Ernesto Sanz dejó de ser senador nacional en 2015, cuando fue parte determinante del armado de Cambiemos que derivó en la presidencia de Mauricio Macri.
Pero nunca se fue del radicalismo, partido del que sigue siendo referente y para el que trabaja de cara a las elecciones de 2027, en pos de un acuerdo que imagina amplio e incluye a otros espacios.
Sobre el gobierno de Javier Milei, del futuro de la UCR y de la situación judicial de Cristina Kirchner habla en el octavo capítulo de Cara a Cara, el ciclo audiovisual de entrevistas que se publica de manera semanal en Youtube y la web de Clarín.
-¿Cuántos radicalismos hay actualmente?
-Cuando un partido político está en crisis, y esa crisis viene desde hace algún tiempo, aparecen distintas versiones y distintas visiones, pero ninguna de ellas, ni siquiera todas en conjunto, puede reemplazar al todo. El radicalismo hace tiempo que perdió un elemento vital de su propia existencia, que es su identidad nacional. Yo siempre explico que el radicalismo es como la Argentina: una nación federal. Es un partido donde coexisten el espacio nacional y el provincial. Cuando el radicalismo tuvo identidad, liderazgo y un proyecto nacional, pudo gobernar la Argentina. En cambio, cuando perdió esa identidad, se refugió en la provincial. No para construir una identidad única, sino para que cada provincia se convirtiera en una suerte de isla. Ahí aparece la respuesta: hay tantos radicalismos como radicalismos provinciales.
-¿No estaría bueno ordenar esos matices?
-Estaría muy bueno que se ordenara todo el partido, porque sigo pensando que la democracia tiene como componente fundamental a los partidos políticos. Al Gobierno le interesa que no haya ninguna intermediación. Por eso aborrece a los partidos políticos y trata de cambiar permanentemente las reglas de juego en las que se manejan, como ocurre con las PASO o la reforma electoral. Ese es el germen de los populismos. Todo lo que el Gobierno hace en contra de la política esconde una manera de hacer política y una manera de concebirla. En todos los procesos de populismos extremos, cuando la realidad es contraria al Gobierno, cuando empieza a mostrar una cara que no le gusta o que refleja aspectos negativos de la gestión, todos arrancan con la misma receta: formulan un relato para tratar de taparla. Un relato antojadizo, subjetivo y parcial. Inmediatamente buscan enemigos.
-¿Encuentra similitudes entre los relatos del kirchnerismo y el mileísmo?
-¿Viste lo que pasó la semana pasada en Nueva York? Allí estuvieron los dos principales exponentes de esos dos relatos, de esos dos extremos: Milei y Kicillof, cada uno con su libreto. Fueron a contar dos modelos antagónicos, contrapuestos, pero del siglo XIX. No fueron a hablar de la Argentina del futuro. Milei planteó que el modelo libertario a ultranza es el que manda hoy en la Argentina y el que va a sacarla de los fracasos del pasado. Por otro lado, Kicillof dijo que ese modelo es anacrónico y que el suyo es el que va a sacar al país del fracaso. Lo mejor para ellos es que se alimente la polarización, porque además es una zona de comodidad. Imaginate a Milei en Nueva York hablando de que Kicillof es el enano soviético que viene a retrasarnos. Y a Kicillof diciendo que Milei es el monstruo liberal.
-¿Ni el Gobierno ni el kirchnerismo quieren ver la realidad?
-El Gobierno hace rato que dejó de explicar el presente. No lo explica, no lo quiere explicar porque el presente es malo. Entonces te dice, al estilo del Menem de los ’90: estamos mal, pero vamos bien. Algunos, los más sensatos, reconocen que estamos mal, pero sostienen que ese es el rumbo. Kicillof, en cambio, te dice: estamos mal y vamos peor. Ahora, ¿cuál es el proyecto de futuro para la Argentina? ¿Pueden satisfacerlo esos dos extremos? No. Ese es el gran debate que hoy tiene el país.
