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Jóvenes argentinos: entre Milei y el desencanto democrático

Los jóvenes fueron indudablemente los protagonistas principales del triunfo de Javier Milei en 2023, no sólo porque lo votaron en forma mayoritaria, sino porque además se transformaron en propagadores de su mensaje a través de las redes sociales. Le permitieron perforar la muralla de apatía y desilusión que amplios sectores de la sociedad habían levantado para no escuchar más a una dirigencia política que había llevado el país a una crisis estructural. El único que logró atravesar esa cortina de indiferencia fue el líder libertario, y a partir de ahí sustentó su victoria disruptiva.

Los jóvenes siguen siendo el sector más influyente a la hora de establecer dinámicas sociales y definir la agenda pública. Han recobrado una relevancia fundamental para el funcionamiento democrático, ya no en los actos políticos como en la primavera alfonsinista, ni en los patios militantes del kirchnerismo, sino en el ecosistema digital. Su protagonismo deriva esencialmente de su mimetización con el mundo de las plataformas, las redes y la inteligencia artificial, que hoy marcan el ritmo de la conversación social.

Sin embargo, después de más de dos años de gestión de Milei, la fotografía no es exactamente la misma que en 2023; mantiene algunos rasgos similares, pero se visualizan también mutaciones, producto de dos procesos convergentes. Por un lado, el natural desgaste de las ilusiones iniciales del proyecto libertario; y por el otro, la carencia absoluta de propuestas alternativas.

En el Gobierno manejan una encuesta que revela claramente el retroceso que experimentaron en el segmento joven. El pico de adhesión se produjo en febrero de 2025, cuando un 70% de quienes tenían entre 18 y 25 años se manifestaban a favor de los libertarios. El 14 de ese mes se produjo el lanzamiento de la criptomoneda $LIBRA, que derivó en la primera causa judicial que salpicó al Presidente y a su hermana Karina, y desde ahí la tendencia se revirtió y el oficialismo empezó a caer.

Según ese relevamiento de la Casa Rosada, hoy la opinión favorable de los jóvenes llega al 46%, mientras que un 49% está en contra. Siguen siendo números muy sólidos para Milei, que todavía lo muestran como un líder convocante para la mitad de esa franja etaria, pero ya no ejerce la hegemonía del principio. “Hoy es más difícil para nosotros mantener un acompañamiento digital y pedirles a nuestros jóvenes que apoyen a Adorni o que banquen recortes en los fondos para discapacidad. Demostramos que no somos el proceso renovador tal como ellos imaginaban”, admite uno de los estrategas del oficialismo.

Pese a ello, los jóvenes son los que más aprueban la gestión del Gobierno. Según un trabajo de TresPuntoZero y La Sastrería, el 42,2% de los que tienen entre 16 y 29 años lo evalúan en forma positiva, pero cuando se sube en la escala etaria, desciende la aprobación, al 35,9% entre los que tienen más de 50 años, y al 19,6%, para los que se encuentran entre los 30 y los 49 años. “El Gobierno perdió al menos 10 puntos de adhesión entre los jóvenes, pero el Presidente sigue anclado en la preferencia juvenil”, discierne Shila Vilker, una de las responsables de la encuesta.

Además, dentro de los que apoyan a Milei, los sub-30 son los que mantienen más altas sus expectativas de mejora en los próximos meses. La consultora Moiguer los ubica como los más optimistas sobre un futuro favorable, con un 52%, frente a un promedio del total de la población del 46%. Son los jóvenes que se sienten protagonistas de los acelerados cambios sociales, que creen que pueden aprovechar las oportunidades de esas transformaciones, y que están dispuestos a gastar lo que tengan para ir a un recital o hacer un viaje.

Dentro de ese universo, el aval al Presidente se mantiene siempre mucho más firme entre los varones que entre las mujeres (un trabajo muy interesante de la fundación alemana Heinrich Böll indagó en la identidad libertaria de votantes masculinos de LLA, y encontró sutiles diferencias entre los jóvenes de 16 a 20 años, más movilizados por posicionamientos culturales y antifeministas; y los de 20 a 25 años, atraídos principalmente por factores económicos, como la estabilidad y el rechazo al gasto ineficiente).

En uno de sus momentos más delicados en cuanto a imagen pública, la figura de Milei sigue siendo el factor más intenso de identidad para los sub-30, porque representa muchos de los valores con los que se asocia ese segmento: libertad, antisistema, universo digital, emprendedurismo, individualismo. Estos conceptos han desplazado a otros que parecían muy arraigados, como igualdad, comunidad, solidaridad, derechos, república. Estas ideas hoy están sin representación frente al electorado juvenil.

