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Cristina, el dilema del peronismo. Dónde ponerla en la foto

Para finales de 2018, la mayoría de las encuestas indicaba que la crisis económica del gobierno de Macri ya afectaba seriamente sus posibilidades de reelección. Los mismos sondeos mostraban que su única chance era que Cristina Kirchner se presentara como candidata presidencial. En ese momento, se señaló lo más o menos obvio: si la expresidenta era pragmática y se corría de ese juego, era muy probable que el peronismo regresara al poder.

¿Qué tan pragmática será? Ya se conoce el truco que eligió y el resultado conseguido. Hoy, el escenario electoral que se empieza a configurar para 2027 puede ser similar al de 2019. Con un oficialismo cuya imagen positiva se acerca más al 30 que al 40% y cuyas posibilidades electorales dependan de que consiga presentar a Cristina como su contracara electoral.

El problema de la expresidenta y del peronismo es que el truco funcionó una vez. Dos, no. Y no solo porque ella está inhibida para volver a ocupar un cargo público, sino porque ningún candidato que cuente con su apoyo, explícito o implícito, resultaría competitivo.

Mantener a CFK como protagonista es clave para Milei. Esta es una verdad incostrastable.

Parafraseando aquel análisis de 2018, se podría decir que si Cristina actuara con igual pragmatismo que entonces la llevó a elegir a un crítico suyo como fachada electoral, ahora debería aceptar que el mejor opositor será quien logre captar la mayor cantidad de votos que alguna vez la eligió a ella, sin recibir de ella cercanía alguna.

Desde el kirchnerismo, la primera observación a esta hipótesis es: “¿Por qué se correría de una elección, siendo la opositora que más votos arrastra? Un político no abandona cuando lo respalda más del 20% del electorado y, sobre todo, si se trata de una mujer que está injustamente presa y necesita que el próximo gobierno la ayude a revertir esa situación”.

Una primera respuesta a ese “por qué” podría ser esta: si ella cree que lo peor que le puede pasar al país es que Milei reelija, sería correcto que actuara en función de ese objetivo trascendente, más allá de cualquier conveniencia personal.

La segunda respuesta a aquel interrogante apela a su propio egoísmo. Lo más importante para ella no sería que el nuevo presidente sea un aliado suyo, sino alguien que le abra alguna esperanza de no permanecer detenida el resto de su vida. O, al menos, sea alguien que deje de hacer de ella el chivo expiatorio de todos los males argentinos, presentes y pasados.

Balotaje entre negativas. Si la imagen de Milei no mejorara, pero el día de los comicios se tradujera en el respaldo de más del 30%, similar al que lo eligió en las PASO y en las generales de 2023, es altamente probable que ningún otro candidato logre un triunfo en primera vuelta. Todo esto condicionado a que no exista una situación socioeconómica más grave que la actual.

Ante un escenario de balotaje, el oficialismo intentará competir simbólicamente con Cristina, apostando a que su imagen negativa será superior a la de Milei.

Por eso, el desafío de cualquier opositor que quiera tener chances de ganar es no ser salpicado por la imagen de Cristina y, aun así, llegar a un balotaje con los votos de todos los que no quieren un segundo mandato libertario. Incluidos los cristinistas más devotos.

Ese es el verdadero dilema opositor. Cómo separarse de ella al punto de que resulte inverosímil cualquier intento por asociar a un candidato con San José 1111.

Axel Kicillof dice entender ese desafío y cree que su abierto distanciamiento con quien había sido su jefa será suficiente para ser quien sume sus votos, pero no su mala imagen. Ardua tarea para quien fue su ministro de Economía y quien era considerado por ella una suerte de hijo político.

La verdad posmoderna es la realidad pasada por el tamiz de la mediatización de los hechos. Para muchos, por ejemplo, él seguirá siendo el “soviético” y “zurdo de mierda” que Milei dice que es; pese a haber resultado un administrador bastante ortodoxo y reivindicar a fundadores del capitalismo como Adam Smith y, en especial, a un economista clásico como Keynes. También seguirá siendo un “chorro”, pese a que no se conocen causas en su contra y a que su estilo de vida, a diferencia de otros, no parece haber variado demasiado desde que llegó al poder.

Pero su mayor desafío no es convencer al electorado más duro que votó a Milei. Su desafío es convencer a los que no quieren a Milei, pero tampoco a Cristina, de que ella no incidirá en su eventual gobierno.

Sergio Uñac tiene el mismo dilema. Él supone que se lo percibe como un gestionador exitoso de una provincia como San Juan, un peronista moderado no asociado al kirchnerismo. Cree que, con ese posicionamiento, puede ser el candidato que sume a un abanico opositor que incluya al votante cristinista.

Acaba de pedir elecciones internas abiertas en el PJ para antes de fin de año, con la intención de competir con Kicillof y prepararse ante un anticipo de las elecciones presidenciales. Un rumor que gana fuerza a medida que crece la percepción de malestar social frente al Gobierno.

El riesgo de Uñac es que al aparecer como un candidato aceptado por Cristina (con quien mantiene diálogo), esa cercanía no le resulte “gratis”. Porque en un balotaje se lo haría pagar el 70% de la sociedad que, según todas las encuestas, no quiere volver a verla cerca del poder.

La teoría del mal menor. Hay otros que evalúan enfrentar un desafío similar. Uno es Massa. Su hipótesis es que en un escenario de fracaso caótico de la experiencia mileísta, el interés social buscaría a un “profesional de la política”. La presidencia sería su primer objetivo. La gobernación de Buenos Aires, el plan B.

Sectores sindicales y peronistas (desde Graciela Camaño hasta el secretario de Culto de Martín Llaryora, el cordobés Mariano Almada) lanzaron hace dos semanas la candidatura del pastor Dante Gebel. A diferencia de los anteriores, él supone que, aunque Milei fracase, habrá una mayoría que seguirá prefiriendo a un outsider que a un político tradicional.

También hay outsiders de origen empresarial que analizan ser candidatos de una amplia oposición con base en el electorado peronista. Hay dos (uno de mediana edad, el otro bastante mayor; ambos exitosos en sus carreras) que ya comenzaron a hacer tanteos entre dirigentes y consultores.

En cualquier caso, todos enfrentarán el mismo dilema: qué hacer con los votos anti-Milei de origen cristinista. ¿Seducirlos? ¿Enfrentarlos? ¿Ignorarlos? Y todos ellos tendrán que pensar bien qué responder cada vez que se les pregunte si dejarán libre a Cristina.

Volviendo a ella: ¿hacia dónde intentará dirigir el voto de sus seguidores?

Si finalmente aceptara que su apoyo ayudaría a un candidato para llegar al balotaje, pero luego ese mismo apoyo lo haría perder; y si concluyera en que su objetivo es que gane un líder más desarrollista que libertario (y que al menos no empeore su actual posición judicial); entonces es probable que lo que necesite sea demostrar explícitamente que esa persona nada tiene que ver con ella.

Quizá la forma más adecuada de hacerlo sería participar en una amplia interna opositora con un candidato abiertamente propio. Alguien que, al ser vencido por otro candidato percibido como anticristinista (sea o no peronista), libere al resto del “riesgo kuka” al que apelará el mileísmo.

Si por pragmatismo fuera –y si aceptara que ganando, perdería–, hasta debería apostar a una derrota digna que le allane el camino al opositor más competitivo.

Puede que la teoría del mal menor no sea la ideal para ella. Pero, en su situación, puede que sea la mejor.