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Estamos más cerca de la próxima pandemia

Para cuando sus colegas llamaron a Matías Lahitte, un especialista argentino en enfermedades infecciosas, ya era demasiado tarde.

La paciente que le pidieron examinar el mes pasado era una mujer de 65 años de Rosario, la tercera ciudad más grande de la Argentina. Tenía fiebre alta, dolor muscular y fatiga. Un análisis de sangre indicó que sus niveles de glóbulos blancos y plaquetas estaban peligrosamente bajos.

Menos de una semana después, había muerto.

Los resultados de las pruebas revelaron que había contraído fiebre hemorrágica argentina (FHA), una enfermedad rara, pero grave, transmitida por roedores que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética investigaron alguna vez como posible agente para armas biológicas.

“Es notable que no se hable más de esto”, dijo Lahitte sobre la enfermedad, que puede causar hemorragias internas, convulsiones y coma. “Es una enfermedad persistente y debilitante”, añadió.

La muerte de la mujer forma parte de un alarmante resurgimiento de la enfermedad, que tras décadas de latencia se está propagando a lugares donde nunca antes se había visto. A medida que el desarrollo humano, la degradación ambiental y el cambio climático fragmentan y alteran implacablemente los hábitats animales, los científicos advierten que las zoonosis —enfermedades que saltan de los animales a los humanos— son cada vez más frecuentes y extendidas.

El cambio climático está desplazando a animales, como las ratas portadoras de la FHA, hacia nuevas zonas, y poniendo en contacto a especies antes separadas entre sí. Un estudio de 2022 estimó que más de la mitad de las enfermedades patógenas humanas conocidas podrían verse agravadas por el cambio climático. Y actividades humanas como la agricultura y la urbanización están haciendo que las personas entren en contacto más estrecho con muchos animales portadores de enfermedades.

“Debido a todos los cambios en el clima, y también a los cambios en la forma en que los humanos reaccionan al clima, básicamente estamos expandiendo la huella humana en lugares donde no había estado”, dijo Pranav Kulkarni, investigador de la Universidad de California, Davis, que estudia las enfermedades transmitidas por roedores en Sudamérica.

Cerca de tres cuartas partes de las enfermedades infecciosas emergentes en humanos provienen de animales, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. Kulkarni espera que investigaciones como la suya, que buscan predecir cómo el cambio climático y la actividad humana afectan la propagación de enfermedades, puedan ayudar a las autoridades de salud locales a detectar futuros brotes antes de que se conviertan en la próxima pandemia global.

“Cualquiera de estas enfermedades transmitidas por vectores, por animales o por roedores podría ser una buena candidata para ser la próxima gran amenaza”, afirmó.

Hasta hace poco, el caso de la paciente de Rosario hubiera sido una anomalía. Desde el descubrimiento de la FHA en la década de 1950, esta ha afectado casi exclusivamente a trabajadores agrícolas varones en las fértiles llanuras de la Argentina, fuera de las zonas urbanas. Pero la mujer infectada vivía en el centro de la ciudad y no era agricultora.

Larvas y pupas del mosquito Aedes aegypti, vector del virus del dengue, zika, fiebre amarilla y chikungunya

Las autoridades sanitarias argentinas contabilizaron cerca de 60 casos confirmados de FHA en 2022, cerca de tres veces la cifra de cinco años antes, según datos del Gobierno. Y hubo brotes en 2024 y 2025, que en conjunto causaron la muerte de al menos nueve personas.

El calentamiento del clima y los cambios en el uso del suelo ya están teniendo un efecto a nivel mundial en enfermedades conocidas como el dengue, el chikunguña y la fiebre amarilla, transmitidas por mosquitos, que se han propagado a nuevos países y regiones en los últimos años.

El dengue, una afección similar a la gripe que puede ser mortal, es una de las enfermedades infecciosas de más rápido crecimiento en algunas partes de Sudamérica, y los científicos han vinculado su crecimiento a la degradación ambiental y al calentamiento del planeta. Desde principios de 2024, se han reportado a la Organización Mundial de la Salud más de 10 millones de casos y más de 16.000 muertes relacionadas, aunque algunas estimaciones sitúan el número de casos en una cifra mucho mayor.