Si bien el macrismo tuvo su momento de sintonía con universitarios y profesionales de las franjas medias y altas, el peronismo es el que más sufre este déficit, porque históricamente resultó la fuerza más atractiva para amplios bolsones juveniles, sobre todo de sectores populares. El fracaso del último gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, el envejecimiento de La Cámpora y las disputas internas, lo dejaron sin narrativa frente a los sub-30, que tampoco vivieron la época dorada del kirchnerismo. El peronismo actual luce viejo y sin poder sintonizar con la idea de modernidad. La tentación de apelar a utopías retrospectivas no provoca ninguna seducción en un grupo etario que está preocupado por su presente absoluto.

“El sector mayoritario está con Milei, y el que se enoja con Milei, se repliega en sentimientos nacionalistas: Malvinas, el Mundial, la reargentinización de ciertas costumbres y hábitos. Pero eso no lo estamos capitalizando nosotros, no logramos representarlos. Perdimos hace mucho el vínculo con los jóvenes”. El diagnóstico pertenece a un referente de la estructura de Axel Kicillof.

Por esa razón, quienes no se sienten identificados con el Gobierno, o se desencantaron con Milei, habitan en un inmenso valle, en donde el único rasgo común es la desilusión democrática. La profunda percepción de que el sistema no tiene alternativas para aportarles y que la única solución a sus problemas surgirá de su propio esfuerzo. Sólo ellos podrán encontrar una salida al laberinto en el que se encuentran.

Y en este sentido, la elección del año pasado dejó un dato verdaderamente revelador: los votantes de entre 18 y 30 años tuvieron un nivel de ausentismo que casi duplicó al de los electores adultos, al promediar el 34,4% de inasistencia, de acuerdo con datos oficiales elaborados por la Cámara Nacional Electoral. Es decir, uno de cada tres se quedó en su casa.

No sólo fue el grupo etario con menor concurrencia a las urnas el año pasado, sino que además representó el sector en el que más creció el ausentismo respecto de la elección de 2023, cuando la inasistencia joven promedió el 29,8%. Esto constituye un crecimiento de casi 5 puntos entre una elección y otra. Si bien hay diferencias entre una elección legislativa y otra presidencial, lo cierto es que en los otros segmentos el incremento fue mucho menor, y en la franja de los 50 y de los 60 años no hubo brecha entre los dos comicios.

Aparecen en estos indicadores indicios incipientes de una desafección institucional en una comunidad muy gravitante. Son generaciones para las cuales la democracia simboliza un estado natural, no el resultado de una resistencia contra la dictadura. Por eso son tributarios de una visión mucho más instrumental y menos romántica de lo que representa la democracia. Desde ese prisma, si la democracia no resuelve los problemas concretos, pierde su sentido último.

Amnistía Internacional realizó junto con la consultora Dynamis, de Ana Iparraguirre, un estudio entre jóvenes por los 50 años del golpe de Estado de 1976. Un 92% dijo que vivir en democracia es “muy o algo importante”. Es decir, el sistema no está en cuestionamiento. Sin embargo, cuando a los encuestados de entre 16 y 30 años le preguntaron “qué tan satisfecho estás con el funcionamiento de la democracia en la Argentina”, sólo el 51% se expresó “satisfecho”, contra un 46% que se definió como “insatisfecho”. Lo que está en cuestionamiento son las prestaciones del sistema.

En ese mismo trabajo hay un dato que puede ser una señal de alerta: un 39% expresó que “le parece mejor” un sistema que garantice crecimiento económico, “aunque no se puedan elegir las autoridades ni expresarse libremente”, y un 30% dijo estar dispuesto a esa resignación, pero a cambio de que se garantice seguridad para todos los ciudadanos. Para quienes respondieron de ese modo, la democracia carece de valor si no responde a sus preocupaciones más inmediatas.

En este sentido, la dificultad para acceder a una vivienda es absolutamente determinante en el ánimo juvenil, porque representa la mayor aspiración para proyectar un futuro. La suba de los alquileres y la falta de acceso al crédito se transforman así en obturadores de expectativas. Es otro factor de irritación que estimularon las creatividades hipotecarias de Manuel Adorni y la flexibilidad crediticia del Banco Nación con un grupo de funcionarios.

El sociólogo Pablo Semán, uno de los que más estudió los cambios sociales que precedieron a Milei, identifica varios factores que están haciendo crisis en los sectores juveniles más desencantados. Por un lado, la percepción de amenaza laboral por los cambios bruscos en el mundo del trabajo. Esto repercute en el angostamiento del horizonte de futuro, cada vez más acotado. Entre ambas dinámicas, se produjo la ruptura del recorrido natural de realización personal, que empezaba con la educación y seguía con el trabajo y la expectativa de ascenso social.

“El escepticismo de los jóvenes nace de las experiencias frustradas, y se actualiza por el estancamiento económico y la corrupción. Algunas alternativas de futuro que eran importantes, como por ejemplo ser técnico o programador, ahora son irrelevantes con la IA. Y las plataformas digitales no son un refugio estable para ellos, aunque valoren la flexibilidad que les ofrecen. Es un proceso que se viene produciendo en occidente y en la Argentina desde hace tiempo, pero en esta generación estalló”, grafica Semán.

