobernadores, la interna bonaerense y la discusión sobre cómo reconstruir una propuesta competitiva.
En ese escenario, las provincias adquieren un peso propio. Los gobernadores peronistas dialoguistas priorizan la gestión y el vínculo institucional con la Casa Rosada, aun con matices y críticas al ajuste. Esa posición, funcional para sostener recursos y gobernabilidad local, tensiona con sectores del PJ que reclaman una oposición más dura. La falta de una conducción nacional activa deja ese contrapunto sin arbitraje político.
La fragmentación se expresa con mayor nitidez en la provincia de Buenos Aires. Allí conviven, sin una mesa común, el armado que impulsa Axel Kicillof, la estructura de La Cámpora y los intendentes del conurbano, cada uno con intereses y tiempos distintos. La derrota provincial no deriva en un cierre de filas, sino en una disputa abierta por la conducción partidaria y por la proyección nacional.
Mientras el PJ nacional no logra reordenarse, varios mandatarios provinciales preservan canales de diálogo con el Ejecutivo nacional. Ese pragmatismo es para otros sectores una señal de dispersión política. La ausencia de una línea común frente a Milei expone una tensión de fondo entre quienes priorizan la gestión y quienes empujan una estrategia de confrontación.
Axel Kicillof busca correrse de esa discusión con gestos hacia el interior del país y un discurso de alcance federal. En un plenario del Movimiento Derecho al Futuro, planteó que esa fuerza “nació desde el peronismo”, pero que “no alcanza solo con el peronismo ni con la provincia de Buenos Aires”. “Hay que construir una alternativa nacional”, dijo en un acto en Ensenada.
Esa búsqueda de apertura y dialogo con otros espacios que también reclaman una mirada federal, no resuelve la discusión sobre quién conduce ni con qué reglas. La estrategia nacional sigue condicionada por la interna bonaerense.
El principal foco de tensión se concentra hoy en el PJ de la provincia de Buenos Aires. El fin del mandato de Máximo Kirchner en la presidencia partidaria y la convocatoria a elecciones abrió una pelea que excede lo orgánico. El debate alcanza al control el armado, las listas y la proyección hacia 2027.
El líder de La Cámpora dejó abierta la puerta para su reelección. “Cada vez hay más dirigentes electorales y cada vez hay menos dirigentes políticos. Entonces, el electoralismo está yendo por sobre la gestión y la política”, sostuvo en el canal de streaming Patas TV.
Desde el entorno de Kicillof, Andrés “Cuervo” Larroque marca una posición opuesta. “Siempre abogamos por un PJ en la provincia de Buenos Aires que respalde al gobernador, eso es lo que necesitamos; que sea un respaldo contundente en una etapa muy delicada de la Argentina y donde se abre una etapa de cara al debate nacional que tiene que ver con ponerle un límite a Milei y construir una alternativa hacia 2027”, dijo al salir del Congreso partidario.
El debate por las reelecciones indefinidas de intendentes, la conformación de listas y la futura conducción partidaria terminan de complejizar el escenario. Intendentes, La Cámpora y el gobernador bonaerense miden fuerzas sin lograr un acuerdo de síntesis. A eso se suman conflictos laterales, como los cruces entre dirigentes sociales y municipios gobernados por el camporismo, que dejaron expuesta una fragmentación más profunda.
En ese contexto, Sergio Massa intenta oficiar de articulador, con reuniones y gestos orientados a sostener puentes internos. Por ahora, esos movimientos no alcanzan para ordenar una estrategia común. El PJ sigue atravesado por disputas de poder, liderazgos en revisión y un interrogante central que permanece abierto: cómo pararse frente a Milei.
