Los datos no son opiniones. En 1965, la economía de la Argentina era más grande que la de Brasil. Hoy es más chica que la del Estado de São Paulo. Duro, pero real.
En la semana se conoció que el Producto Bruto Interno (PBI) de la Argentina volvió a bajar. No fue un derrumbe, apenas 0,6% contra el primer trimestre del año. Sin embargo, cayó fuerte el consumo y la inversión.
Las subas y bajas de la economía no son propiedad absoluta del gobierno de Javier Milei, ni lo fueron de Alberto Fernández, ni de Mauricio Macri o de Cristina o Néstor Kirchner. La historia del país muestra datos preocupantes y una suerte de espiral descendente en 60 años que se profundiza en el último medio siglo.
A modo de repaso, se puede decir que la Argentina de hoy produce mucho más que la de mediados de la década de 1970. Sin embargo, cuando la comparación se realiza a precios constantes —es decir, descontando la inflación— aparece un resultado menos favorable: en los últimos 50 años, el PBI creció cerca de 140%, es decir, la economía se hizo aproximadamente dos veces y media más grande. Pero avanzó con menor velocidad que casi todos los países relevantes de América del Sur. De hecho, solo superó a Venezuela.
El contraste es significativo con el resto de los países. Paraguay multiplicó su economía por más de cinco; Colombia, por casi cinco; Perú, Bolivia y Chile, por alrededor de cuatro. Brasil y Ecuador crecieron cerca de tres veces y media, mientras que Uruguay superó las tres. Traducido a tasas promedio, la Argentina avanzó cerca de 1,7% anual, frente a registros de entre 2,5% y 3,4% en varios de sus vecinos.
La diferencia puede parecer mínima cuando se la expresa en puntos porcentuales por año. Pero el crecimiento es acumulativo: unas pocas décimas sostenidas durante décadas terminan separando por mucho el tamaño de las economías. Un país que crece 3% anual duplica su producción en cerca de 25 años; uno que avanza 1,7% necesita más de 40 años. Esa dinámica ayuda a explicar por qué economías que partían de niveles inferiores lograron acercarse o reducir parte de la distancia.
Las causas de lo que pasó con la economía del país son múltiples. A modo de enumeración, desde mediados de los años setenta el país atravesó cambios de régimen económico, crisis de deuda, alta inflación e hiperinflación, planes de estabilización, aperturas y cierres, períodos de atraso cambiario, defaults y recuperaciones intensas. El resultado fue una sucesión de expansiones y caídas que interrumpió, una y otra vez, la acumulación de capital y la mejora sostenida de la productividad.
La crisis de comienzos de los años ochenta inauguró una década marcada por el peso de la deuda externa y la aceleración inflacionaria y las consecuencias de la Guerra de Malvinas. Hacia el final de esa década, la hiperinflación produjo una nueva ruptura. Durante los años noventa, la estabilización permitió recuperar actividad e inversión durante una parte del ciclo, pero la etapa terminó con una recesión prolongada y el colapso de 2001-2002. Sólo a modo de ejemplo, el déficit fiscal en los 90 fue de 12.000 millones de dólares anuales: insostenible.
La recuperación posterior fue muy veloz. Con capacidad productiva ociosa, mejores precios internacionales y una recomposición del consumo, la economía acumuló varios años de fuerte expansión. Sin embargo, la aceleración no se transformó en un sendero estable de largo plazo. De hecho, desde comienzos de la década de 2010, el nivel de actividad tendió a alternar años de crecimiento y contracción, con dificultades para sostener la inversión, acumular reservas y evitar nuevas crisis cambiarias.
La volatilidad continuó en los años recientes. La economía se contrajo en 2024, en un contexto de fuerte ajuste fiscal, caída del consumo y de la inversión. El año pasado se recuperó y se espera crecimiento también para este año. Ese rebote mejora la comparación del último año, pero no modifica por sí solo el balance de medio siglo: para cerrar la brecha regional se necesita una secuencia prolongada de crecimiento y no una recuperación aislada.
Como contrapartida, la región avanzó. Cada país atravesó crisis políticas, sociales y financieras propias, y varios también sufrieron largos períodos de bajo crecimiento. Aun así, en buena parte de la región hubo etapas más extensas de estabilidad macroeconómica, apertura de mercados, expansión exportadora e inversión en infraestructura y capacidad productiva.
Chile consolidó durante décadas una inserción exportadora apoyada en la minería y en una red amplia de mercados. Perú combinó la expansión minera con una estabilización macroeconómica que sostuvo períodos largos de crecimiento. Colombia mantuvo una trayectoria relativamente estable pese a sus conflictos internos, y Paraguay avanzó desde una base menor, impulsado por la agricultura, la energía y una dinámica demográfica favorable. Brasil, aun con crisis y años de bajo crecimiento, acumuló una expansión superior por el peso de su mercado interno y su diversificación productiva.
Al agro, que siempre fue el motor recurrente para sumar dólares, Argentina hoy le agregó Vaca Muerta y la minería. Gran parte de la industria, sin embargo, vuelve a estar en un momento crítico.
¿Podrá la Argentina sostener el crecimiento anual durante décadas para poder revertir la historia de los últimos 50-60 años?