Cuando se posa la lupa sobre el sector de adhesiones juveniles que se le desgranó a Milei, emerge con claridad que corresponde a los sectores sociales más bajos. Son jóvenes desencantados con la tradición peronista de sus familias, que ahora también se decepcionaron con las promesas libertarias.

Tiene sentido, porque son los más castigados por el estancamiento económico. En base a la radiografía oficial del Indec (más allá del debate estadístico), la consultora Moiguer lo puso en números: el 32% de los jóvenes son pobres frente a un promedio de todas las edades del 28%; el 16% está desempleado, ante un 7,5% de la población general; y el 30% de los que tienen entre 18 y 24 años no estudian ni trabajan. Representan el sector económicamente activo más vulnerable.

Pero en los estratos inferiores el cuadro es mucho más preocupante. Así lo retrata un trabajo reciente de Daniel Hernández y Gonzalo Elizondo, del CIAS, titulado “Vivir en el presente”, sobre la situación de jóvenes excluidos de barrios populares. Allí se destacan no sólo las dificultades materiales, sino la imposibilidad de un cambio de expectativas, en un contexto de “familias desbordadas o ausentes”, “escuelas que no logran contener trayectorias complejas” (casi la mitad abandonaron las clases), y “barrios donde la esquina, la ‘junta’ y el narcomenudeo ocupan los espacios de socialización”. Es un entorno disociado de cualquier representación institucional formal, que actúa con dinámicas de sobrevivencia.

“Casi el 40% de los chicos de barrios populares no tiene expectativas de progresar -dicen cosas como ‘yo ya no tengo futuro’-, y otro 20% las reduce al mínimo. Han perdido la confianza en poder construir un futuro mejor a través de la educación y el trabajo. Muchos se vuelcan a vivir en el presente, a tratar de alejarse de consumos problemáticos o a generar ingresos a través de actividades ilícitas”, sintetiza Rodrigo Zarazaga, rector del CIAS y autor el año pasado del trabajo que describió “la narrativa rota del ascenso social”.

Pero dentro de este cuadro estructural emergió en los últimos años una problemática adicional, que vincula a los jóvenes con complicaciones crecientes de salud mental. La Facultad de Psicología de la UBA acaba de elaborar un estudio muy profundo en el cual detectó que la tendencia a sufrir trastornos es bastante más alto en los encuestados de menor edad, y los indicadores se agravan cuando son de sectores de menores ingresos. Esto incluye cuadros de ansiedad, depresión e incluso riesgo de suicidio. Se acumulan allí problemas familiares, emocionales, laborales, económicos y, cada vez más, de adicciones a sustancias.

Es un tema cada vez más crítico y que es seguido no sólo desde un abordaje sanitario, sino también social y hasta político. Por ejemplo, recientemente se lanzó en la ciudad de Buenos Aires una agrupación llamada Popurrí, con una impronta decididamente joven, liderado entre otros por María Migliore y Juan Maquieyra. Entre sus propuestas principales para el electorado sub-30 se encuentran tópicos clásicos, como el cambio climático o la asistencia social, pero tiene un lugar central el abordaje de la salud mental, una problemática crucial para el segmento.

En estudios globales aparece siempre una vinculación directa entre los trastornos psicológicos en jóvenes con el uso adictivo de plataformas digitales, dentro de los cuales se incorporó peligrosamente la pulsión por las apuestas virtuales. A nivel local el informe mencionado de la UBA lo señala en forma explícita, cuando asocia el consumo intensivo de redes sociales e inteligencia artificial “con mayor sintomatología ansiosa y malestar emocional”. No es casual que en las encuestas a jóvenes el tópico “salud” empieza a emerger entre las preocupaciones, cuando tradicionalmente fue una inquietud de los adultos.

Desde el ecosistema digital los jóvenes han vuelto a transformarse en un eslabón esencial en las dinámicas sociales, como ocurrió en décadas anteriores, desde el hippismo de los 60 a la primavera democrática de los 80. Milei fue quien mejor interpretó ese movimiento que empezó a consolidarse durante el encierro de la pandemia. Ese proceso se plasmó en su triunfo electoral de 2023, a partir de representar un set de valores que marcaron el clima de época.

Hoy el panorama le sigue siendo favorable, pero se ha desflecado hacia una desilusión democrática y cierta anomia social, que se nutre de los desencantados, de los jóvenes pobres que padecen el freno económico, y de los nuevos desafíos de la época, como las problemáticas de salud mental y las adicciones digitales. Estos sectores encarnan mucho más que un electorado vacante. Constituyen un termómetro de las dinámicas que marcan el ritmo de la Argentina de hoy./Jorge Liotti