La falta de deseo sexual es uno de los motivos de consulta más frecuentes en sexología. La psiquiatra y sexóloga clínica Federica Hansen propone un cambio de enfoque: pensar el deseo desde la “neuroplasticidad erótica”, la capacidad del cerebro de transformarse a lo largo de la vida según las experiencias y los vínculos.
“El deseo no es algo fijo, que se tiene o se pierde para siempre. Es una función cerebral que puede modelarse, reaprenderse y transformarse”, explica Hansen a Clarín, quien integra la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH), es vicepresidenta del Capítulo de TDAH de la Asociación Argentina de Psiquiatras, docente de posgrado y miembro del staff de Consexuar.
– ¿De qué se trata la “neuroplasticidad erótica” y por qué cambia la forma en que entendemos el deseo sexual?
– La neuroplasticidad nos da la posibilidad de pensar el deseo como parte de una función cerebral que puede modificarse a lo largo de la vida. Nadie es el mismo a los 20 que a los 40 ó 60. El cerebro tiene la capacidad de modelarse y reestructurarse: se producen nuevas conexiones neuronales e incluso, en algunas áreas, neurogénesis.
Llevado al deseo sexual, esto cambia la forma de entenderlo porque vivimos en una cultura de la inmediatez, donde muchas personas llegan a la consulta preguntando por “la pastilla para el deseo”. Pero el deseo no funciona así: si existiera una pastilla universal, todos tendríamos el mismo deseo.
Así que hay que empezar a desandar muchas creencias. Desde la neuroplasticidad erótica, entendemos que el deseo no es algo estático, sino una función que puede modificarse, ampliarse y resignificarse a lo largo de la vida.
– ¿Por qué muchas personas sienten que “perdieron” el deseo?
– El deseo tiene una base neurobiológica en la que intervienen hormonas, dopamina y otros neurotransmisores. Pero todo lo que vivimos impacta en el cerebro. Muchas veces vemos la falta de deseo, pero no observamos lo que lo está inhibiendo.
Porque si vos te encontrás con una persona que trabaja doce horas por día, tiene problemas laborales y de pareja, tiene hijos chiquitos y está en función de cuidadora de sus padres, antes que pensar en los factores que pueden favorecer el deseo, tenemos que replantearnos qué lo inhibe. Porque en ese contexto, el cerebro entra en modo supervivencia. Y cuando el cerebro está enfocado en sobrevivir, el deseo se apaga.
También influye la autoestima sexual. Es difícil tener deseo cuando una persona no se siente deseable o no se gusta a sí misma. La valoración que uno tiene de su ser e identidad influye mucho más de lo que solemos reconocer.
– En ese contexto, ¿qué ocurre en el cerebro cuando el estrés se vuelve crónico?
– El estrés agudo es necesario porque nos prepara para reaccionar ante situaciones difíciles. El problema es cuando ese estado se vuelve permanente. Se activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, aumenta el cortisol y se “apagan” todos los circuitos que tienen que ver con el placer; el cerebro prioriza funciones básicas como comer, dormir y salir a pelearla. Este estrés crónico genera neuroinflamación (que cada vez más estudios dicen que afecta a todo el cuerpo, y genera ansiedad y depresión). ¿Qué lugar hay para el deseo?
– ¿Cómo se reactiva ese deseo sexual, desde el punto de vista de la neuroplasticidad?
– Primero hay que apagar los incendios. Además del estrés, están los factores biológicos, las enfermedades clínicas, y el momento fisiológico de cada persona (y hago más hincapié en las mujeres, porque la menopausia es ineludible).
Habrá que rever los tratamientos que puedan estar afectando la sexualidad; supongamos que éste no se puede modificar (por ejemplo, alguien que está transitando un cáncer o una menopausia muy sintomática): se trabaja desde lo biológico, y también desde lo sexológico, para empezar a fomentar el erotismo.
Habrá que trabajar todo eso para darle lugar a la fantasía, el placer y la conexión con las emociones buenas, y con el otro. También es necesario darse tiempo para el deseo: no es “me voy a dormir y tengo que tener deseo”.
– ¿Cuáles son los recursos para trabajar esto, en el consultorio y en casa?
– El abordaje incluye técnicas sexológicas que comienzan por el autoconocimiento. Hay personas que nunca en la vida se tocaron o se masturbaron, o dejaron de hacerlo con el paso del tiempo. Aparece el “¿para qué? Si ya me conozco”, y probablemente lo que uno conocía o le gustaba a los 20, no es lo que le gusta a los 30, 50 ó 70.
“¿Cómo yo me voy a tocar si ya estoy viejo/a?”, me dicen. En general, el hombre no deja de masturbarse, pero en la mujer hay otras implicancias: empiezan a aparecer excusas, los tiempos de la casa, los chicos… Entonces se trabaja en “¿qué es lo que me gusta ahora? ¿Me puedo dar el lugar a descubrir otras zonas erógenas?”
Si yo voy a ir buscando “excitación y orgasmo” igual que cuando tenía 20 años, pierdo. Esa persona se va a ir frustrada y va a sentir que no hay nada, porque se requiere más tiempo para encontrarse con el deseo, para fantasear y tener conexión con el otro. Uno llega a la cama como vive.
A veces el deseo está disminuido porque no se lo permiten: “doctora, ¿cómo voy a querer si yo ya soy abuela de seis nietos?” Es preciso darse permiso. ¡No sabés lo difícil que es que un paciente se permita tener ganas!
– ¿Y respecto de “la pastilla para el deseo”? Decías que uno de los mitos más extendidos es pensar que la falta de deseo se soluciona únicamente con una intervención farmacológica u hormonal…
– Es que si bien las hormonas influyen en el funcionamiento sexual, el deseo no es un reflejo hormonal directo: es una función cerebral compleja que integra biología, emociones, historia personal, contexto relacional y aprendizaje.
Cuando se busca “una pastilla para el deseo” sin revisar estas dimensiones, suelen ocurrir dos cosas: la respuesta es parcial o nula, lo que aumenta la frustración; y se refuerza la idea de que el problema está “en el cuerpo”, y no en la experiencia.
Desde la neuroplasticidad erótica, el abordaje más efectivo es multidimensional. El deseo no se activa por orden química, sino por sentido, contexto y experiencia. En muchas ocasiones es necesario implementar tratamientos hormonales y reevaluar los tratamientos farmacológicos con opciones que sean terapéuticas, pero que no impacten negativamente en el deseo sexual.
– ¿Y cuáles dirías que son otros errores frecuentes cuando se intenta recuperar el deseo?
– Uno de los malentendidos más frecuentes es creer que el deseo sexual se puede activar por voluntad, insistencia o estímulo externo. Desde la neuroplasticidad, esto no solo es ineficaz, sino que puede reforzar los circuitos que inhiben el deseo.
Uno de los errores más comunes es convertir el deseo en una obligación. Cuando el deseo se transforma en un “deber” (para sostener la pareja, cumplir con una expectativa o evitar conflictos), el cerebro lo registra como una exigencia. Pero el deseo no aparece bajo mandato: cuanto más se exige, más se inhibe.
Otro error es pensar que el problema es únicamente individual, pero muchas veces la consulta aparece por la presión de la pareja o por expectativas sociales sobre cómo debería ser la sexualidad.
Por otra parte, muchas personas intentan “reactivar” el deseo sumando técnicas, juguetes o estímulos, sin modificar el entorno emocional o el nivel de estrés. Sin disponibilidad mental, la novedad no excita: se vuelve una tarea más.