-¿No le faltó construir un relato a Juntos por el Cambio?
-Sí, faltó construir un relato, pero no para tapar la realidad ni para esconderla debajo de la alfombra. Faltó un relato que congeniara con una sociedad que quería cambios, pero que por ahí no estaba dispuesta a aceptar algunos de ellos. Creo que el gobierno de Macri quedó atrapado desde el comienzo en el dilema entre shock y gradualismo. Algunas cosas tuvieron shock, pero hubo mucho gradualismo. Eso terminó consumiéndolo.
-¿Pensás que podrías haber aportado más durante el gobierno de Macri? Fue una decisión personal abrirte de la gestión.
-Fue una decisión personal. Había llegado al final de mi mandato como senador y decidí volver a mi vida normal, que la tenía, pero estaba bastante subterránea, digamos. Si podríamos haber aportado más, no lo tomo de manera personal. El radicalismo aportó muchísimo a la gobernabilidad, pero en el parlamento, porque Cambiemos fue una coalición parlamentaria. No fue una coalición de gobierno. Gobernó el PRO, fue una decisión de Macri. No vale la pena llorar sobre la leche derramada, pero la verdad es que el resultado no fue el mejor.
-¿Hablás actualmente con Macri?
-Cada tanto. No habitualmente, pero hay una relación de mucho respeto. No hablamos tan seguido porque él está en sus cosas y yo en las mías, pero tenemos contacto. La última vez que hablamos, hace no tanto, unos tres meses, coincidíamos bastante respecto de esta dicotomía entre la visión que tiene el Gobierno sobre la realidad y la realidad misma.
-Imagino que Macri tiene una mirada bastante más positiva sobre lo que hace el Gobierno, más allá de algunas críticas
-Es cierto. Tengo la impresión de que en esa mirada que tiene él hay mucho de decir: «Yo podría haber hecho lo mismo».
-¿Si hubiera hecho lo mismo podría pensar en la reelección como hoy lo hace Milei?
-Hoy el Gobierno tiene un solo plan: la reelección de Milei. Si vos mirás todas las acciones del Gobierno, todas están dirigidas a eso. Es casi una obsesión. En el afán de cubrir todo el escenario con ese plan, se olvidan de lo que pasa en el día a día, del argentino de a pie y de la economía cotidiana.
-¿Qué espacio político puede capitalizar esos reclamos? ¿Dónde está parado el radicalismo hacia 2027?
-Hay una demanda social que figura en todas las encuestas y que ha ido creciendo: los argentinos que no se sienten representados por ninguno de los dos extremos. Son muchas personas que no quieren el año que viene optar por esos polos con la nariz tapada y los dientes apretados. Lo que no hay todavía, y este es un gran mea culpa y una autocrítica que debe hacerse mucha dirigencia política, es una oferta que esté construyéndose para satisfacer esa demanda. Hay opiniones que vamos recogiendo y van tratando de construir un espacio. Hay mucho radicalismo, pero también hay parte del peronismo, del PRO, del socialismo, de la Coalición Cívica y mucha gente que está pensando en construir esa oferta.
-¿Ves competitivo a ese espacio en 2027?
-Yo aspiro a que el año que viene haya cuatro fuerzas compitiendo. Dos fuerzas, por ejemplo, del no peronismo, y dos fuerzas del peronismo. Con esas cuatro nadie gana en primera vuelta. No obtiene los votos suficientes para ganar. Para mí esa segunda vuelta es un desafío extraordinario porque ahí se producen acuerdos, que no sirven solamente para ganar una elección, sino para pretender gobernar el mandato que viene.
-El radicalismo tiene cinco gobernadores. ¿Puede tener chances de gobernar el país?
-Los gobernadores radicales y los intendentes municipales son un enorme activo para el radicalismo. Gerardo Morales transformó Jujuy, Alfredo Cornejo transformó Mendoza y Maxi Pullaro está transformando Santa Fe. Pero no veo que ninguno de ellos emerja como el líder de un proyecto nacional. Ojalá esto suceda.
