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La verdadera historia del sánguche de milanesa

Desde un humilde quiosco de chapa en el corazón de El Bajo hasta conquistar paladares dentro y fuera del país, la historia del sánguche de milanesa es parte de la historia de Tucumán.

Para hablar del sánguche de milanesa hay que viajar en el tiempo. Más precisamente al Tucumán de 1958. Tucumán era una provincia atravesada por vientos de cambio, donde la transición política y el impulso modernizador encontraban en la figura del gobernador radical Celestino Gelsi a uno de sus principales protagonistas.

Eran años en los que la economía giraba en torno al azúcar, mientras la obra pública avanzaba como símbolo de progreso. El dique El Cadillal, el Hospital de Niños y el aeropuerto comenzaban a redefinir el paisaje.

En ese contexto, El Bajo en San Miguel de Tucumán se erigía como el verdadero pulso urbano. Alrededor de la antigua terminal de ómnibus el movimiento era incesante: comercios, bares, cafés y el ir y venir de trabajadores configuraban la geografía popular. Allí también convivían la estación del tranvía y las oficinas de su personal en la primera cuadra de la calle Cuba.

Fue justamente frente a esas oficinas donde un modesto quiosco de chapa comenzó a escribir, sin saberlo, una página indeleble de la gastronomía local. Su propuesta era tan simple como contundente: “un pan francés con una milanesa en el medio”.

No había marketing ni pretensiones gourmet. Había hambre, apuro y sabor. Y eso bastó.

Quienes presenciaron aquellos días recuerdan filas interminables desde la madrugada, sin horarios de cierre definido, en una escena que combinaba necesidad y ritual. Aquella preparación, nacida al calor del trajín cotidiano, empezaba a transformarse en algo más que una solución rápida, se convertía en símbolo.

El cierre del sistema de tranvías marcó un quiebre. Los dueños del quiosco se trasladaron a la primera cuadra de calle Haití, en la misma vereda de la iglesia San Roque y al frente del Club Avellaneda Central. El negocio seguía funcionando, pero el clima ya no era el mismo.

Corría el año 1965 y Tucumán ingresaba en una de sus etapas más críticas. La caída del precio internacional del azúcar desencadenó una profunda crisis socioeconómica con salarios impagos, ingenios paralizados y una creciente conflictividad social. El colapso del modelo productivo se haría evidente poco después con el cierre masivo de ingenios desde 1966 y el impacto del llamado Operativo Tucumán que reconfiguró la economía provincial dejando profundas heridas sociales.

En ese escenario adverso, el pequeño emprendimiento original bajó sus persianas pero lejos de extinguirse, la llama se multiplicó.

Tres de sus integrantes decidieron continuar el legado abriendo nuevas sangucherías que con el tiempo se volverían emblemáticas: Brizuela, sobre avenida Avellaneda frente a la iglesia San Roque, El Famoso Pelao, bajo el sindicato de SOEVA, en la esquina Norte y Los Eléctricos, que aún hoy mantiene su presencia.

El sanguche de milanesa comenzó entonces su evolución. De aquella versión original surgieron nuevas variantes, con lechuga, tomate, mayonesa, mostaza o picante. Sin embargo, Brizuela supo preservar la receta original durante décadas, incluso cuando en los años 90 el sánguche explotó como fenómeno masivo de consumo.

Hoy, nombres como Brizuela y Los Eléctricos siguen vigentes, mientras que El Famoso Pelao quedó en la memoria colectiva tras su cierre hacia fines del siglo pasado.

Pero la historia no se detiene. El sánguche de milanesa ha cruzado fronteras provinciales y nacionales, instalándose en ciudades como Córdoba y Buenos Aires, e incluso animándose a dar el salto internacional.

Hablar del sánguche de milanesa —o sánguche de mila, o chegusán— es hablar de Tucumán. Es narrar una identidad construida entre el trabajo y la creatividad popular atravesada por crisis económicas y sociales. Es entender cómo a partir de un gesto mínimo puede surgir una tradición capaz de perdurar en el tiempo.

En Tucumán, el sánguche de milanesa no es solo un alimento exquisito. Es pertenencia. Es memoria. Es, para muchos, una verdadera religión pagana.