Hay dolor y tristeza. La ilusión de la cuarta estrella se hizo añicos para un ciclo que se acostumbró al éxito, porque una Copa del Mundo, dos Copa América y un trofeo de la Finalissima se sumaron a las vitrinas de la selección desde que Lionel Scaloni asumió el cargo, en agosto de 2018. Observado de reojo, porque no lo acompañaban pergaminos ni un recorrido destacado en clubes de relevancia, apenas era uno de los colaboradores de Jorge Sampaoli en el Mundial 2018, construyó un equipo de época.
En lo personal, el pujatense se constituyó con 15 partidos en el entrenador que más partidos dirigió a la selección en la Copa del Mundo, aunque las estadísticas, las victorias y las vueltas olímpicas del pasado no convencían por estas horas a Scaloni en el estadio MetLife. La calma que enseñó en la cancha se convirtió en llanto durante la rueda de prensa, donde dejó entrever sus sentimientos y también que podría alejarse una vez que termine el contrato, en diciembre.
“El lugar en el que estoy es el lugar soñando para todos. Hemos intentado hasta el último momento dar el máximo como cuerpo técnico. Creo que es justo que me pueda tomar este tiempo y pensarlo. Este lugar es maravilloso, es un lugar soñado… Hay que esperar hasta diciembre, ya veremos”, la respuesta con la que Scaloni intentó esclarecer cómo será su futuro y le ofrecía poco sustento a otra definición: “Hoy nos toca la parte triste de no poder ganar… Pero hay que levantarse y seguir”.
En la charla dijo que ya había llorado en el vestuario, pero las lágrimas y el desconsuelo se repitieron: “En mi vida pensé y pensamos, como cuerpo técnico, que íbamos a estar en este lugar. Para seguir se necesita un montón de cosas. Resetearse y formar un grupo como este, que difícilmente se vuelva a formar… Me duele en el alma…”. Tres veces el llanto hizo que interrumpiera el intercambio con los periodistas, porque las imágenes y las vivencias que acumuló en ochos años, y que serán irrepetibles, se atropellaron y fueron derribando las fichas del recorrido. La emoción lo desbordó y aunque intentó continuar, miró al jefe de prensa Nicolás Novello, que hizo la señal de que se daba por terminada la última conferencia de prensa del Mundial 2026.
No es la primera vez que Scaloni pone en duda la continuidad en la selección. En noviembre de 2023, después de perder con Uruguay en la Bombonera y de ganarle a Brasil, en el Maracaná, en la ventana de las eliminatorias, sorprendió con sus declaraciones. “Una cosa importante que quiero decir: ahora quiero parar la pelota, hay muchas cosas para pensar en este tiempo. Estos jugadores nos han dado un montón a todo el cuerpo técnico y necesito pensar mucho qué voy a hacer. No es un adiós ni otra cosa, pero necesito pensar porque la vara está muy alta. Está complicado seguir, seguir ganando y estos chicos lo ponen difícil. Se lo diré al presidente [Claudio Chiqui Tapia], a los jugadores… Esta selección necesita un entrenador que tenga las energías posibles y que esté bien”, el monólogo con el que Scaloni encendió aquella noche las alarmas en Brasil, aunque las razones que lo invadían eran más personales que futbolísticas o de alguna desavenencia con el plantel o los dirigentes. El miedo por no sostener el éxito, algún achaque de salud y aquellos ACV que tuvieron sus padres, antes y después de la Copa América 2021, la combinación de factores, situaciones y circunstancias que el seleccionador no entendía como controlar.
Aquella vez, después de charlar con Lionel Messi, retornó la calma y también los triunfos. En el MetLife aseguró que ahora no dialogó con el capitán, aunque volvió a agradecerle y a destacarlo como el mejor de todos los tiempos. “Tiene 39 años y es increíble. Tenía clarísimo cómo iba a jugar en el Mundial y que sus compañeros se brindarían por él. Espero que la gente esté orgullosa del equipo, de él, porque a mi entender es el mejor futbolista de siempre. Lo que hizo en este Mundial es increíble, pero a mí lo que demostrara acá no me cambiaba nada…”, apuntó sobre Leo, que lloró cuando el grupo se paró frente a la tribuna cabecera y los hinchas corearon su nombre. Scaloni observó en cuclillas, apartado, como si contemplara el tributo que el público le ofrecía a sus gladiadores, los que desataron festejos en Estados Unidos, pero también alegrías en la Argentina con sus victorias.
