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Argentina del futuro: menos nietos y más abuelos

La aceleración continua es probablemente la característica más saliente del siglo XXI. Todos los procesos sociales, económicos y políticos que antes demoraban décadas en plasmarse, ahora se espiralizan al compás de los algoritmos. Incluso las transformaciones demográficas, que por su naturaleza siempre fueron las más pausadas, ahora pueden dar varios giros dentro de las vivencias de una misma generación.

La Argentina está experimentando un fenómeno con características únicas en el mundo, que ya genera impactos muy amplios y concretos. Como ocurre en muchos países occidentales, desde hace tiempo asiste a un progresivo envejecimiento poblacional, producto de una serie de factores como la evolución de la medicina y los mejores hábitos en la alimentación y el cuidado físico.

Pero al mismo tiempo, sufre una drástica caída en la tasa de natalidad, que se ha producido de un modo tan abrupto que no reconoce comparación a nivel global. Como si se tratara de un tsunami demográfico, a partir de 2014 la cantidad de nacimientos se redujo en el orden del 40% a nivel nacional, aunque en la ciudad de Buenos Aires, que en muchos aspectos anticipa tendencias que después se amplifican, llegó a casi 50%, ya que los nacimientos pasaron de 1,8 hijos por pareja en 2015, a 1,1 diez años después. Es como si de pronto se hubiese impuesto una ley secreta que limita los embarazos a un hijo por pareja, al estilo chino. Para tener de referencia, la tasa de recambio natural de una población para mantenerse estable es de 2,1 hijos por grupo familiar.

Hay una suma de factores que incidieron en este estancamiento, entre los que se incluyen una mayor difusión y disponibilidad de métodos anticonceptivos (prueba de ello es que los embarazos adolescentes, en general no deseados, cayeron en dos tercios); una revalorización del rol social de la mujer, que en muchos casos lleva a postergar proyectos familiares; y el estancamiento económico crónico del país, que convierte a cada hijo en una demanda muchas veces inaccesible. Pero aun así, los especialistas se sorprenden por la contundencia del fenómeno.

“El freno en la tasa de natalidad fue mucho más brusca que en otros países, porque también habrían intervenido factores económicos además de los socioculturales”, señala Agustín Salvia, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA. Y aporta un dato adicional muy gravitante al destacar que “a diferencia de las tendencias ya conocidas en las clases medias, esta vez la baja de la natalidad tiene como gran protagonista a los jóvenes de sectores populares. Se observa en el conurbano bonaerense, pero también en provincias del NEA y del NOA”.

Esta dinámica se refleja también en un informe que elaboró el gobierno porteño sobre los Barrios Populares Informales, en el cual se nota que la composición demográfica de las villas se empieza a parecer cada vez más al promedio de la ciudad, con una baja fuerte en la tasa de la natalidad y una población cada vez más vieja. Así se agrega una dimensión más al problema, ya que se está visibilizando un universo cada vez más grande envejecido y pobre, que vive en entornos populares con escasos recursos para la atención médica y la asistencia geriátrica.

El cruce de ambas tendencias, el progresivo envejecimiento poblacional, por un lado, y la rápida caída de la natalidad, por el otro, derivó en una transformación demográfica mucho más acelerada que la prevista, que está rediseñando la clásica pirámide poblacional con una forma de rectángulo, donde se achica mucho la base y se ensancha la cúspide. Incluso adelantó las proyecciones respecto de cuándo comenzará a revertirse el denominado “bono demográfico” (la proporción de personas en edad de trabajar, en comparación con niños y adultos mayores dependientes). Ahora ese horizonte está pronosticado para 2040; es decir que dentro de sólo 14 años habrá más población pasiva que activa.

Se trata del cambio más profundo que está operando actualmente en la Argentina, porque tiene implicancias que están poniendo en crisis el sistema educativo, el modelo sanitario y, quizás lo más acuciante, las cuentas fiscales. Es una revolución que muchos perciben, pero para la que el país no parece estar preparado.

La baja de la natalidad tiene en estado de alerta al sistema educativo porque es como una ola que avanza año tras año y deja al descubierto aulas semivacías y docentes sin alumnos. Después de la pandemia la onda impactó en el nivel inicial, el año pasado arrasó con el primer grado y este año el fenómeno está en segundo grado.

