Categorías
Economía Noticias

El consumo sigue abajo

Las estadísticas más recientes confirman una tendencia que ya no sorprende, pero que exige una lectura más profunda. Según el INDEC, el consumo en supermercados cayó 3,1% interanual en febrero. La leve suba mensual del 0,3% no alcanza para cambiar el diagnóstico: responde más a factores estacionales que a una recuperación real.

Incluso si se miran mediciones privadas más actualizadas, el panorama no cambia demasiado. Consultoras como Sentia proyectan nuevas caídas en marzo, mientras que otras como Nielsen detectan una leve mejora en el trimestre. La Cámara Argentina de Comercio, por su parte, también reporta retrocesos. El dato puntual puede variar, pero la tendencia general es clara: el consumo masivo sigue debilitado.

Sin embargo, quedarse en esa lectura sería superficial. Porque el verdadero cambio no está solo en cuánto se consume, sino en cómo y por qué se consume. Y ahí aparece una idea clave: el consumo difícilmente vuelva a ser como lo conocimos.

Durante años, el patrón fue bastante previsible. Cuando la inflación se aceleraba, el consumo caía. Cuando el Estado inyectaba dinero —vía gasto público, subsidios o tasas artificialmente bajas—, el consumo repuntaba, al menos de forma transitoria. Era un ciclo repetido: más pesos en la calle, más compras, más inflación, y vuelta a empezar.

Ese esquema parece estar agotándose.

Si se consolida el actual modelo económico, el consumo dejará de estar impulsado por el Estado. Ya no habrá ese flujo constante de pesos que, directa o indirectamente, terminaban en el supermercado. La reducción de subsidios, el fin de tasas de interés negativas y el ajuste del gasto público cambian completamente el escenario.

Eso tiene consecuencias concretas en la vida cotidiana. Parte del dinero que antes se destinaba al consumo masivo ahora se redirige a pagar tarifas más realistas. El crédito barato para consumir —como las cuotas que licuaba la inflación— desaparece. Y el ingreso disponible deja de expandirse artificialmente.

A esto se suma otro fenómeno más silencioso pero igual de importante: los cambios estructurales en los canales de consumo. Mientras las ventas en supermercados caen, el comercio electrónico crece con fuerza. Algunas mediciones privadas estiman subas superiores al 25% en ese segmento. Es un desplazamiento que las estadísticas tradicionales no terminan de captar.

También cambia la geografía del consumo. Sectores vinculados a actividades productivas dinámicas —como el agro, la energía o la minería— muestran un mejor desempeño que las grandes áreas urbanas más dependientes del empleo público o de economías protegidas. Ese contraste tampoco aparece con claridad en los indicadores habituales, concentrados en grandes centros urbanos.

En este contexto, el consumo no desaparece, pero muta. Ya no se tratará de gastar porque «hay pesos dando vueltas», sino de consumir a partir de ingresos más ligados a la productividad, al empleo genuino y al crédito en condiciones reales.

Probablemente el crecimiento, si llega, se vea en otros rubros: bienes durables, inversión inmobiliaria, financiamiento para vivienda o vehículos. De hecho, algunos datos recientes muestran un aumento en operaciones inmobiliarias impulsadas por ahorros previos, más que por crédito.

El cambio es profundo porque modifica la lógica de fondo. Los pesos dejan de ser abundantes y pasan a ser escasos. Y eso obliga a buscarlos, generarlos, producir más y mejor. En ese esquema, el consumo deja de ser el motor inicial para convertirse en consecuencia.

Por eso, la caída actual no es solo un bache. Es parte de una transición. Y aunque las estadísticas puedan mostrar recuperaciones parciales en el futuro, lo más probable es que el consumo —tal como lo conocimos durante años— no vuelva a ser el mismo.