No parece casualidad que Milei haya improvisado el «six-seven» en el balcón de la Rosada justo el día después de que la victoria de Lula lo dejara sin palabras.
Mudo, el presidente hizo lo que pudo, y lo que pudo fue un improvisado lenguaje de señas como recurso desesperado ante la imposibilidad de hablar.
Ahora bien, sería confundirse creer que fue el desenlace no esperado en Brasil, es decir la realidad política, lo que «le cortó la lengua» a Milei. Fue él mismo quien aceleró hacia una calle sin salida. Tal vez intencionado, quizá desbordado por sus impulsos, destruyó todos los puentes discursivos que le permitieran un escape digno si, como pasó, el resultado electoral brasileño contradecía su deseo.
Tanta admiración sobreactuada y tanta lisonja reiterada a Trump, el presidente podría haber asimilado del norteamericano una de sus características salientes: el arte de repetir barbaridades sin cerrar caminos, hablar sin decir, improvisar contorsiones verbales que cautivan sin afirmar.
El ejemplo perfecto lo ofreció el propio Trump cuando le preguntaron por las elecciones brasileñas. «Me pareció mal… pienso que fue algo terrible», empezó. Para enseguida aclarar: «No tomé partido, pero me pareció una elección manipulada, francamente. No tomé partido… pero fue una imagen terrible para el mundo… No dirijo Brasil, dirijo los Estados Unidos, me gusta Lula, me llevo muy bien con él, sólo pienso que la elección se vio muy mal».
Retórica de la flexibilidad, se preocupó por repetir tres veces que no había tomado partido (no quería aparecer perdedor) y se las ingenió para agregar que le gusta y que se lleva muy bien con Lula, separando al proceso de la persona. ¿Apenas detalles? Y sí, de eso se trata muchas veces.
Luce lapidaria la comparación con lo escrito por Milei en X quince días antes, con la victoria de Bolsonaro en primera vuelta.
“Felicitaciones, querido amigo Flávio Bolsonaro, por esta histórica elección ante el comunista de Lula. El continente americano es de ciudadanos que quieren vivir en libertad. Espero que pronto podamos empezar a trabajar juntos para que la Argentina y Brasil sigan siendo grandes socios comerciales, culturales y políticos”. Para un día después agregar: “Zurdos empobrecedores, córranse del medio que estamos intentando darle brillo al continente”.
Con su irrupción electoral en 2016, Donald Trump dinamitó los manuales políticos con un estilo en ese momento impensado: discurso transgresor, falta de modales cívicos y el agravio como muestra de autenticidad, de enfrentamiento al establishment y a la política tradicional.
Atrás corrieron sus admiradores/imitadores en todo el mundo, entre ellos nuestro presidente, que también pavimentó su recorrido electoral y su gestión con insultos y acusaciones. Más aún, apremiado este año por la parcial falta de resultados económicos que complementen la baja de la inflación, pareciera querer sostener la atención a puro agravio. ¿Cómo entender sino lo de «los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta» referido a un grupo de periodistas?
Pero también el agravio requiere de talento y oportunidad. Más aún la toma de posición política. Para Trump no parece haber dogmas, y lo prioritario resulta siempre extender la posibilidad de una negociación. Standapero vocacional y presidente circunstancial, es capaz de la descalificación y el elogio en la misma frase. Y de salir indemne casi de cualquier contradicción.
Milei, más trumpista que el propio Trump, prefirió un camino discursivo más estrecho, el de la cruzada moral, la condena y el todo o nada. Elige hablar siempre al borde del precipicio, con los riesgos que están a la vista.
