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El abogado que eligen los arrepentidos K

Víctor Manzanares, el primer arrepentido que complicó a Cristina Kirchner, conoció a su abogado, Roberto Herrera, en el pabellón de Marcos Paz. El letrado iba y venía con papeles y anotaciones que le llevaba a un cliente: Natividad Roger Terán, ex intendente de Itatí condenado por corrupción.

“¿Por qué mi abogado nunca me trae un papel?”, se preguntó Manzanares al ver a Herrera. “Es que vos no tenés una defensa propia”, lo avivaron en el penal. Hasta allí, el contador K era representado por Carlos Beraldi, el abogado de Cristina Kirchner, mucho más preocupado por la situación judicial de la ex presidenta que por la suya.
Manzanares hizo el primer acto de rebeldía en muchos años contra la familia Kirchner: rompió el poder que le había otorgado a Beraldi y contrató a ese ignoto abogado que entraba y salía de Marcos Paz cargado de papeles.
A Manzanares pronto se le sumó el valijero, Leonardo Fariña. Herrera empezaba a perfilarse como el defensor de los arrepentidos de la década kirchnerista. Y un tiempo después, a pesar de que con su trabajo había complicado mucho a la familia Báez, se agregó a su cartera de clientes el hijo menor de Lázaro, Leandro, con el que actualmente prepara un juicio que se inicia en febrero. También asesoró por un año a Norma Calismonte, la ex esposa del empresario K.
Al abogado no le tocó un perfil fácil: sus clientes fueron parte de la corrupción kirchnerista o al menos vivieron de sus frutos, y luego quedaron afuera por distintos motivos.
Protagonista. A Herrera lo puso en el centro de la escena Cristina hace un par de semanas, cuando en un tuit citó declaraciones suyas para instalar la versión de que los arrepentidos fueron extorsionados, su último argumento en contra de la Causa de los Cuadernos.
“Si no me creés, mirá lo que dijo Roberto Herrera, abogado de uno de esos ‘arrepentidos’”, escribió Cristina y citó una declaración del letrado en TN sobre Manzanares: “Cuando él declara, estuvo en un lugar de detención que es Cavia, 28 o 30 días, en un lugar donde estaba aislado de todo el mundo con un reflector las 24 horas´”. La ex presidenta volvió a la carga: «Esto ya no es lawfare: es persecución política con métodos propios de las dictaduras”.
Herrera, que funciona además como portavoz de Manzanares, quien por cuestiones familiares prefiere conservar el perfil bajo, debió explicarse. “Me dio mucha tristeza que la ex presidenta compare esta situación que le pasó a Manzanares con la época más oscura de nuestro país”, indicó luego del tuit de Cristina. “Claramente no es verdad. Ya estaba cerrado el acuerdo, no necesitaba más nada para hablar”, completó.
No fue la primera vez que Herrera sintió la presión de estar trabajando en las causas de corrupción más importantes del país. Ni siquiera la más violenta: en marzo del 2020 denunció que le dispararon sobre su auto desde una moto cuando llegaba a la casa de la madre de su hija. “Ojo con lo que van a hablar de Lázaro. No te hagas el boludo”, le dijeron. Acto seguido, uno de ellos apuntó al guardabarros de su Audi A4, gatilló y huyó. El agujero de la bala quedó en la chapa, como un recordatorio de la gravedad de los expedientes que mueve.
Carrera ascendente. Por su formación, de todas maneras, Herrera no es un abogado fácil de amedrentar. Nació en Villa Celina, en La Matanza. Su primer estudio fue en Mataderos, lo siguió una oficina en Tapiales hasta conseguir el upgrade: hoy tiene despacho en la World Trade Center II de Puerto Madero.
Tiene 53 años. Empezó a estudiar abogacía en el 2000 en la Universidad de Morón y recién pudo recibirse en 2016, pero eso no fue un impedimento para formar su estudio. Aún sin el título colgado en la pared, llegó a tener un bufet de siete abogados trabajando para él mucho tiempo antes de haber egresado.
Se transformó en una especie de empresario del derecho por azar. O por busca. Conocidos suyos, pibes que robaban en las inmediaciones del Mercado Central, supieron que Roberto de Villa Celina estaba estudiando abogacía y lo empezaron a llamar. Él podría haberlos derivado, pero no lo hizo: contrató a su profesor de derecho penal y se llenaron de causas. De poca cuantía, pero muchas. Fue su primera incursión por los tribunales.
“Yo no sé cómo llegué acá”, le suele decir como una broma a sus clientes. Y no tan en broma. Herrera pasó, en un par de décadas, de ser vendedor ambulante a estar involucrado en las causas más renombradas del país. “Vendía ristras de ajos en la calle. Yo las pasé todas”, agrega cuando le preguntan por la presión que le puedan ejercer la ex presidenta y compañía.
Mientras tiene a Manzanares y Fariña excarcelados, ahora la máxima preocupación está sobre Leandro Báez. El hijo menor de Lázaro se encamina a un juicio oral en el inicio del 2026 por una millonaria compra de lana que desapareció. El detalle: su padre, Lázaro, intentó ser querellante en su contra, pero la Justicia no se lo permitió.

Su fama se acrecentó desde la Ruta del Dinero K y la Causa Cuadernos. Sus apariciones en los medios le significan nuevos clientes. Pero él justifica su éxito con el esfuerzo. “Si yo te agarro, te defiendo con uñas y dientes”, promete. Es lo que dice estar haciendo con sus tristemente célebres clientes.