Pasaron treinta y nueve años desde que un Papa pisó suelo argentino. En 1987 Juan Pablo II llegó a un país que acababa de recuperar la democracia y que todavía tenía heridas abiertas. El 8 de noviembre León XIV llegará a la tierra de Francisco, que nunca pudo volver como Pontífice a su país. Esa ausencia todavía nos duele a muchos. Y llegará también a una Argentina con heridas nuevas, que ningún protocolo podrá disimular.
Conviene decirlo sin eufemismos. Según el Indec, en el primer semestre de este año la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas: unos 15,5 millones de argentinos. La desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre, su nivel más alto desde 2021, y afecta a más de 1,7 millones de personas. Los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo muestran que en el primer semestre cerraron 8.734 empresas y que desde noviembre de 2023 se perdieron más de 430.000 empleos formales. Detrás de cada número hay una persiana baja, un taller que se apaga, una familia que vuelve a hacer la fila en el comedor del barrio. A eso se suma una grieta social y política que ya no divide solo opiniones, sino también afectos, y una violencia verbal que baja desde lo más alto de las instituciones: el insulto como método, la descalificación del que piensa distinto, la burla sobre los que menos tienen. Cuando la palabra pública se degrada, se degrada también la convivencia.
Una Argentina con heridas abiertas
Nada de esto es una fatalidad ni un fenómeno natural. Es la consecuencia directa de decisiones de política pública, y no se puede tapar con una foto ni con un feriado. Nombrar esta realidad no es partidizar la visita. Es, simplemente, no mentir. La Iglesia nunca le pidió a nadie que cierre los ojos frente al sufrimiento de su pueblo. Pero sería injusto quedarse solo con ese retrato. Hay otra Argentina, que no aparece en los índices y que el Papa también va a encontrar. Es la de las mujeres que sostienen las ollas populares, la de los trabajadores que se organizan para que su fábrica no cierre, la de los curas villeros, los clubes de barrio y los voluntarios que cada semana reparten alimentos sin preguntarle a nadie a quién votó. Por eso vale la pena advertir, antes del 8 de noviembre, sobre la tentación más previsible y más dañina: querer apropiarse del Papa.
Ya se ven las señales. Algunos en el Gobierno imaginan la foto en Casa Rosada como un aval. Algunos en la oposición esperan cada homilía como si fuera un parte de guerra contra el oficialismo, como si el Papa tuviera que decir la frase que ellos no supieron construir. Unos y otros se preparan para contar palabras y medir gestos, para ver quién queda mejor parado en el saludo, la misa o el mensaje. Si hacemos eso, vamos a cometer un error grave. No se trata de un error de protocolo: estaríamos achicando algo grande hasta dejarlo a la medida de nuestras pequeñeces. Los obispos lo dijeron con claridad y lo dejaron escrito en el lema del viaje: “Bienvenidos todos”. Dice todos, sin ninguna excepción. Sería un error presentar a León XIV como el Papa que “corrige” a Francisco, o como el que lo continúa contra alguien. Lo que hay es una Iglesia que camina, y ese camino tiene una línea argumental clara que vale la pena recorrer.
El riesgo de apropiarse del Papa
Empieza en 1891 con la Rerum Novarum de León XIII, que frente a la explotación obrera de la Revolución Industrial afirmó algo que entonces sonaba revolucionario: el trabajo no es una mercancía y el salario justo es una exigencia moral. Ahí nace la doctrina social de la Iglesia, y con ella la idea de justicia social. Francisco retomó esa tradición y la puso en el centro. En Evangelii Gaudium, el documento programático de su pontificado, fue tan claro que incomodó a muchos: hay que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”, porque “esa economía mata”. En Laudato si’ nos enseñó que la crisis ambiental y la crisis social son una sola, y que hay que escuchar “tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. Y en Fratelli Tutti, escrita en plena pandemia, dejó la síntesis de su magisterio: nadie se salva solo.
León XIV eligió su nombre mirando a León XIII, y eso no fue casual. Su exhortación Dilexi te, dedicada al amor a los pobres, completó un texto que Francisco había dejado en marcha. Y en mayo, a 135 años de la Rerum Novarum, publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Muchos la leyeron solo como un documento sobre inteligencia artificial, y lo es, pero es sobre todo una actualización de la doctrina social para este tiempo. Allí advierte que la tecnología puede descalificar a los trabajadores y relegarlos a funciones marginales, pide que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos y recuerda que la dignidad de cada persona “no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada”. Es la misma convicción de 1891, dicha en el lenguaje del siglo XXI. De esa encíclica, los obispos argentinos tomaron como inspiración de la visita el llamado a “permanecer humanos”.
Una Iglesia que habla de justicia social
En nuestro país hay quienes quieren borrar la justicia social del vocabulario público, como si fuera una antigualla o un invento populista. La historia que acabamos de recorrer demuestra lo contrario: es doctrina de la Iglesia desde hace más de un siglo y nació de una convicción muy simple, la de que la persona humana no es una variable de ajuste. El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, lo dijo sin rodeos: la libertad económica no puede ser absoluta. Decir esto no es hacer oposición. Es recordar un piso ético que ningún gobierno, de ningún signo, debería perforar. La fraternidad y la solidaridad no son consignas de campaña. Son prácticas cotidianas de miles de organizaciones sociales, parroquias, comedores y clubes que sostienen a millones de argentinos que sin esas redes quedarían a la intemperie. Quienes trabajamos en el territorio lo sabemos bien: en los barrios, la solidaridad llega antes que el Estado, y muchas veces es lo único que llega.
No es casual que la agenda papal incluya un encuentro con trabajadores y movimientos sociales y una visita a una cárcel. Son las periferias donde Francisco nos enseñó a mirar, las de la tierra, el techo y el trabajo. Francisco escribió que la política, tan denigrada, es “una altísima vocación” y “una de las formas más preciosas de la caridad”, porque busca el bien común. Pero no hay bien común posible sin diálogo. No se trata de un diálogo de ocasión ni de una mesa armada para la cámara.
El desafío de recuperar el diálogo
La Argentina lleva demasiado tiempo convirtiendo cada tema en una batalla cultural y cada diferencia en una trinchera. La violencia verbal que hoy se ejerce desde el poder es exactamente lo contrario de la cultura del encuentro. En ese clima, la visita de un Papa puede servir para recordarnos que hay valores que nos preceden y nos exceden. La dignidad de la persona, el valor del trabajo, el cuidado de los más frágiles y la paz social no son de la derecha ni de la izquierda. Son de todos, o no son de nadie. Cuando León XIV se asomó por primera vez al balcón de San Pedro, habló de una paz “desarmada y desarmante”. Ojalá la dirigencia llegue a noviembre con esa disposición y deje de ver al Papa como un recurso de campaña. El Papa no viene a darle la razón a nadie. Viene a recordarnos quiénes somos y quiénes podríamos ser.
Si somos capaces de recibirlo sin mezquindad, quizás esta visita nos deje algo más que feriados y fotos. Nos puede dejar un piso de acuerdos para volver a construir una Argentina más justa, más fraterna y más humana. Ese pueblo que espera ya está haciendo su parte.
Víctor Colombano. Dirigente del NEP CABA. Congresal Nacional y Metropolitano PJ
