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Encuentran una asociación entre el agua de pozo y el Parkinson

La edad del agua subterránea podría ser un factor ambiental en el riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson, según una investigación preliminar que identificó una relación entre el origen del agua potable y la incidencia de esta patología neurodegenerativa en distintas regiones de Estados Unidos.

El estudioserá presentado en la 78° Reunión Anual de la Academia Americana de Neurología en abril de 2026 en Chicago y establece que los habitantes cuyas fuentes de agua provienen de acuíferos de formación reciente, recargados por precipitaciones en los últimos 75 años, presentan una mayor vulnerabilidad frente al Parkinson, en comparación con quienes consumen agua de acuíferos antiguos o menos expuestos a contaminantes superficiales.

Según los resultados del estudio, las personas que consumían agua de sistemas municipales o pozos privados alimentados por acuíferos carbonatados enfrentaban un 24 % más de riesgo de sufrir Parkinson en comparación con quienes recibían agua de otros tipos de acuífero, incluso después de ajustar factores como edad, sexo, ingresos y polución atmosférica.

La autora del estudio, Brittany Krzyzanowski, doctora del Instituto de Investigación Atria en Nueva York y miembro de la American Academy of Neurology, dijo que “una forma de examinar nuestra exposición a la contaminación moderna es a través del agua potable”.

Krzyzanowski señaló que las aguas subterráneas más recientes, creadas por las precipitaciones caídas en los últimos 70 a 75 años, han estado expuestas a más contaminantes. Las aguas subterráneas más antiguas suelen contener menos contaminantes porque suelen ser más profundas y estar mejor protegidas de los contaminantes superficiales. «Nuestro estudio reveló que la edad y la ubicación de las aguas subterráneas constituyen un posible factor de riesgo ambiental para la enfermedad de Parkinson“.

Según la Fundación de Parkinson de EEUU, la enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo que afecta a las neuronas productoras de dopamina, un neurotransmisor o “mensajero químico” responsable de los movimientos normales del cuerpo, en un área específica del cerebro llamada sustancia negra. Aunque las causas aún son en gran parte desconocida, los científicos creen que se debe a una combinación de factores genéticos y ambientales.

La investigación incluyó a 12.370 personas diagnosticadas con Parkinson y a más de 1,2 millones de individuos sin la enfermedad, emparejados por edad, sexo, raza y etnia.

Todos residían a menos de cinco kilómetros de 1.279 puntos de muestreo de aguas subterráneas distribuidos en veintiún grandes acuíferos de Estados Unidos.

Los científicos examinaron la edad del agua del subsuelo y el tipo de acuífero —como los carbonatados y los glaciares— para determinar la exposición potencial a contaminantes neurotóxicos.

Un acuífero es una capa subterránea de roca porosa, limo o arena que retiene y transporta el agua subterránea.

El estudio halló que consumir agua de acuíferos carbonatados eleva un 24 % el riesgo de Parkinson frente a otros tipos de acuíferos.

La diferencia es aún más marcada si se compara con los acuíferos glaciales: los usuarios de acuíferos carbonatados tenían un 62 % más de riesgo de desarrollar la enfermedad que los consumidores de agua extraída de acuíferos formados por el avance y retroceso de glaciares hace más de 12.000 años.

Entre los casos de Parkinson, 3.463 obtenían agua de acuíferos carbonatados, 515 de acuíferos glaciales y 8.392 de otros acuíferos.

Entre las personas sin Párkinson, 300.264 obtenían agua potable de acuíferos carbonatados, 62.917 de acuíferos glaciales y 860.993 de otros acuíferos.

El estudio no prueba que las aguas subterráneas más recientes causen la enfermedad de Parkinson; solo muestra una asociación.

El análisis muestra que en los acuíferos carbonatados, por cada desviación estándar de incremento en la edad del agua, el riesgo de Parkinson disminuyó aproximadamente un 6,5 %.

Además, el consumo de agua subterránea recargada en los últimos 75 años en sistemas carbonatados se asocia con un 11 % más de riesgo frente al agua formada hace más de 12.000 años en acuíferos glaciales.

Krzyzanowski fundamenta que en los acuíferos carbonatados la diferencia entre agua antigua y moderna es más palpable debido a la mayor susceptibilidad del sistema a la contaminación superficial,

gracias a los flujos rápidos a través de fracturas y canales del sustrato calcáreo. A diferencia de los sistemas glaciales, que favorecen un flujo difuso y la filtración natural, estas características reducen los contrastes entre agua reciente y antigua en términos de contaminación.

En Estados Unidos, los acuíferos carbonatados predominan en regiones del Medio Oeste, el Sur y Florida, mientras que los acuíferos glaciales son característicos del Alto Medio Oeste y el Noreste. En el grupo sin Parkinson, 300.264 personas consumían agua de acuíferos carbonatados, 62.917 de acuíferos glaciales y 860.993 de otros tipos.

Krzyzanowski indicó que la información sobre el origen del agua potable puede obtenerse en la compañía local de suministros o en recursos hídricos estatales y del condado, en el caso de pozos privados. Recalcó la experta: “Este estudio pone de relieve que el lugar de procedencia y la edad del agua potable pueden moldear la salud neurológica a largo plazo”.

Una de las limitaciones reconocidas por la autora es que se presupone que todos los residentes en un radio de cinco kilómetros del punto de muestreo consumen agua con iguales características de edad y composición, lo que podría introducir cierta imprecisión en los resultados.

La investigación remarca la relevancia de considerar el origen y la antigüedad del agua subterránea como posibles factores ambientales modificables en la prevención del Parkinson, y subraya la importancia de aumentar los estudios que unan el conocimiento hídrico y la salud cerebral.