Cuando términos como “cisma” y “excomunión” aparecen en noticias sobre la Iglesia católica, uno tiende a pensar en acontecimientos históricos capaces de cambiar el rumbo del cristianismo, como la Reforma protestante de 1517 o el Gran Cisma de 1054, que dividió a las Iglesias de Occidente y Oriente. La probable sanción del Vaticano contra una pequeña congregación católica tradicionalista no alcanza esa magnitud. Sin embargo, la controversia ha desatado una catarata de declaraciones con tono cismático y discusiones sobre los intrincados detalles de la liturgia católica.
El foco del conflicto es una facción disidente con sede en Ecône, Suiza, la Sociedad San Pío X, dedicada a celebrar una versión antigua de la misa en latín. ¿Por qué este grupo, bautizado en honor al papa Pío X, un pontífice de comienzos del siglo XX conocido por su firme oposición al liberalismo, genera tantos problemas? ¿Y por qué debería importarle al resto del mundo una disputa interna tan especializada?
Una razón es que León ha hecho de la unidad uno de los pilares de su pontificado. Un cisma formal socavaría ese objetivo. Más ampliamente, el hipertradicionalismo que representa la sociedad refleja una corriente problemática dentro de la Iglesia, que canaliza la política del miedo y el resentimiento, rasgos característicos de muchos movimientos populistas. Los nostálgicos eclesiásticos y los nacionalistas comparten una misma aspiración: preservar la pureza cultural y religiosa y restaurar un pasado idealizado de la Iglesia y del Estado.
La crisis amenaza con arrastrar a León a las batallas de polarización que atraviesan tantas sociedades justo cuando comienza a consolidarse como una de las voces morales más influyentes del mundo en temas como los derechos humanos, la guerra, la inteligencia artificial, los migrantes y la pobreza.
El detonante inmediato de la crisis es la decisión de la sociedad de consagrar a sus propios obispos, este miércoles, en abierta violación de la autoridad papal. Si concreta esas ordenaciones, el Vaticano ya advirtió que los nuevos obispos y quienes los consagren serán excomulgados, tal como ocurrió en circunstancias similares en 1988. La gran incógnita es si León extenderá la excomunión a todos los sacerdotes e incluso a los dirigentes laicos de la organización.
Eso enviaría una señal contundente de que Roma ha perdido definitivamente la paciencia con un grupo nacido del rechazo a las reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965). Esas reformas pusieron fin a siglos de enseñanzas antijudías, buscaron la reconciliación con los protestantes y otras Iglesias, abrazaron la libertad religiosa y promovieron un mayor compromiso con el mundo moderno. También introdujeron cambios litúrgicos, como permitir que la misa se celebrara en las lenguas locales y que el sacerdote oficiara de cara a los fieles. La Sociedad San Pío X sostiene que esas transformaciones debilitan la fe.
En realidad, lo que está en juego en el debate sobre la misa tradicional en latín es una objeción mucho más amplia al rumbo reformista de la Iglesia, revitalizado por el papa Francisco. Francisco, fallecido el año pasado, fue acusado repetidamente por distintos sectores conservadores de incurrir en herejía y de generar confusión doctrinal. La inminente ruptura impulsada por los defensores de la misa en latín ha reavivado ese enojo entre muchos católicos de derecha. Algunos defienden a la sociedad suiza; otros la critican por perjudicar su propia causa. Pero, en términos generales, la crisis se ha convertido en una oportunidad para cuestionar o rechazar abiertamente las reformas del Vaticano II.
El obispo Athanasius Schneider, de Kazajistán y una de las principales figuras del conservadurismo católico mundial, afirmó que excomulgar a la sociedad sería “injusto” y que “la exigencia de aceptar el Vaticano II”, junto con el rumbo actual de la Iglesia, constituye “la raíz del problema”. La comentarista conservadora Leila Marie Lawler describió a la sociedad como “casi una distracción”. “Podrían desaparecer, y los problemas que enfrentamos seguirían existiendo”, sostuvo.
Más que desembocar en un cisma canónico de alcance limitado, el descontento amenaza con transformarse en un estado permanente de alienación, marcado por un enojo casi automático. Esa actitud amenaza ahora con poner fin a la luna de miel de León.
Uno de los motores de esta oposición es la nostalgia, o más precisamente el “nostalgismo”: la convicción incuestionable de algunos sectores de la Iglesia de que el pasado era mejor, de que los católicos eran más santos y de que la misa era verdaderamente sagrada y se celebraba con un refinamiento excepcional, gracias a clérigos vestidos con fastuosas vestimentas y acompañados por la música del Renacimiento.
Sin embargo, si los “trads” —como suele llamarse a los tradicionalistas— pudieran viajar al pasado, descubrirían que la antigua misa muchas veces era una ceremonia rutinaria, celebrada en un latín deficiente y con escasa participación de los fieles. Tampoco debe olvidarse que la misa ha experimentado múltiples reformas a lo largo de sus 2.000 años de historia para adaptarse a los cambios sociales, desde el paso del griego al latín hasta la incorporación de lecturas del Antiguo Testamento.
Ligada a esa añoranza por una edad dorada perdida aparece también una reacción frente a un cambio demográfico de enorme magnitud dentro del catolicismo. Es cierto que el cristianismo nació en Medio Oriente, pero el catolicismo se desarrolló en Europa. Hace un siglo, el escritor católico Hilaire Belloc resumía esa idea con una frase célebre: “Europa es la fe y la fe es Europa”. Ya no.
En gran medida gracias al Concilio Vaticano II, el catolicismo creció de forma extraordinaria: pasó de 653 millones de fieles en 1970 a 1.400 millones en la actualidad. La inmensa mayoría de ese crecimiento ocurrió en el Hemisferio Sur. Hoy el catolicismo es mucho más africano, asiático y latinoamericano que europeo.
Ese, sin embargo, no es el relato que desean contar los tradicionalistas. Para ellos, la modernización marcó el principio del declive de la Iglesia, porque las reformas del Vaticano II coincidieron con una fuerte caída de la práctica religiosa en Europa y Occidente. Su identidad religiosa sigue vinculada a la cristiandad occidental, algo que reflejan también las cifras: las misas en latín celebradas por la sociedad y las autorizadas por el Vaticano se concentran casi exclusivamente en Estados Unidos y algunas regiones de Europa. Pero gracias a su base en el mundo industrializado, los tradicionalistas conservan dinero, influencia y visibilidad.
¿Qué ocurrirá ahora? Una reacción firme de León podría provocar un contraataque de la derecha católica, aunque también podría dividirla. Hasta ahora, los sectores conservadores han intentado ofrecer la interpretación más favorable posible del primer año de pontificado de León y quizá no estén dispuestos a enfrentarse a un papa de 70 años, que probablemente permanezca mucho tiempo al frente de la Iglesia.
También podrían interpretar una eventual sanción de León como una advertencia para moderar sus propios impulsos divisivos, aislando a los tradicionalistas más radicales y dejando que ese movimiento se vaya debilitando con el tiempo. Esa es una de las ventajas de ser papa. Las democracias modernas que enfrentan insurgencias nacionalistas de extrema derecha no siempre tienen la posibilidad de actuar con semejante contundencia. Claro que esa capacidad puede parecer conveniente… si uno está de acuerdo con quien ocupa el poder.
