La semana pasada, Agustín Porres se convirtió en el primer latinoamericano en recibir el máximo reconocimiento global en educación del carácter, un enfoque educativo que se centra en la enseñanza de valores como la empatía, la honestidad y la resiliencia para desarrollar personas responsables, íntegras y buenas ciudadanas.

Porres –que estudió filosofía, realizó un posgrado en política, gobierno y administración y cursó un máster en políticas públicas– es director regional para América Latina de la Fundación Varkey, organización dedicada a celebrar y empoderar la profesión docente en el mundo.
El Ambassador of Character Award, otorgado por el Jubilee Centre for Character and Virtues de la Universidad de Birmingham, en Inglaterra, reconoce a personas que hicieron contribuciones sobresalientes al desarrollo y la promoción de la educación del carácter en la práctica, las políticas públicas y la vida pública.
Durante la ceremonia de premiación, desarrollada en el Oriel College, Oxford, el director del Jubilee Centre, Tom Harrison, expresó: “Este reconocimiento es enormemente merecido por muchas razones. Agustín está lleno de energía e ideales, y es extraordinariamente eficaz en la acción. Fundó una comunidad de ministros que tuve la oportunidad de conocer; una comunidad que comenzó a movilizarse y a pasar a la acción en distintos países y que hoy está dando forma a una nueva red de escuelas, que va más allá de la educación del carácter”.
LA NACION habló con Porres, de 41 años, acerca de su recorrido profesional, su visión sobre la educación argentina, y las oportunidades y desafíos que presenta la implementación de la educación del carácter.
–¿Cómo fue que decidiste dedicarte a la educación, un sector que está un poco vapuleado en la Argentina?
–Siempre me gustó la educación, en gran medida porque tenía una importante vocación de servicio social y la educación me parecía lo mejor dentro de eso. Pero no me veía en una escuela, quería pensar otra cosa. Decidí estudiar filosofía y en la mitad de la carrera me empezó a gustar mucho la política, siempre enfocado en la educación. Empecé a trabajar en el Ministerio de Educación y ahí, al hacer política educativa, pude conectar mis dos pasiones. Me fui a estudiar afuera políticas públicas para poder dedicarme a eso y, cuando estaba por volver, apareció la oportunidad de la Fundación Varkey. Pensaba estar dos años y volver a la política, pero ya van diez años y creo que quedan 20 más. Es decir, al principio no tenía claro desde dónde era, pero siempre me gustó la educación, y cuando descubrí esta forma de trabajar con ministros, docentes, escuelas, me enamoré.
–Y ahora, con estos diez años recorridos, ¿cómo ves a la educación argentina hoy?
–Descubrí que cuando uno trabaja en equipo y con talento, pasan cosas. Al mismo tiempo, después de diez años, uno no puede seguir en el diagnóstico. Yo ya me siento parte del problema o de la solución. Ya no estamos tratando de hacer algo, lo que no pasa es porque no lo hacemos pasar. Antes me sentía más crítico de la generación de arriba. Ahora me siento la generación del medio y debemos hacer algo más. Creo que estamos atrás, pero somos mucho más conscientes de eso y yendo en la dirección correcta. Entendimos dónde estamos parados, empezamos a usar mejor los datos y a recorrer un camino que solucione los problemas más graves que tenemos. Se puede hacer mucho más, pero hay alianzas y un trabajo consciente. Todo lo que sucede con alfabetización es una buena muestra. Hay margen en la Argentina para mejorar muchísimo. Hay equipos, gente y oportunidades para estar mucho mejor de lo que estamos.

–¿Cómo definirías a la educación del carácter?
–Es cómo la escuela le enseña a un chico la honestidad. No la definición de la palabra, sino a ser honesto. Educación del carácter es todas las metodologías y estrategias para que eso pase. ¿Cómo lo hace una escuela? Lo primero, mediante el ejemplo. Si te enseñan regulación emocional a los gritos no va a funcionar. Vos entrás a un colegio donde desarrollan carácter y ves carteles que hablan de prudencia, coraje, valentía, o agarrás el boletín de un chico y ves que evalúan qué virtud desarrolló este semestre.