-Hablaba antes de cómo el Gobierno evita mostrar el presente, ¿qué le preocupa de esa radiografía?
-Me preocupan los datos sociales porque, obviamente, un modelo económico que está generando en la última etapa más pobres que en su primera etapa de gobierno es preocupante. Al principio, con el combate contra la inflación y los resultados que se obtuvieron, había podido disminuir la pobreza. Fue un acierto del Gobierno eliminar la intermediación de las organizaciones sociales en todo el tema de la ayuda social. Al eliminar esa intermediación pudo disponer de fondos y apostar mucho a la ayuda social. Eso fue, por ejemplo, un gran error del gobierno de Macri que este Gobierno superó. Pero, obviamente, el modelo no ha podido generar mejores condiciones de equidad, de igualdad, de consumo ni de incorporación de esos sectores vulnerables a la clase media. También me preocupa ver un Gobierno poco apegado a los valores republicanos, que quiere cambiar las reglas de juego en beneficio de su propia reelección.
-¿Cuando habla de cambiar las reglas de juego se refiere puntualmente a la eliminación de las PASO?
-Sí, claro, pero también hay muchos temas vinculados, por ejemplo, al financiamiento de la política. El Gobierno quiere una suerte de «viva la pepa»: que el financiamiento no tenga control y que ni siquiera haya límites. Históricamente, toda la vida, el sistema funcionó con controles y con financiamiento estatal. Después, por otro lado, tenés una suerte de maridaje entre los servicios de inteligencia y la Justicia, que es todo un tema para discutir. La Justicia está pasando por un momento muy grave. Se tiene que estructurar un sistema realmente independiente, transparente y eficiente. Y discutir una inteligencia para el Estado y para los ciudadanos, alejada de las cosas turbias, de los carpetazos y del uso político indiscriminado.
-Así y todo, con esos déficits, Cristina Kirchner está presa. ¿Imagino que eso iba a pasar alguna vez?
-No. La verdad es que no era imaginable en la Argentina de hace un tiempo. Ella está pagando muy caro el precio de no haber hecho un corte cuando ya no estuvo Néstor Kirchner, que fue el gran responsable de la corrupción, de muchas de las cosas que se juzgan hoy pero que arrancaron en 2003. Se podría haber hecho un corte y haber dicho: «Hasta acá ocurrió lo que ocurrió, pero de acá para adelante, no». Pero siguió todo el proceso.
-¿Tiene algún argumento válido el pedido que Cristina hace ante la ONU?
-No, ninguno. Creo que es una estrategia de poder político interno. Es decir: «Yo estoy vigente, voy a dar pelea», y esa pelea la va a trasladar al seno de un peronismo que tiene una crisis profunda. Si estuviera acá sentado algún peronista con los pies sobre la tierra, te diría que el peronismo está viviendo una crisis como nunca en su historia.
El último cargo activo de Sanz en la política fue en 2015, cuando dejó de ser senador nacional. Desde allí, tuvo apariciones muy puntuales a nivel partidario y para comentar la coyuntura.
«Tengo una vida muy intensa en lo espiritual. Desde que me fui de la política pública recuperé a la persona, al ser humano», sostiene quien es padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos.
Sanz se dedica a la actividad privada, como abogado. «Tengo un estudio, de los más antiguos de Mendoza, que va a cumplir ahora más de 70 años y que fundó mi padre hace mucho tiempo», dice, y cuenta que también combina esa actividad en Buenos Aires.
Los motivos de orgullo de Sanz pasan hoy por otro lado. «Tengo un cartel en la parrilla que dice «el mejor asado lo hace mi abuelo», se sonríe al recordarlo. «Ese es el único premio que necesito», comenta quien pasa los fines de semana viendo a sus nietas jugar al hockey sobre césped y a sus nietos al fútbol.