Una rara mezcla de frustración, pero con la satisfacción de haberse prodigado hasta el final, fue la sensación que rodeó a todos: jugadores y cuerpo técnico. La final con España resultó una prueba futbolística, de carácter, y de cómo actuar frente a un escenario que mutó a lo largo del tiempo regular y del suplementario. No alcanzó, no tuvo respuestas, solo el arrojo del final, con el resultado desfavorable. Las lesiones de Lisandro Martínez y de Cuti Romero y la expulsión de Enzo Fernández alteraron el desarrollo. Los cambios no influyeron como en las semifinales con Inglaterra, y la planificación, tampoco.
“Es muy difícil reprochar algo, es muy difícil llegar hasta acá. Un equipo en dificultad que estuvo luchando hasta el último minuto. Los jugadores dando el máximo ante un rival que nos puso las cosas difíciles”, apuntó Scaloni en el campo de juego, una continuidad del mensaje que ensayó antes del partido, cuando anticipó que la tropa estaba tocada por múltiples razones: descanso, dolencias… “No saben con todo lo que nosotros tuvimos que lidiar”, expuso, y la frase refería al crítico estado físico con el que el grupo arribó al búnker de Kansas City: diez de los 26 nombres convocados para el Mundial arrastraban lesiones, escaso rodaje. Los hilos se cortaron en el día menos oportuno, aunque la problemática estuvo latente en todo el recorrido.
“Lesiones en puestos claves que no esperábamos… Cambiamos tres de cuatro jugadores de la defensa. El desgaste fue enorme, los chicos llegaron lo mejor posible, pero con un equipo así [por España], si no llegás en las mejores condiciones lo pagás. Fuimos sorteando obstáculos y demasiadas cosas, la primera es que el rival juega bien… Después los cambios nos fueron cambiando la idea: los que hicimos fue por lesiones y no los retoques que queríamos. Pero un reproche por lo de hoy no me lo permitiría en mi vida. Solo palabras de agradecimiento para el grupo y ojalá que podamos repetir alguna vez lo conseguido. Duele no haber podio competir a nivel futbolístico, pero no tengo mucho más que agregar”, relató Scaloni, que siempre se mostró orgulloso por cómo compitió el grupo a lo largo del Mundial y en estos años.
“¿Difícil repetir ser campeones del mundo? Difícil es llegar hasta acá. En la manera que llegamos no me arrepiento de nada. Se merecen más… Más difícil es hacerle entender a la gente que disfrute un subcampeonato, pero si hubo un momento en que creíamos era porque la gente nos llevó… Sepamos que es un triunfo también. Yo deseo que la gente sea consciente de lo que conseguimos y de sus formas. Yo le agradezco a este grupo, porque fueron guerreros: siempre compitieron. Los futbolistas españoles nos decían que los sorprendía cómo competimos. Ojalá las futuras generaciones se hagan eco de esto, porque el ADN para competir lo tenemos“, expresó Scaloni, que recibió la medalla del presidente estadounidense Donald Trump, saludó con un apretón de manos y ensayó un corto intercambio de palabras con el rey Felipe VI y se abrazó con Tapia.
El orgullo por el modo de competir y la integridad del grupo, el liderazgo y la estrella de Messi, elementos que siempre relucieron en el ciclo de Scaloni. Por esa razón, con la derrota consumada, con los jugadores españoles desatando el festejo y las corridas alocadas por la conquista de la segunda estrella -la anterior en Sudáfrica 2010-, intervino en el tumulto entre futbolistas que incluyó empujones, cruces verbales, forcejeos… Esa no era la imagen que quería, después de los éxitos y de ser reconocido mundialmente, tampoco la que pudiera resultar la última al frente de la selección en una Copa del Mundo.
