Sin proponérselo, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, puso el tema bajo la luz pública. En una entrevista radial, preguntada por el aumento de suicidios en las Fuerzas Armadas, respondió que el número en efecto había crecido entre los efectivos pero que en realidad la cantidad de suicidios había registrado un alza en el país, y que las fuerzas federales no escapaban a esa realidad.
Según cómo se mire, el argumento podría resultar tranquilizador – el flagelo no está golpeando en particular a las FFAA – o aún más inquietante: no son sólo los integrantes de esas fuerzas los atravesados por este problema sino que el mismo se verifica a nivel nacional.
Un informe difundido días atrás por el Observatorio de Política Criminal del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) revela un fuerte crecimiento de la cantidad de suicidios en Argentina desde 2017, y señala que ese incremento desplazó a los incidentes viales como primera causa de muerte violenta en los grupos de población más joven, varones y mujeres de entre 15 y 34 años.
De acuerdo con los datos del SNIC, del Ministerio de Seguridad de la Nación, 2025 fue el año que más muertes por suicidio ostentó en la historia. En 2017 murieron por esa causa 3.304 personas frente a 5.209 el año pasado.
Mientras la tasa de homicidios dolosos bajó en los últimos años hasta 3,6 por cada 100 mil habitantes, la de suicidios trepó hasta 11,8, lo que ubica a la Argentina entre las tasas más altas de la región, por debajo de Uruguay.
Unos meses atrás, el alerta había partido de la Organización Panamericana de la Salud, al señalar que mientras en el mundo las cifras de suicidio bajaban, en las Américas se producía el fenómeno inverso. Un estudio publicado en la revista The Lancet Regional-Health Americas, con la base de estadísticas de la OMS, planteaba que el suicidio joven, entre los 10 y los 14 años, había aumentado un 38% en la región entre los años 2000 y 2021.
Entre los factores, según la OPS, figuran cuestiones de salud mental, como depresión y ansiedad a edades cada vez más tempranas; consumo de sustancias, exposición excesiva a entornos digitales, cibercacoso, presión social y fácil acceso a distintos medios letales.
La salud mental es un tema que no figura en la agenda del debate público. Y no es que falten señales de alarma al respecto. Unos meses atrás, un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA demostró que 6,5% de los argentinos presentaba un riesgo alto de padecer un trastorno mental. El 52, 4% manifestó sentir que atravesaba una crisis personal: los aspectos económicos y vitales eran los principales. Los jóvenes de 18 a 29 años evidenciaban los niveles notoriamente más altos de ansiedad y depresión, en comparación con los mayores de 60 años. Los mayores índices de riesgo suicida y malestar general se daban en las personas con ingresos más bajos y menor nivel educativo.
Tema tabú durante años, el suicidio es considerado por muchos como una pandemia silenciosa, y señalan la importancia de concientizar y hablar de este tema: no hacerlo no ha ayudado a disminuir las cifras sino todo lo contrario. Años atrás una campaña en Países Bajos difundió publicidad con información sobre el suicidio y líneas de ayuda, entre otras cosas. Los resultados dicen que quienes vieron las campañas o se capacitaron mostraron mayor disposición y apertura para buscar ayuda profesional.
Otra campaña, en Gran Bretaña (“El suicida no siempre luce como un suicida”) exhibió públicamente las últimas fotos de personas que se suicidaron. Es muy impactante y conmovedor: la mayoría aparece sonriente o haciendo morisquetas frente a cámara. La movida promueve hablar sobre el suicidio y estar atentos a señales como cambios bruscos en el humor; comer o dormir demasiado o muy poco; hablar del deseo de morir en forma vaga o como bromeando, o de ser una carga para los demás; alejarse de los amigos; desprenderse de objetos importantes; sentirse vacío y sin esperanza; descuidar el aspecto personal; consumir más alcohol o drogas.
Visibilizar el problema y dedicar los fondos y la atención que la salud mental merece es un buen principio. Esconder la tierra debajo de la alfombra nunca es una buena idea.