Según estimaciones del Gobierno, hoy al 30% de las escuelas del país le sobra espacio y docentes, lo cual pone en crisis el modelo clásico de la educación pública argentina. Como contó Lucila Marin en La Nacion, el gobierno porteño elaboró recientemente un informe que revela que el año pasado hubo una caída en las inscripciones a primer grado de un 25% respecto de 2020 (de 41.117 pasó a 30.686), y para 2028 ese descenso afectará a toda la primaria.

El tema es seguido de cerca por el Gobierno, que ya mantuvo conversaciones con los ministerios de Educación de las provincias para evaluar un plan de acción. Por lo pronto se puso en marcha un relevamiento por aulas, superficie y cantidad de alumnos para tener un diagnóstico más certero. Esto podría derivar en una reducción de la cantidad de edificios escolares y en una redistribución de espacios y de alumnos, un proceso que ya está empezando a generar tensiones con las representaciones gremiales.

También se evalúan alternativas para aprovechar la disminución de la matrícula en términos de ampliar las horas de clases o mejorar la proporción de docentes por cantidad de alumnos. “Es una crisis muy profunda la que está impactando en el sistema educativo, pero al mismo tiempo es una gran oportunidad para introducir reformas de fondo”, señalan en el Gobierno. Naturalmente también los establecimientos privados sufren la misma merma de matrícula, muchas veces sin más alternativa que el cierre definitivo por falta de ingresos suficientes.

Rafael Rofman, uno de los máximos especialistas en demografía del país, traza un diagnóstico irrefutable a partir de la estadística que analiza: “Estamos frente a un cambio en la estructura poblacional muy importante, con familias más chicas; con menos nietos pero más abuelos; con una prolongación de la expectativa de vida que genera más requerimientos de salud por más tiempo, y una compresión de la cantidad de muertes en pocos años porque la gente vive más. La Argentina no va a crecer mucho más en cantidad de habitantes, llegará a los 50 millones y después va a retroceder. Pero sí está cambiando fuerte en su composición demográfica porque es cada vez estructuralmente más vieja”.

En definitiva, como en otros planos, el país está organizado para una configuración social que está dejando de existir y, por lo tanto, requiere de un enorme esfuerzo de readaptación, que hoy todavía no parece haber sido suficientemente interpretado. Las políticas públicas empiezan a quedar desfasadas de esta nueva realidad.

El estrés presupuestario

Donde más se siente el impacto económico de la transformación demográfica es en el plano sanitario y previsional. El PAMI, que es la principal prestadora de salud para los adultos mayores, tiene hoy 5,4 millones de afiliados, cuando antes de las moratorias que otorgó el kirchnerismo entre 2009 y 2010 contaba con 3,1 millones. Es decir, que en 15 años creció un 74% su universo de adherentes.

Pero no sólo aumentó la cantidad de afiliados, sino que se amplió la demanda acorde a una mayor expectativa de vida y a tratamientos más evolucionados. De hecho hay 2,3 millones de afiliados bajo tratamiento oncológico, diabéticos y crónicos, casi la mitad de sus beneficiarios.

Hace una década en el PAMI la tasa de uso (al menos una prestación al año) era de 40% y actualmente es de 90%. La demanda de servicios se mantiene estable para quienes tienen 70 años, pero creció mucho para quienes tienen 80, y exponencialmente para los de 90 años. Este dato es clave porque hoy ya hay 1,1 millón de afiliados mayores de 80 años e incluso 5323 personas con más de 100 años. Por primera vez en su historia, el PAMI cuenta como afiliados a una gran cantidad de padres e hijos al mismo tiempo. Hoy ambas generaciones son beneficiarias de los servicios, cuando antes la más vieja era receptiva y la más joven era aportante.

Estos datos tienen sobreestresado el presupuesto de la mutual, más allá de los esfuerzos por redistribuir fondos para concentrarse en los servicios más sensibles. Si bien tiene asignados $10 billones, el año pasado debió recibir un auxilio extraordinario del Tesoro equivalente al 8% de las partidas que tiene asignadas, según fuentes oficiales.

