Categorías
Noticias Política

El peronismo se siente beneficiado por el caso Adorni. No necesitan cuestionarlo

Cristina Kirchner no habla con Axel Kicillof. Tampoco Máximo Kirchner tiene contacto con el gobernador. Sergio Massa habla con todos, pero por separado. La desconexión parece ser el modo en que el peronismo transita el gobierno libertario. En los últimos dos años y medio, le costó horrores articular una estrategia homogénea, eficaz, para enfrentar a Javier Milei. Pero ahora encuentra en el caso Adorni un peculiar consenso: no hacer nada. Nada de nada.

Cada uno por su lado, los referentes del principal partido opositor optaron por hacer silencio −o hablar lo menos posible− sobre el culebrón que protagoniza el jefe de Gabinete. Tanto es así, que los diputados y senadores de Unión por la Patria estuvieron medio desorientados en los últimos días, mientras buscaban recibir alguna señal del curso de acción a seguir. Sobre todo, luego de que otros grupos opositores promovieran una interpelación al ministro coordinador.

“Nosotros no tenemos que hacer nada. Hay que dejar que haga, o no haga, el Gobierno nacional”, deslizó a LA NACION un dirigente al tanto del pensamiento íntimo de Massa. A Máximo Kirchner, en tanto, le atribuyen una frase ingeniosa: “Adorni era el vocero del Gobierno, pero ahora el Gobierno es el vocero de Adorni”. En La Plata, cerca de Kicillof, se limitan a alentar al jefe de Gabinete: “Que siga así”, ironizan en la ciudad de las diagonales.

Son definiciones (o indefiniciones) que, en el fondo, coinciden en que el escenario negativo que le genera al Gobierno el escándalo de Adorni acciona como catalizador del descontento social que ya se venía reflejando en las encuestas a raíz de la situación económica. De hecho, en las distintas terminales del peronismo circula un sondeo pormenorizado que da cuenta, en cada una de las provincias, de un notorio aumento de la imagen negativa del Presidente.

“Milei está poniendo mucho en juego, sin sentido”, dijo uno de los referentes más conocidos del peronismo, antes de que el Presidente asistiera al Congreso para apoyar el informe del jefe de Gabinete ante la Cámara de Diputados. El tono de su voz no denotaba preocupación, justamente. Era la reflexión de alguien acostumbrado a los manejos del poder −“es un lugar difícil”, lo definió− que ahora escudriña la capacidad de Milei para afrontar una crisis política.

El desafío que planteó la senadora Patricia Bullrich, al reclamarle a Adorni la inmediata publicación de su declaración jurada de bienes, fue considerado en el peronismo como un signo de “descomposición” del conglomerado oficialista. Verticalistas como lo son históricamente, los dirigentes del PJ advierten que “a los funcionarios los pone y los saca el Presidente”, más allá de las demandas de sus aliados. “Él sabrá por qué le da ese rol”, deslizan cerca de Cristina.

Pero están lejos de defender a Adorni. Su único interés es que el jefe de Gabinete persista en el error. Y en el consecuente desprestigio para el discurso anti-casta de Milei. Máximo todavía recuerda la forma en que el entonces vocero comunicó la decisión de quitarle una remuneración jubilatoria a su madre. “La actitud mediocre, la artimaña, el recurso nefasto de hacer un populismo de muy corto alcance. Ni siquiera populismo. Demagogia”, describió en su momento.

Más allá de la situación de Adorni, a quien consideran un personaje emblemático de la “crueldad libertaria”, en el peronismo no hay acuerdo interno sobre su propio futuro. Ni en la forma de seleccionar a sus principales candidatos para las elecciones de 2027, ni respecto del modelo económico que debería implementar un nuevo gobierno justicialista. Tampoco coinciden en la estrategia a desarrollar para arrebatarle a Milei su sueño reeleccionista.

De hecho, Kicillof tendería a protagonizar una campaña con vistas al balotaje presidencial mediante la captura de votantes de centroizquierda que antes apoyen a otros postulantes; mientras que Massa −que no está lanzado pero diseña una propuesta más centrista− entiende que la posibilidad de derrotar a Milei pasa por obtener directamente el 45% de los sufragios en la primera vuelta. Como sucedió en 2019, cuando Alberto Fernández doblegó a Mauricio Macri.

Ambos cuentan, al igual que Cristina y Máximo Kirchner −que habilitaron al sanjuanino Sergio Uñac a competir en las grandes ligas−, con el desgaste que le provoca a Milei la caída en desgracia de su jefe de Gabinete, pero no se inclinan por salir al ruedo para fagocitar al Gobierno. Incluso, deslizan que habría sectores “de la misma derecha” que estarían interesados en reemplazar al Presidente en 2027, mientras que al peronismo le serviría que llegue debilitado.

El propio Adorni comentó, en la entrevista con Alejandro Fantino el último jueves, que le resultaba peculiar que mientras la dirigencia peronista no lo ataca en masa, hay referentes de su mismo espectro ideológico que presionan para conseguir su salida del Gobierno. Esa situación provoca suspicacias en el Congreso, donde hay opositores como Myriam Bregman (Frente de Izquierda) que preferirían un embate más directo del kirchnerismo sobre los libertarios.

Sin embargo, no está claro que haya planteado esa demanda a la propia Cristina Kirchner, cuando la visitó en las últimas semanas en San José 1111, donde la expresidenta cumple prisión domiciliaria por la condena en la causa Vialidad. En todo caso, las diferencias entre el kirchnerismo y otros espacios de la oposición respecto del caso Adorni son notorias, algo que podría obedecer a razones estratégicas que abren una brecha con el sentir de las bases peronistas.

El debilitamiento político de Adorni es tan evidente, consideran en el PJ, que sería contraproducente atacarlo y darle al Gobierno la posibilidad de acusar de “golpista” al principal partido de oposición. Existe otro elemento que en el peronismo es central, pero no reconocido públicamente: el discurso anti-corrupción no le sienta natural. Por ende, prefieren rechazar al gobierno de Milei por sus políticas, antes que por denuncias como las que señalan a Adorni.