Hay noticias que parecen sacadas de ciencia ficción y resultan ser verdad. Esta semana, la startup australiana Cortical Labs publicó un video que circuló en medios de todo el mundo: su dispositivo CL1 jugando Doom.
No una inteligencia artificial simulando neuronas. Son neuronas humanas reales, cultivadas en laboratorio, montadas sobre un chip de silicio, aprendiendo a navegar un entorno y disparar enemigos. El titular parece un chiste. No lo es.
El CL1, presentado en el Mobile World Congress de Barcelona en marzo de 2025, es la primera computadora biológica comercializable del mundo. En su núcleo hay 800.000 neuronas humanas derivadas de células madre reprogramadas a partir de muestras de piel y sangre de donantes adultos, según documentó IEEE Spectrum.
Esas neuronas crecen sobre una matriz de electrodos que envía impulsos eléctricos y registra sus respuestas en tiempo real.
Para la demo de Doom se usaron unas 200.000 neuronas que recibieron información del juego convertida en señales eléctricas, la procesaron y generaron acciones: moverse, apuntar, sobrevivir. Es una demostración pública, no un estudio revisado por pares. Conviene anotarlo. Lo que sí está peer-reviewed es el antecedente: en 2022, el mismo equipo publicó en la revista científica Neuron cómo cultivos similares aprendieron a jugar Pong en minutos, autoorganizándose sin instrucciones explícitas. El CL1 es la evolución comercial de ese hallazgo.
La industria tecnológica lleva dos años discutiendo el consumo eléctrico de la IA. Los clusters que entrenan modelos grandes queman megavatios. El cerebro humano, en cambio, opera con aproximadamente 20 vatios —lo que consume una bombilla de bajo consumo. Es el procesador más eficiente que cuatro mil millones de años de evolución han producido.
Un rack completo de 30 unidades CL1 consume menos de un kilovatio combinado, según confirmó el director científico Brett Kagan. No compite con las GPU de Nvidia. Apunta a una clase distinta de problemas —robótica adaptativa, descubrimiento de fármacos, modelado de enfermedades neurológicas— donde la eficiencia y la capacidad de aprender con pocos datos importan más que la potencia bruta.
Neuralink quiere insertar electrodos de silicio dentro del cerebro humano. El procesador biológico ya existe; lo que falta es conectarlo a las máquinas. Cortical Labs hace exactamente lo opuesto: toma el tejido biológico y lo lleva al silicio. El cerebro no se conecta a la máquina —el cerebro es la máquina.
Hoy parecen proyectos antagónicos. Probablemente no lo sean a largo plazo. La historia tecnológica está llena de trayectorias que parecían opuestas y terminaron convergiendo. Cuando dos caminos resuelven el mismo problema fundamental —la interfaz entre inteligencia biológica y computación digital— la pregunta no es cuál ganará, sino cuándo se fusionarán.
Cortical Labs vende el CL1 a 35.000 dólares por unidad. Pero su movimiento más audaz es Wetware as a Service: acceso remoto vía nube a cultivos neuronales vivos por 300 dólares semanales, sin necesitar laboratorio propio. Es un modelo de suscripción donde el servidor son neuronas humanas. Entre sus inversores figura In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo vinculado a la CIA —señal de quiénes están prestando atención.
Los cultivos neuronales del CL1 no tienen estructura que se asemeje a la conciencia. Los bioéticos del equipo lo confirman. Pero la pregunta obvia persiste: ¿qué pasa cuando escale? Nadie lo sabe todavía —y esa honestidad es, paradójicamente, señal de rigor.
La humanidad acaba de construir, vender y poner en producción una computadora hecha de tejido humano vivo. El marco regulatorio para eso no existe. La conversación debería haber empezado ayer.
La carrera tecnológica de los próximos años no va a decidirse solo entre quién tiene más transistores. Va a decidirse entre quién entiende que la biología no es el pasado de la computación —es su frontera más inexplorada.
Cortical Labs acaba de plantar una bandera ahí. Y lo hizo, por cierto, enseñándole a un puñado de neuronas a jugar Doom.