No menos acuciante es la situación del sistema jubilatorio, que se ha transformado en un verdadero dilema para todos los gobiernos. El gasto previsional está subiendo año a año por la movilidad jubilatoria, por los haberes nuevos y porque hay más adultos mayores. En 2025 el sistema insumió 10% más que el año previo, y en 2026 volverá a aumentar otro 10%. En 2023 representaba el 34% del gasto primario del Estado, y hoy está proyectado en 46%. A este ritmo, la caja de jubilaciones es una bomba de tiempo fiscal.

Pesan sobre estas cuentas las enormes anomalías de todo el sistema, en el cual sólo el 25% de la población que llega a la edad de retiro se jubila con el régimen ordinario y los 30 años de aportes correspondientes. Del resto, el 35% accedió a algún esquema de moratoria, y el 40% restante cobra a través de uno de los 205 regímenes especiales que existen. Un país en el que verdaderamente las excepciones son la regla. Por ahora el Gobierno decidió postergar una reforma integral del sistema, por lo que deberá seguir respondiendo a la demanda creciente desde una delicada ingeniería presupuestaria.

Distribución y producción

Junto con las tensiones que genera la transformación etaria sobre los sistemas educativo, sanitario y previsional, la sociedad argentina también experimenta otro desfasaje que tiene un altísimo impacto económico y que está cada vez más expuesto: el de la distribución de su población en relación con las regiones con mayor potencial productivo.

La Argentina es un país con una altísima concentración urbana. Según un informe de CIPPEC, 9 de cada 10 habitantes residen en ciudades, uno de los índices más altos del mundo. Esta centralización responde a un modelo económico del siglo XX, en la cual las ciudades, y en particular el AMBA, atraían a la población por su desarrollo industrial. Pero esa fotografía quedó desactualizada ante el radical cambio de perspectivas económicas, en donde el cordón suburbano aparece deprimido por la caída de la industria, la construcción y el comercio, mientras que por otro lado emerge con mucho más potencial la zona andina, gracias a la minería, y la patagónica, a partir del despegue del sector hidrocarburífero.

En un interesante informe que elaboró a fin de año la consultora Moiguer, queda retratada la reconfiguración de la matriz productiva argentina. Actualmente el 73% de la generación de dólares proviene de la agroindustria asentada en el corredor central del país, contra el 27% generado por la energía y la minería.

Sin embargo, la proyección es que para 2030, dentro de sólo cuatro años, la ecuación se invierta y la energía y la minería por primera vez en la historia superen al agro en una proporción de 53% a 47%. Esto representa un desplazamiento del epicentro productivo hacia los ejes andino y patagónico. “Se está construyendo otro país mientras seguimos discutiendo el anterior. Es un nuevo país que se está gestando desde el interior, que se refleja en un optimismo muy superior al AMBA, que es la más perjudicada por el nuevo esquema. También es un país de contrasentidos, porque no está claro cómo se va a distribuir esa nueva riqueza”, señala Fernando Moiguer, titular de la consultora.

Con esta reconfiguración productiva emergen dos desafíos relacionados entre sí. El primero, porque ni la minería ni la energía demandan tanta mano de obra como la industria o la construcción, con lo cual el potencial productivo no tiene un correlato en términos de una mejora de los indicadores laborales. Y en segundo lugar, porque como derivación no se prevé que haya un gran flujo migratorio hacia la cordillera o hacia el sur, como en el siglo pasado se produjo hacia la metrópoli. Hay algunos conglomerados, como el que rodea a Vaca Muerta, que puede aumentar la cantidad de habitantes, pero en términos proporcionales es irrelevante a escala nacional.

En consecuencia, el gran interrogante es qué va a pasar con los conurbanos, no sólo el bonaerense, que seguirán concentrando una amplia mayoría de la población, pero en un contexto de perspectivas económicas menos prometedoras.

La sociedad argentina se está transformando mucho más rápidamente de lo esperado, con tendencias que están fuera del alcance del Gobierno. Trazar una estrategia para un cambio tan estructural, que mueve el subsuelo de la matriz social y productiva, es un desafío monumental para un país acostumbrado al hipercoyunturalismo./Jorge Liotti