En historias de lotería aparece una idea repetida: la “maldición del ganador”, cuando un premio gigantesco desordena la vida. A Bruno Caloone le pasó algo así: en Francia tocó millones de un día para el otro y, con los años, el destino lo empujó a un escenario impensado.
Su caso se volvió tema nacional en los 90, cuando se llevó el mayor premio del Loto de Francia. Décadas después, siguió en su ciudad natal y terminó en una vivienda de alquiler social. Él rechazó la etiqueta de “arruinado” y lo contó sin vergüenza: para él, el cambio no definió su valor personal.
En 1995, Bruno Caloone, vecino de Hazebrouck (en el norte del país), saltó a la fama por un sorteo histórico. Hasta entonces era empleado bancario, estaba casado y tenía dos hijos, una vida común que quedó en pausa cuando la suerte lo eligió.
El 3 de diciembre de ese año validó su boleto en un bar local y ganó 70 millones de francos, una cifra que hoy equivaldría a unos 16 millones de euros. La noticia explotó en la tele y lo convirtió en una figura reconocible, entrevistado por TF1, el canal más visto del país.
El contexto también potenció el impacto: mientras el Gobierno de Alain Juppé enfrentaba huelgas y tensión social, el premio sonó como una bomba en la conversación pública. En su pueblo, el lugar donde jugó se llenó de curiosos y él quedó marcado como “el hombre con más suerte”.
A diferencia de otros ganadores que se encierran, eligió repartir. Hizo donaciones, ayudó a gente cercana y se embarcó en planes ligados a su pasión por las carreras de caballos: sostuvo una cuadra con varios ejemplares y organizó salidas en micro a hipódromos, con actividades y premios durante el viaje.
Con el tiempo, la generosidad se combinó con apuestas empresariales que no le salieron bien. En 1997 tomó el control de Labis, una mayorista de carne porcina en crisis, y puso dinero para sostener puestos de trabajo. Pero el mercado y el retiro del respaldo bancario terminaron en la liquidación de la firma en 2004, con una pérdida personal enorme.
Después probó proyectos fuera de Francia: financió una panadería francesa en Sarajevo tras la guerra en Bosnia y promovió viajes en avión a Croacia. Ninguna iniciativa prosperó. Tras el cierre de Labis pasó por etapas de cambios fuertes —como el divorcio y la venta de su casa— y colaboró con una asociación de reintegración social antes de jubilarse, según contó La Voix du Nord.
