Categorías
Noticias Política

No se toleran, pero se necesitan

Falta más de un año para las elecciones y la política ya está en modo electoral. Percibe que el barco del Gobierno empezó a hacer agua y muchos, entre ellos piratas varios, comienzan a jugar sus cartas para intentar un abordaje al poder. Otra razón es que aquí cada elección abre la posibilidad de que el péndulo de nuestros gobiernos pase de un extremo al otro, con el inevitable impacto en la economía, y eso preocupa. Basta recordar aquel “lunes negro” de 2019 en el que, un día después de que Alberto Fernández ganara las PASO y quedara sepultada la reelección de Mauricio Macri, el dólar pasó de 46 a 57 pesos y la bolsa local se desplomó. Pero también, admitámoslo, la política quedó reducida a la disputa por el poder, un deporte que exige astucia y crueldad en medidas parejas, lo que estimula el morbo de jugadores y espectadores. La gestión, los planes de gobierno, quedan relegados. Toda acción política, antes que ser un intento de sacar al país adelante, obedece o es leída como una jugada destinada a acrecentar el poder. Ese es nuestro foco de atención. Me pregunto si esto no explica nuestra suerte.

Como sea, la sola idea de que el peronismo vuelva al poder agitó el avispero. Hay movimiento en el vestuario de los que siempre llevan los botines puestos. Con buen olfato para salir a la cancha en el momento indicado, asoman la cabeza cuando el rival da muestras de haber perdido el dominio de la pelota. El temor de que ese equipo que juega duro vuelva a reagruparse pudo más que la desconfianza y el resquemor, y Macri volvió a hablar con el Gobierno. Con Karina Milei, en concreto. “Como dijo Mauricio, estamos dispuestos a blindar el cambio. Así que nuestra prioridad es que no vuelva el peronismo”, dijo uno de los embajadores del expresidente en la reunión que macristas y libertarios tuvieron el jueves, según contó Claudio Jacquelin en su columna de ayer.

No todo es cambio lo del Gobierno, precisemos. Lo es la baja de la inflación. También la caída del riesgo país. Lo mismo el ajuste de las cuentas públicas, así como un alentador crecimiento económico que, basado en actividades extractivas o financieras, no ha llegado hasta ahora al sacrificado ciudadano de a pie.

Sin embargo, el Gobierno disimula bien los cambios políticos. La casta que Javier Milei iba a erradicar sigue ahí. El cambio es solo discursivo: hoy es casta aquel que no comulga con el Presidente. A pesar de lo que hizo durante su paso por la función pública, Manuel Adorni no lo es. Tampoco lo son el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, y su segundo, Santiago Viola, pese a las relaciones de reciprocidad que mantienen con los referentes más turbios del poder económico y político, entre ellos Claudio “Chiqui” Tapia, y el modo en que están poblando la Justicia con jueces amigos, con el presunto fin de neutralizar las causas de corrupción abiertas contra los más altos funcionarios del Gobierno.

Puede que la prioridad sea que no vuelva el peronismo, pero hay un detalle: son muchísimos los peronistas que nunca se fueron y son parte del Gobierno. Ellos no son casta, por supuesto, como tampoco los caudillos de provincia que se han puesto la camiseta libertaria. A la hora de tejer acuerdos, Milei y su hermana siempre han preferido los compañeros antes que un macrismo que apoya, pero sin teñirse de violeta. Son los que se regalan o se venden a buen precio porque quieren mojar en la buena y no vienen con ñoñerías republicanas. Sin embargo, cuando llega la mala vuelven a la marchita.

A Macri solo se recurre en la mala, precisamente, y ahí estamos. Es prudente que sus delegados hayan acudido a la Rosada. Lo que acecha es un tren fantasma que viaja al pasado sin escalas, a juzgar por los que han salido a pisar la cancha: Máximo KirchnerSergio MassaAxel KicillofAníbal FernándezGuillermo Moreno. Les va a costar. El kirchnerismo provocó un destrozo del que el peronismo aún no se repone, si es que tiene cura.

Pero Macri está ante un dilema: ¿qué hacer cuando apoyar el cambio es, en tantos aspectos, apostar por más de lo mismo? Milei busca su ayuda cuando la necesita, pero cuando la obtiene la rechaza por la vía del maltrato, compelido quizá por su aversión hacia todo aquello que no sea su espejo y no se allane a ser una extensión de su voluntad. Por otra parte, hacer número contra un kirchnerismo que pretende volver al poder no alcanza para revertir el mal humor social y la pérdida de la paciencia hacia un ajuste que demanda un sacrificio mayor al esperado.

El macrismo acaso se esté acercando a una disyuntiva de hierro: o es capaz de moderar al Milei megalómano, que no escucha a nadie y solo cree en la pureza de su receta (y al que también temen los mercados), o empieza a construir una opción de centro. La candidatura de Hernán Lacunza podría ser un primer paso en ese sentido, por más lejos que haya quedado Gualeguaychú.

Moderar a Milei no es tarea fácil -quizá resulte imposible-, lo mismo que generar una alternativa de centro. Pero son cosas necesarias. Porque apoyar o firmar un acuerdo que no concede derechos es, en este caso, como echar nafta y pasar a quinta en un auto que parece dirigirse a un desfiladero peligroso, donde acecha el abismo. Además, de algún modo hay que intentar salir de la Argentina de los extremos, del péndulo loco que nos lleva de una ideología a la contraria, de un odio al otro, a costa de un país que nunca arranca.

Por Héctor M. Guyot