Cuando el reloj marca las tres de la madrugada y la mente se mantiene alerta repasando el día, pocos imaginan que esa vigilia podría dejar huellas en el cerebro. Un reciente estudio de la Universidad de Arizona reveló que tres hábitos de sueño cotidianos están directamente asociados con signos de envejecimiento cerebral en adultos sanos. Los resultados, publicados en la revista Alzheimer’s & Dementia, abren una advertencia clara: la rutina nocturna puede influir mucho más de lo que se suponía en la salud neurológica a largo plazo.
La investigación, desarrollada en colaboración con la Universidad del Sur de California y el Zuckerman College of Public Health, analizó resonancias cerebrales y cuestionarios de más de 23.000 adultos de mediana y avanzada edad. Con este universo de participantes, el equipo indagó cómo las costumbres relacionadas con el sueño se vinculan con lesiones en la sustancia blanca cerebral, un marcador de daño neurológico que puede anticipar el desarrollo de demencias.
De acuerdo con los resultados, existen tres conductas de sueño que destacan como factores de riesgo modificables:
- Dormir fuera del rango recomendado de siete a nueve horas por noche, tanto por exceso como por defecto.
- Realizar siestas diurnas frecuentes.
- Padecer insomnio.
La doctora Madeline Ally, autora principal del trabajo, explicó que el sueño “a menudo se estudia como una sola medida global, lo que puede ocultar el impacto de patrones y hábitos distintos sobre el envejecimiento cerebral”. Por este motivo, el equipo optó por analizar cada costumbre de manera independiente.
El estudio encontró que estas tres conductas se asociaron con un mayor volumen de lesiones en la sustancia blanca, áreas del cerebro que, al dañarse, pueden facilitar el deterioro cognitivo y la aparición de enfermedades como el Alzheimer. Según los datos, quienes dormían menos de siete horas por noche mostraron una acumulación superior de estas lesiones respecto a quienes cumplían con el rango recomendado. “Nuestros hallazgos sugieren que dormir poco puede provocar un mayor volumen de lesiones en la sustancia blanca del cerebro a medida que envejecemos”, afirmó Gene Alexander, profesor del Departamento de Psicología y autor senior del estudio.
Llama la atención que el exceso de sueño, es decir, dormir más de nueve horas, no arrojó efectos tan claros en este análisis, aunque los investigadores advierten que “esto debe confirmarse en cohortes con un mayor número de personas que duermen más horas”.
Uno de los puntos más discutidos en la comunidad científica es el papel de las siestas diurnas. Si bien investigaciones previas han señalado que las siestas cortas pueden ser beneficiosas para el estado de alerta y la memoria, el nuevo estudio advierte sobre los efectos de las siestas frecuentes, sin distinguir entre duración o momento del día. “El cuestionario no recogía detalles sobre la duración ni el momento de cada siesta. Futuras investigaciones deberán determinar si las siestas más cortas y ocasionales tienen efectos diferentes en el cerebro a lo largo del tiempo en comparación con las siestas más largas y frecuentes”, señaló Alexander.
En cuanto al insomnio, la relación con el daño cerebral se mantuvo incluso después de ajustar por otros factores de riesgo como hipertensión, tabaquismo e inactividad física. El ronquido y el quedarse dormido involuntariamente durante el día no mostraron relación significativa con el volumen de lesiones.