–¿Y por qué la educación del carácter puede ser el camino en esta dirección de mejora?
–No podemos dejar de alfabetizar ni de enseñar matemática. Eso es fundamental. Pero cuando uno piensa qué es más importante, saber el teorema de Pitágoras o ser honesto, la respuesta es “me interesa mucho más el carácter de los chicos”. Y creo que cualquiera estaría de acuerdo con eso. Ahora bien, no lo estamos materializando en el tiempo que le dedicamos a enseñar virtudes. Es algo en lo que todos estamos de acuerdo, pero falta centrarnos en cómo se enseña eso, en qué momento de la agenda, en qué dinámica de la escuela. Y de eso se trata la educación del carácter. Como me dijo un ministro en Colombia recientemente, la educación del carácter es la definición de la educación misma. Educamos para formar buenas personas. No es una teoría nueva. Es llevar a cabo algo en lo que ya todos estamos de acuerdo.
–¿Hay algún sistema educativo del mundo que admires, que digas ‘Qué bien lo están haciendo en materia de educación del carácter’?
–En esta nos toca mirar a Inglaterra, que en esto es pionera. Y después hay gobiernos que lo están tomando como una política. Singapur, por ejemplo, acaba de abrir un centro de educación del carácter dentro del Ministerio de Educación. Algunos estados de Estados Unidos también están trabajando mucho. Pero el caso de Inglaterra es paradigmático. Lo relevante es que Ofsted, que es el organismo del gobierno del Reino Unido que inspecciona y evalúa la calidad de la educación, incluyó caracter en su relevamiento. Va a las escuelas, hace preguntas sobre carácter y tiene la potestad de cerrar escuelas o mandarte a formación. Eso es que te importe de verdad la educación del carácter porque miran qué pasa, lo evalúan. En ese sentido, están diseñando el próximo examen de PISA para que también mida esto.
–Es decir, ¿el camino es la evaluación?
–Sí. Es como alfabetización. Tener las mediciones que dicen cuántos chicos leen y cuántos, no, es lo que nos permitió decir “Ah, mirá, hay que preocuparnos por esto a fondo”. Con la educación del carácter es lo mismo. Hay que medir.
–¿Qué se está haciendo en la Argentina en este sentido?
–Nosotros en Varkey trabajamos desde hace diez años en el liderazgo y hace cinco o seis años entendimos que en el fondo liderazgo era carácter. Un buen líder es quien es honesto, transparente, está al servicio, escucha. Y empezamos a enfocar nuestra formación de liderazgo en carácter. Creamos un programa con el apoyo de la John Templeton Foundation para formar a 20 docentes en América Latina en qué es educación del carácter y cómo evaluar proyectos. Durante un año y medio cada docente hizo un programa, lo evaluó y publicó un paper sobre lo que hizo. Todo lo relativo al carácter es muy académico y falta práctica en aula. Con esto juntamos las dos cosas.
Además, con apoyo de otro fondo, el Templeton World Charity Foundation, diseñamos un programa para formar a funcionarios públicos. Agarramos a 150 funcionarios de los ministerios de Educación de cinco países de Latinoamérica y los formamos en carácter para que, por un lado, diseñen programas para sus escuelas y, por otro, trabajen sus propios caracteres y mejore así la gestión pública.
El trabajo con gobiernos es único porque lo que más hay son universidades haciendo programas o investigando sobre carácter. Nuestro rol desde Varkey, que no es tan académico sino más de implementación en territorio, es bastante único y está creciendo.
–¿Por qué no se adopta más masivamente este enfoque?
–Diría que por decisión política, porque evidencia del impacto hay. Las grandes universidades como Harvard y Oxford lo están trabajando seriamente. Vos formás a los docentes, evaluás virtudes en el boletín y sucede; lo que falta es decisión política. ¿Cuál es el gran salto de Inglaterra? No fue convocar a los mejores docentes ni tener la mejor estrategia, sino la evaluación. Es crucial la decisión y el apoyo político. Nadie puede estar en contra de esto, lo que falta es poner el tren a 200 por hora e ir para adelante./Lanación