Los científicos también han vinculado el cambio climático con la propagación del virus Andes, un hantavirus raro pero peligroso —otro tipo de patógeno transmitido por roedores presente en Sudamérica— que se relacionó con tres muertes en un crucero a principios de este año. Ese brote puso a prueba los nervios de un mundo cansado de las pandemias y puso de relieve el tipo de crecientes riesgos de salto viral que investigadores como Kulkarni han estado examinando.

Cada vez más, los científicos también están rastreando enfermedades menos conocidas como la FHA que han surgido o han vuelto a cobrar fuerza después de haber permanecido relativamente desconocidas.

Marcela Uhart, veterinaria e investigadora argentina de la Universidad de California, Davis, recuerda cuando la FHA se consideraba un problema generalizado en su país durante las décadas de 1970 y 1980. Los padres de Uhart tenían amigos que murieron a causa de la enfermedad, y ella creció escuchando anuncios de radio que pedían a los sobrevivientes donaciones de plasma sanguíneo para ayudar a tratar a los infectados.

El lanzamiento de una vacuna ayudó a reducir el número de casos en la década de 1990. Y los tratamientos con plasma resultaron eficaces, y redujeron la tasa de mortalidad de hasta un 30% a apenas un 1% en los pacientes que recibieron atención oportuna. Los brotes fueron disminuyendo.

Pero hace unos años, Uhart notó que las cifras volvían a subir. “Fue como: ‘Vaya, ¿cómo está sucediendo esto?’”, dijo.

Los casos no solo aumentaban, sino que surgían en zonas inesperadas y afectaban a nuevos tipos de personas. Después de que un camionero diera positivo en 2025, las autoridades de salud tomaron nota.

“Esta era una enfermedad del trabajador rural. No existía en la ciudad”, dijo María Dolores Lucena, quien ha visto un aumento reciente de casos en San Nicolás de los Arroyos, una ciudad portuaria en crecimiento a 71 kilómetros de Rosario. “Ahora hay gente que tiene y no existe ese nexo con lo rural. Personas que nunca salieron de la ciudad”, añadió.

Lucena dijo que el aumento de los casos locales probablemente estaba vinculado con la expansión de la ciudad. Con el paso de los años, ha visto a San Nicolás de los Arroyos extenderse hacia el puerto y a lo largo del río, con fraccionamientos cerrados que surgen cerca de campos abiertos en zonas antes rurales.

Transformaciones similares han ocurrido en toda la Argentina, lo que ha llevado a los investigadores a preguntarse si los cambios en el uso del suelo y las variaciones climáticas están impulsando la propagación de enfermedades.

Kulkarni, Uhart y otros científicos investigaron esa hipótesis en varios estudios recientes. En abril, los investigadores construyeron modelos para predecir el riesgo para los humanos derivado de los movimientos de los roedores que portan arenavirus sudamericanos, una clase de virus que normalmente propagan las ratas y los ratones.

Descubrieron que los cambios en la temperatura, las precipitaciones y los patrones climáticos estacionales han hecho que algunas regiones sean menos adecuadas para los roedores, mientras que otras se han convertido en nuevos posibles focos de infección.

A diferencia de enfermedades más transmisibles, como el Covid-19, muchos hantavirus y arenavirus en Sudamérica no se propagan fácilmente entre las personas. Pero los investigadores que estudian la FHA y sus parientes esperan ampliar la comprensión de otros patógenos que podrían plantear riesgos internacionales.

Ante la certeza del aumento de las temperaturas y otros factores ambientales que podrían provocar la proliferación de enfermedades, Uhart dijo que las autoridades de salud deberían tratar de adelantarse a los brotes, con la ayuda de la modelación climática, en lugar de responder una vez que ya han aparecido nuevos casos.

Tratamos de apagar el incendio cuando ya está ardiendo”, se lamentó Uhart. “¿Realmente puedes predecir la próxima enfermedad emergente? La verdad es que no. Pero sí se pueden predecir o entender mejor los factores de riesgo”.