Cuando este viernes por la mañana el presidente Donald Trump dé su discurso oficial en la sede del Pentágono, en Arlington, para conmemorar el 25° aniversario de los atentados del 11 de Septiembre, ninguno de los cuatro exmandatarios norteamericanos vivos estará allí para escucharlo. Sí se espera que Joe Biden, Barack Obama, George W. Bush y Bill Clinton estén presentes en la Zona Cero, en el corazón de Nueva York, para recordar el ataque que cambió para siempre la historia de Estados Unidos y del mundo.

Las dos imágenes -por separado- en una fecha tan emblemática para el país se convertirán en un potente recordatorio simbólico de cómo el 11 de Septiembre y sus consecuencias que aún perduran aceleraron la polarización y las divisiones que ya empezaban a germinar en la política norteamericana, tras una efímera sensación de consenso nacional contra el terrorismo.
Durante las primeras semanas después de que miembros de la red Al-Qaeda secuestraran cuatro aviones comerciales, con los que derribaron las Torres Gemelas e impactaran contra el Pentágono, el índice de aprobación del entonces presidente Bush se disparó hasta casi el 90%, y el Congreso votó casi por unanimidad las primeras medidas de respuesta contra el letal golpe enemigo que dejó casi 3000 muertos en suelo norteamericano.
Sin embargo, lo que en ese momento fue exaltado como un momento de unidad nacional -algo impensado en los tiempos modernos-, con el paso del tiempo ha sido analizado por los especialistas como un momento crucial que, por varias razones, sentó las bases para las profundas divisiones que hoy atraviesan al país.
posteriores al 11 de Septiembre vinieron acompañadas de una campaña política que presentaba la disidencia como una muestra de simpatía hacia el terrorismo, o incluso como una traición abierta. Bush planteó a otras naciones la disyuntiva ‘o están con nosotros, o están con los terroristas’, y algo parecido sucedió en la política interna: la administración estigmatizó como antinorteamericana cualquier oposición a la erosión de las libertades civiles”, señaló el historiador Nathan Citino, de la Universidad Rice, en Houston.
Citino, experto en las relaciones de Estados Unidos con Medio Oriente, recordó que bastaron pocos meses para que las decisiones tomadas en respuesta a los ataques —desde la Ley Patriota, aprobada en octubre de 2001, hasta la creación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés)— empezaran a generar fracturas sobre el delicado equilibrio entre las libertades civiles y la vigilancia.
La intervención militar en Afganistán -que inicialmente tuvo un amplio apoyo, impulsado por el clima posterior a los atentados- y la de Irak en 2003, justificada con información de inteligencia sobre armas de destrucción masiva que luego fueron desacreditadas, sumado a las oscuras estrategias en la guerra contra el terrorismo, dividieron a la opinión pública y fueron el puntapié que derivó en un ensanchamiento constante de la grieta política.
“Luego de que los poderes presidenciales en materia bélica se vieran amplificados después del 11 de Septiembre, los fracasos de las guerras en Afganistán e Irak, sumados a la crisis financiera mundial de 2008-2009, contribuyeron a profundizar las fracturas políticas en el seno de la sociedad estadounidense”, explicó el historiador Osamah Khalil, de la Universidad Syracuse, en Nueva York.

Citino coincide en que las llamadas “guerras interminables”, junto con otros factores como la crisis económica, desacreditaron a muchas de las instituciones y líderes estadounidenses, y que la falta de veracidad en torno a las campañas militares en Afganistán y, sobre todo, en Irak, provocó un “rechazo y una profunda desilusión hacia los dos principales partidos políticos”, muchos medios tradicionales, expertos académicos y otras élites que inicialmente habían apoyado esas intervenciones.
“Ese clima resultó propicio para el auge de las teorías conspirativas, la búsqueda de chivos expiatorios y el ascenso de una política demagógica”, resaltó el especialista. Para muchos, en definitiva, el germen que derivaría en la irrupción de Trump en la política de Estados Unidos con su sorprendente éxito en 2016.
El impacto de los atentados del 11 de Septiembre también reconfiguró la identidad nacional norteamericana, llevó a un aumento de la islamofobia y de la desconfianza hacia las minorías religiosas y migrantes, denunciadas por organizaciones de derechos civiles, lo que con el paso de los años alimentó corrientes políticas que lograrían capitalizar ese clima de época.
“En definitiva, no es difícil trazar una línea que conecte el 11 de Septiembre con el auge del movimiento Make America Great Again [MAGA] de Trump, quien en una ocasión afirmó falsamente que miles de musulmanes en Nueva Jersey habían celebrado los ataques terroristas”, escribió Gerald Seib, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), en una reciente columna publicada en The Wall Street Journal.
“El combustible que alimenta a las fuerzas de MAGA es, precisamente, la ira y la insatisfacción con el establishment político surgidas en los años posteriores” a los ataques de 2001, añadió Seib.
